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NOPALES Y HORTENSIAS

Carla Martínez*

Viernes 19 de octubre de 2018

 

Desde que vivo acá en la Bretaña francesa hace casi cinco años, he conocido diversas personas que vienen de México y otros países de América Latina. Muchos se enojan porque, por ejemplo, los franceses siempre dicen que México está en Sudamérica, o no conocen su país o no saben si se habla español en su país de origen. Pero creo que ese enojo está mal enfocado: en realidad nosotros los latinoamericanos o al menos, los mexicanos, no sabemos tampoco gran cosa de la distribución territorial o idiomática europea, y eso que estudiamos su historia en la escuela (acá en la escuela raramente se habla de los sucesos americanos).

Y bueno, es así que yo no sabía nada de nada de la historia de esta región de Francia hasta que conocí y me enamoré de un bretón.

Resulta que la Bretaña, que es una especie de península ubicada en el extremo occidental del territorio francés, fue la última región en anexarse a Francia como país. No es raro entonces que aún después de los esfuerzos napoleónicos y republicanos, acá hayan coexistido como idiomas el francés y el bretón. Y hoy en día, sigue existiendo una gran identidad cultural bretona. No es que los bretones no se sientan franceses: es que son bretones y franceses a la vez. Reivindican su cultura diferente, su clima distinto, su historia particular.

En el resto del país, esta historia es parcialmente ridiculizada o desconocida.

Y por ello, me ha resultado muy interesante leer al respecto y visitar museos pequeños que hablan de la vida “a la bretona” hace unos 150 años.

El clima húmedo, húmedo y húmedo (perdón por la figura del lenguaje, pero es así) de la península bretona, hace de esta tierra una muy fértil. Es un granero. Así que por siglos, la agricultura y la ganadería fueron el centro de la vida de este pueblo. La distribución de ciudades y pueblos todavía habla de este pasado que giraba en torno a caseríos – granjas, y en los que el bien más preciado era la mantequilla.

Una mantequilla casera, hecha a mano, salada con sal regional para su conservación y que era tan valiosa que se daba como regalo en una boda.

Y que hoy en día, es casi el símbolo bretón. Galletitas y pasteles regionales se venden con el emblema de la deliciosa mantequilla bretona.

Visitar esas granjas antiguas, con techo de paja, me hizo pensar como siempre, en mi México.

En el México rural de esos mismos años, en la era del porfiriato. El México de mi abuela materna, que nació en una granja de la cual sólo conocía el nombre, pero no la ubicación geográfica. Los peones de campo “pertenecían” cual siervos feudales, a la hacienda y no tenían más registro de su existencia que la fe de bautizo.

Los paralelos son tan fáciles de encontrar: la vida rural, la importancia del campo, el apego a la tierra. Incluso el idioma mal visto: mis bisabuelos sabían hablar náhuatl. Los abuelos de mi marido, bretón. Pero tanto mi abuela como sus padres, perdieron este idioma porque para trabajar, estudiar y vivir, tuvieron que elegir: el francés y español, los idiomas dominantes.

Podríamos estirar aún más los paralelos: ambas tierras rurales enfrentaron guerras a principios de siglo. La Gran Guerra (la Primera Guerra Mundial) de un lado, la Revolución Mexicana del otro.

¿Puedo seguir haciendo paralelos?

No, en algún punto se terminan, porque después de las guerras, ambas tierras salieron paradas diferente. México siguió en guerra por años y años, y salimos ya metidos hasta las barbas en corrupción y circos políticos de los cuales pareciera que no vamos a salir nunca. Francia y con ella, la Bretaña, pasaron aún por otra guerra, pero después, por una reconstrucción sorprendente.

De hecho, quizá toda mi comparación es banal y absurda, porque acá no había peones, había granjeros independientes. Pobres sí, pero más dueños de su destino que los peones de las haciendas del porfiriato mexicano.

No quiero hacer un análisis político-histórico profundo, seguro que hay mil y un explicaciones para estos siglos XX tan diferentes.

Sólo quiero decir que hace 150 años, había gente viviendo y trabajando el campo con sus manos en los dos lugares. Y hoy, el campo mexicano vive en el abandono y acá, la agricultura vive. Vive dividida entre una agricultura industrializada y un regreso a la agricultura natural y local. Pero existe. ¿Qué diferencias encontraremos entre estas dos tierras agrícolas en otros 10, 20 o 100 años?


* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente redactora de contenido para una empresa española.

Imagen de portada: Pixabay.






Luis López




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1 Comentario

el 19/10/2018

Magnífico texto



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