SOMOSMASS99
Alonso Merino Lubetzky*
Martes 13 de noviembre de 2018
El día cero, el día en que una ciudad agota el agua disponible, es una propuesta política que no sirve para modificar en el imaginario colectivo y en las acciones cotidianas los patrones de consumo de este elemento. Todo el año 2018 Ciudad del Cabo, Sudáfrica, ha aparecido en los diarios internacionales como un ejemplo de “ciudad límite” que ha entrado y salido del riesgo de secar los grifos y los pozos. Con una restricción gubernamental para reducir el consumo per cápita a 50 litros al día, logró limitar el desperdicio doméstico. Pero aun lograda la meta, el agua no les pertenece a los sudafricanos.
El Valle de México, que destaca por sus problemas de suministro de agua a pesar de tener lluvias torrenciales año con año, al empezar el mes dio inicio a un nuevo corte del suministro debido a reparaciones que se prolongarían –de acuerdo con La Jornada– durante más de una semana. Los organismos públicos han centrado su atención en subsanar los daños técnicos del sistema hidráulico Cutzamala. La Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) ha recomendado como medidas generales modificaciones momentáneas en el uso doméstico, tales como ahorro y reutilización para disminuir el gasto.
El jueves 07 de noviembre de 2018, en la ciudad de León, Guanajuato, se presentó como acto inaugural del Festival Internacional de Arte Contemporáneo (FIAC) con motivo del Día Cero, Las aguas del olvido de Tania Pérez-Salas inspirada en la obra de Iván Illich. Pérez-Salas, junto con la comitiva de personajes políticos del Instituto Cultural de León y del Ayuntamiento, invitaron a la reflexión sobre la importancia de este bien común y de su cuidado, hablando de una gestión compartida entre gobierno y ciudadanos.
Sin embargo, ni en el discurso de Ciudad del Cabo, ni en el de la Ciudad de México, ni en el de la ciudad de León, Guanajuato se ha hecho referencia al modo industrial de vida, sustentado en la organización capitalista de la producción, del consumo, del gobierno y del funcionamiento urbano. El discurso público encuentra impronunciables las palabras capital, injusticia, industria, acumulación, desperdicio y crisis. El discurso público se purifica entregando a la “ciudadanía” la responsabilidad de cambiar, victimizando la pobreza y conjurando transformaciones de participación social. La responsabilidad se diluye.
En 1973 Iván Illich, en su obra La convivencialidad, anota que son dos los umbrales de mutación los que tiene el empleo de una determinada herramienta antes de volverse insostenible: el primer umbral se refiere a cuando la herramienta cubre una necesidad humana, encontrándose al servicio y control de las personas; el segundo umbral alude a cuando el empleo de dicha herramienta incrementa su costo de utilización y se revierte sobre los fines previstos subordinando a las personas a la herramienta misma y dejando de cubrir la necesidad para la que se creó. El segundo umbral, dice Illich, es un indicador de improcedencia del empleo de la herramienta.
Por herramienta Illich entiende no sólo tecnología, ciencia u otro tipo de artefactos, sino instituciones, servicios y bienes que sirven a la sociedad para satisfacer una demanda específica. Illich logra ver que herramientas tales como el sistema de salud, la escolarización y el transporte, después de cruzado el segundo umbral, se vuelcan sobre sus consumidores o usuarios. Así, el sistema de salud en manos de especialistas médicos se erige en un sistema de exclusión que prolonga la vida, niega la salud y la enfermedad para amplios sectores. Con el surgimiento del sistema de salud médico occidental, nadie más es capaz de asumirse enfermo y procurarse sus propios remedios si no es a la luz del ojo validador y docto de los profesionales. La atención de la enfermedad como práctica pasada y presente en distintas culturas queda relegada a magia y especulación si no es filtrada por los saberes especializados de la medicina moderna.
La escolarización sirve a intereses utilitaristas y se organiza industrialmente también dentro de un sistema de exclusión que divide a las sociedades en educadas e ignorantes. La escolarización, que en un momento fue pensada como una herramienta de cambio, hoy es una herramienta de domesticación y control social. Nadie es capaz de demostrar un saber sino es diplomado o validado por expertos. El sistema de exclusión impide a los “analfabetas” e “iletrados” tener acceso a mejores servicios, empleo e ingreso por no contar con currículo. La escolarización ya no educa ni emancipa, pero estratifica y legitima un sistema estamental de sociedad.
El sistema de transporte moderno, y en específico el automóvil o el transporte motorizado que en su génesis buscó solventar las carencias de movilidad, pasando el segundo umbral y en función del ansia de velocidad, traspasó los límites del espacio, del cuerpo y de la energía humana, y ahora se revierte sobre sus usuarios, entorpeciendo el tránsito, alargando las distancias y legitimando un sistema de exclusión entre quienes pueden gozar de la velocidad porque su tiempo es socialmente valioso y quienes simplemente son imposibilitados y segregados del traslado digno. Los espacios vitales se distribuyen en función de los requerimientos del automóvil y no de la energía y necesidades humanas.
Así pues, la característica más perversa del sistema de salud, la escolarización y el transporte es que, de acuerdo con Illich, representan monopolios radicales sobre la necesidad que satisfacen. Un monopolio radical es un control total sobre las actividades sociales que cancela la diversidad y las alternativas: el sistema de salud como modo único válido de atención a la enfermedad, la escolarización como modo único de adquisición de saber y el transporte motorizado como dueño del tiempo, la distancia y la velocidad.
El día cero es el segundo umbral que no ha sido ni remotamente comprendido. Este día representa la inversión de la herramienta sobre el ser humano. El primer umbral de la tecnología de suministro de agua fue cuando sirvió para el saneamiento de la vida urbana, alejando a sus poblaciones de la enfermedad, de los malos olores y de la servidumbre del abastecimiento individual y manual. El segundo umbral, cuando el agua dejó de invertirse principalmente en satisfacer la necesidad de hidratación humana, pasando a dar un sostén a la industria y al crecimiento, concentró el gasto de agua en actividades económicas por encima de las domésticas.
Hoy la industria no deja de operar utilizando agua, pero amplios sectores poblacionales dejan de tener acceso a ella cuando corre el riesgo de escasear. Hoy las recomendaciones políticas son para el ahorro y cambio de prácticas domésticas, pero no existe ni una remota autoexigencia de frenar sus usos industriales en todas las expresiones. Ya hace tiempo se ha pasado el segundo umbral del uso del sistema hidráulico, cuando el abastecimiento humano se subordina al abastecimiento del proceso de acumulación.
La pregunta es cómo revertir el segundo umbral del sistema hidráulico cuando el instrumental por excelencia de toma de decisiones ha traspasado también el segundo umbral, construyendo un monopolio radical de la decisión política. El Estado, en tanto herramienta consignada al orden social y representante de “la voluntad del pueblo”, ha dejado de estar bajo el control de las personas y de la sociedad. Iván Illich propone hacer de las herramientas, herramientas convivenciales; esto es, de uso y control social, subordinadas a los intereses humanos y con límites a su utilización. Para que una herramienta no deje de ser convivencial debe mantenerse dentro de ciertos límites. El agua se escapa de las manos de las personas porque el sistema hidráulico no nos pertenece, le pertenece a la industria, al Estado y a las élites a su mando.
Recuperar el acceso al agua, no sólo con fines antropocéntricos sino biocéntricos para la conservación ambiental, no es una tarea del Estado –perdido en el segundo umbral desde su surgimiento– tampoco es una encomienda individual con pocas o nulas repercusiones estructurales; es un imperativo convivencial, colectivo, comunitario, para la recuperación de la política y del control del instrumental a nuestro alcance. El día cero nos llegó hace mucho, cuando perdimos la capacidad comunitaria de decisión. Sólo las acciones autónomas, limitadas, de la gente organizada y consciente del poder de sus herramientas puede revertir el monopolio radical del acceso, distribución y usos del agua.
* Miembro de la Red ¡Descrecimiento o colapso!
Foto de portada: Agua.
Comparte en Facebook
Twittéalo








