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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 31 de enero de 2019
Suele decirse que las madres comprenden a los hijos e hijas, pueden hasta adivinar sus pensamientos, detectar sus emociones y sentimientos sin que estos digan una palabra, saber lo que necesitan con sólo mirarles, y todo gracias a que cuentan con un “sexto sentido”, un “instinto maternal”.
En cambio, a los padres se les considera un actor torpe respecto a su rol paterno: “No le prestes al bebé porque no sabe cargarlo”; “seguro hoy lo vistió su papá”; “esperaba que viniera la mamá para darle las indicaciones sobre el niño” (dice el pediatra o la educadora de la estancia infantil).
¿En verdad las mujeres cuentan un sexto sentido para la crianza que los hombres no tienen? Las mujeres no tienen un “sexto sentido”.
Lo que suelen tener son dos condiciones que contribuyen a la empatía y comprensión de sus crías: 1) un conocimiento amplio del niño, resultado de una conexión profunda construida a través del cuidado cotidiano y de la convivencia constante que estimula el potencial neuropsicológico de la madre y 2) mayor ejercicio en el arte de cuidar al prójimo.
Nuestra cultura sigue delegando el cuidado de las crías a las mujeres, resultado de la naturalización de una función que no es instintiva, sino un conjunto de habilidades que se adquieren a través del ejercicio y la práctica.
La genética dota de ciertos atributos para tal fin. Por ejemplo, la oxitocina, también llamada hormona del amor o del apego, se activa alrededor del parto (o de situaciones amorosas) y estimula la ternura, el cuidado, la conexión con la cría humana, pero no garantiza tal cosa, a menos que existan las condiciones medio ambientales para ello.
Otro dato: nuestro cerebro alberga las llamadas neuronas espejo, las cuales permiten que emerja la empatía hacia el prójimo. Pero a la dotación de este tipo de neuronas se le tiene que sumar la experiencia personal del buen trato en la propia infancia, de lo contrario, la capacidad para interpretar los gestos, conductas y actitudes de la cría quedará obturada. Somos biología, cultura y sociedad.
Significa, pues, que si las mujeres manifiestan una mayor comprensión, conexión, empatía y tino durante el cuidado y la crianza de los hijos, si los conocen mejor y saben de sus necesidades, intereses y deseos no es debido al factor genético, o no solamente, sino a un largo proceso de “entrenamiento” hacia la maternidad que comenzó con la calidad de cuidados recibidos, los juegos y los juguetes con los que fue rodeada, el cuidado y atención a los miembros de la familia que se le delegó a partir de la infancia, el cuidado de quien enfermaba o el de los bebés o niños pequeños y un largo etcétera.
No existe magia ni telepatía en la crianza. Lo que existe es el fruto del trabajo, de la coexistencia amorosa, de la presencia constante, de la voluntad para entender al otro echando mano de las neuronas espejo y demás atributos biológicos y de todas aquellas habilidades y actitudes acumuladas a través del proceso de crecimiento personal.
Vale decir que la intensidad y calidad del vínculo que se crea con el hijo suele ser proporcional a la inversión de tiempo, cuidado, contacto, amor, convivencia, presencia, juego, energía física y mental…
Hombres y mujeres contamos con lo necesario para cuidar, comprender y formar a las crías. Así como unos y otras podemos convertirnos, a base de entrenamiento, disposición y constancia en hábiles científicos/científicas, líderes, deportistas, etcétera, también podemos convertirnos en hábiles papás/mamás.
A mayor cercanía y presencia con los hijos mayor conocimiento de su ser, de sus gestos, de sus necesidades, deseos, intereses, aspiraciones, temores, dudas, certezas, filias, fobias…, mayor posibilidad de saber qué hacer con sus conductas y reacciones.
Hombres y mujeres contamos con lo necesario para hacerla de padres, de madres. Sólo es cuestión de desearlo, contar con las condiciones ambientales y practicarlo diariamente para hacer de éste una habilidad y, sobre todo, un acto trascendental.
La paternidad (al igual que la maternidad) es —o debería ser— un acto libre, consciente, propositivo y decidido. Y cuando así sucede resulta un proceso edificante y divertido para padres e hijos y fundamental para la sociedad.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Federico Enni (@kingrawen) / Unsplash.
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