SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 14 de enero de 2019
Pues yo soy de la que sufre sus vecinos.
La de los gritos, los de los perros, la de los gritos Y perros, los de las fiestas que ya se fueron y otros más.
Y luego son muchos, no sé bien quién vive dónde.
Hace unos días tuvimos un altercado violento con unos de ellos. Patrulla y todo.
Y el final de la aventura, que no te cuento porque no viene al caso, fue un mensaje de Whats.
Y porque por una vez, pude escuchar lo que me decían -leer en lugar de oír gritos ayuda- entendí cómo nos ven los demás, acá en la calle.
Somos diferentes, visualmente. Encajaríamos bien en una villa hippie o darketa, según el día. Aquí la gente es más bien tipo Revista de sociedad.
Luego somos muchos y tenemos muchos coches. Y esos coches llenan la calle. Eso, lo entiendo ahora, se puede considera como una invasión.
Después, no somos mexicanos completos, somos de ascendencia extranjera, y sí, nos han gritado ”Pinches extranjeros”. Eso, mal que bien, influye en la visión que se pueda tener de nosotros. Y duele, más bien que mal.
Algunos de nosotros somos de armas vocales tomar. Y sí, puede sentirse como una agresión. Somos también, todos, grandotes, y eso puede sentirse también como una agresión. Involuntaria, pero real.
Y así…
El caso es que lo que he venido diciendo como broma, de que los vecinos molestos somos nosotros, parece ser cierto.
Aunque me haya podido enterar sólo porque una de mis vecinas escribió en lugar de vociferar.
Y el otro día, me encontré con dos señoras que viven en el otro pedacito de la calle, el de enfrente. Iban caminando las dos, cargando morrales del mandado, miércoles de plaza en el súper, y ayudé cargando una bolsa. Nos fuimos las tres platicando, yo un poco nerviosa, porque no dejan de ser vecinas, de las de mi calle, de las que chance pudieran gritar, sacar una batería para la fiesta o yo qué sé.
Y total que no. Llegamos a destino y Concha nos invitó a pasar a su casa, que si cafecito o té, mejor refresco dijo Liber, y ahí nos puedes imaginar, sentadas en la cocina, platicando y riendo.
Sin miedo. Sin nervios. Con galletitas.
Ellas llegaron a la colonia hace unos 50 años. Nosotros sólo llevamos 23. Y empezaron a sacar recuerdos de su mente, de su corazón. Porque allá en dónde compraron su papaya a 18.80 el kilo, antes había un terreno baldío, que los fines de semana se llenaba de coches para vender. Y para llegar tenía uno que atravesar un camino de tierra, que en tiempos de lluvia era un lodazal. La única escuela de aquel lado era una escuela de gobierno y en donde está la escuela tan elegante en la que se habla todo en inglés, se erguía un trozo de casco de la hacienda de Santa Mónica. Y se iban a veces las dos, abajo del “árbol”, el que tenía un murito para sentarse, a platicar mientras los hijos corrían alrededor. No iban muy lejos, porque más allá, estaban las cuevas, dentro de las cuales vivía gente extraña – me sentí identificada claro, la “extraña”- y era mejor no tentar al destino.
No había agua en las casas, los niños aprendieron a decir “pipa”, mamá, ahí va la pipa de agua, antes de decir “papá”.
Sabían las dos quién había vivido en mi casa y en la casa de al lado, la de la mamá de los Hermanos Carrión, Lucy. Y hablaron del Salón de Elvis, el lugar al que iban las señoras a relajarse un poco y a platicar. Y suspiraron, porque hoy lo que se ve en ese lugar es un Starbucks, y al lado, un Café Cielito lindo, el ése de las pizzas y los 4 semáforos que intentan endilgar el tráfico.
Y más anécdotas. Les pedí entrevistarlas de vez en cuando para poder entender y escribir de dónde viene mi colonia, cuáles son las raíces que han crecido en la tierra que sostiene mi casa. No dijeron que no.
Dos vivencias diferentes, las dos girando alrededor de los vecinos.
Envidié, no sabes cuánto, a Concha y a Liber. No han tenido la vida fácil, no creas, luto, traiciones, tristezas. Pero por encima de todo, la mano de la amiga por encima del asfalto de la calle, los cigarros fumados en secreto en la cocina de una de ellas, las posadas organizadas juntas, los hijos creciendo unos con otros, el árbol, el famoso árbol desapareciendo pero vivo aún, en su memoria.
Ellas, 50 años después, 50 años sin emigrar, sin llenar cartones, sin cambiar casi, más que los muebles de la sala y la tele de la recámara principal.
No envidio a la que grita, la que parece que va de casa en casa. Pero intento imaginar qué siente ella al llegar a una calle en la que los surcos ya están trazados. Y al saberse la recién venida, la que no sabe y chance, la que no quiere.
Y nosotros, yo, en medio.
Despertando al entendimiento del otro, a la aceptación de mis vecinos, antes de trabajar la aceptación del hondureño que atraviesa México por ejemplo, del nuevo presidente o del nuevo dueño de la taquería.
Empezando el trabajo de hormiga donde más sirve: en mí.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Foto de portada: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
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