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Carabeja

Para Ver, Oír y Comer / Top News / 08/03/2019

SOMOSMASS99

 

Anaick Folange*

 

Carabeja

 

Estaba sentada en un muelle de madera, los pies colgando hacía el mar. Respiraba profundo el aire salado, dejaba el cabello jugar, flotar con el viento, enredarse en la oreja.

Con los dedos mojados contaba los granitos de arena pegados en mi piel. Uno, dos, quince. Los pellizcaba y buscaba entre ellos, recordando mis clases de primaria. Este: feldspath, este negro: mica, los demás, pedacitos de caracoles, fragmentos de algas marinas, basuritas y sal. Un granito café quedó atrapado en una gota de mar, sobre la yema de mi dedo. Lo observaba, imaginaba que era una montaña, un planeta diminuto, con insectos, plantas y mar.

Soñaba mucho, pensaba mucho, escuchando el oleaje del mar, dejando que el sol me calentara, así, pies descalzos, cuerpo ligero, mente lejana, tranquila pero sin sentirme en paz. Sentía un peso que me mataba lento y no podía descansar.

Atrás de mí un mundo entero se movía. Pasaban los coches, los camiones, los vendedores de camarones y de jugos, de recuerditos de conchas y de palma trenzada. Calles y avenidas, casas y tiendas, personas, perros, abejas. Así, alboroto y desorden, humanos en movimiento, ocupados en correr como locos, para acá y para allá.

Delante mío el gigantesco mar, otro mundo entero, algunas lanchas y buques, boyas y redes, unos cuantos pelícanos volando en silencio. Luego, al fondo, la línea del horizonte, impávida, enorme y ajena al mundo de aquí. Algunas olas y vientos, espacios constantes esperando a la luna y después y como siempre, aguardando al sol. Silencios majestuosos, peces en movimiento, ocupados en comer y nadar, para acá y para allá.

Y yo, en medio de todo, en silencio total. Inventándome mundos en la palma de la mano, pensando en la vida y en el mar.

De pronto se me acercó una gaviota. Una blanca, de las que me gustan más: Tenía plumas largas, ojos negros y pequeños, mirada pesada y profunda.

Se quedó parada al lado de mí. Me escudriñó. Yo, intrigada, no me moví para que no se echara a volar. La gaviota era mucho más grande de lo que yo pensaba, casi del tamaño de una gallina, pero claro, más elegante y más bonita.

Atrás de mí se movió, de izquierda a derecha, y otra vez. Rozó mi brazo con su pico y con su ala me tocó la pierna. Hacía ruiditos extraños con sus garras, y con sus plumas otro ruido, cómo de cartoncillo que doblas.

Se detuvo frente a mí, clavó su mirada negra en mis ojos y exclamó impaciente:

 

– ¡“Estoy esperando, dámelo ya”!

La miré sorprendida.

– “Dame uno de tus cabellos, YA!

– “Sí, ya voy, discúlpame”, le dije divertida. Me lanzó otra mirada negra y bajé la mirada.

Así que incliné un poco la cabeza hacia ella, respetuosa. Escogió con su pico uno de mis cabellos, fino y dorado, y lo arrancó. Me reí, apenas, pero me regañó y me callé de inmediato. Se apartó un poco y lentamente enrolló el cabello en una de sus plumas, la más bella, la más grande. Me miró y le ayudé con un nudito final. El cabello brillaba en su pluma como si fuera una joyita de sol.

 

– “¿Cómo te llamas?”, me preguntó.

– “Me llamo Ana, pero me dicen Cara de Abeja, o Carabeja”.

– “¿Carabeja? ¡Ridículo!”, opinó.

 

Se me quedó mirando fijamente, analizándome. Picoteó mi pantalón, luego revoloteó y aterrizó al otro lado de mí. Se le resbaló un poco el cabello y me miró enfadada. Le volví a apretar el nudo, divertida, como si peinara a una niña pequeña.

Atrás seguía el barullo de la ciudad, unos gatos peleando, un coche frenando y gente vociferando. La gaviota les mostró la espalda, graznó, asqueada. De seguro ésta tiene mal carácter y el escándalo de atrás le molesta, tanto o más que a mí.

 

– «La Luna ha preguntado por ti», me dijo de repente.

– “¿En serio?», le contesté esperanzada. «Le hablo todas las noches, pero no me contesta jamás”.

– “Sí, ya sé, por eso me envió”, me dijo disgustada. «Dice que no la sabes escuchar”.

 

Levanté la mirada para ver a la Luna. Siempre la buscaba, en las noches, y le platicaba mi día. A veces le hablaba desde el muelle, otras desde la ciudad, y otras más desde la ventana de un autobús, durante un viaje a algún lugar. Cuando estaba muy desesperada le pedía consejos. Ella era la única que me había visto llorar…

 

– “Dice que dejes de buscar mundos en la palma de tu mano, que ahí no los vas a encontrar”.

 

La escuché contrariada. Miré el granito de arena en mi dedo. Ya casi no tenía agua, su mar se había empezado a secar. Se le esfumaba la magia, así, despacito, muy a mi pesar.

 

– “Dice que atrás de ti está tu mundo. Que busques a tus hijos, andan por allá”.

 

Entonces lloré muy fuerte. Mis hijos eran muy pequeños, y los había perdido, un día se los había llevado su papá. Habría gritado ese día durante muchas horas, si tan sólo me hubiera salido la voz.

Por eso viajaba tanto y buscaba tanto. A veces salía con otras dos mujeres, a las calles y a los mercados, a las iglesias y a los pueblos cercanos, y también a los muy lejanos. A ellas también les habían quitado a un hijo, o a dos. Con la ayuda de unos buitres, sus padres les habían robado a los niños. A una de ellas incluso la mandaron golpear.

La gaviota me tocó el hombro con su pico. Le vi una lágrima pequeña, pero rápido la sacudió. La acaricié, desconsolada. “Por las noches me esfumo un poco más, me tiemblan las manos, se me acababa el aliento y se me apaga el corazón”, le dije entristecida.

 

– “Dice la Luna que por eso estoy aquí. Juntas los vamos a buscar”.

 

Después de un rato me incorporé. Me levanté despacio. Volteé a ver la ciudad, con sus luces y sus ruidos, sus sin sabores y sus pesadillas a la vuelta de cualquier esquina. Tomé el camino de regreso a casa. La gaviota me seguía, volando muy arriba, como para no dejarse contaminar por el estruendo de las calles. Entré a mi recámara y resguardé mi granito de arena, ese que también había perdido su rumbo, así, sin avisar. Lo puse en una cajita que tenía, al lado de muchos otros más, uno por cada día que había buscado a mis hijos sin encontrarlos jamás.

La gaviota entró volando por la ventana de mi cuarto, se acicaló el plumaje y re-acomodó el cabello dorado. Desprendió una pluma pequeña y me la regaló. Le rezamos a la Luna, juntas, pero sin llorar.

 

– “Carabeja, Cara de Abeja, Ana, ya verás que mañana los vamos a encontrar, la Luna nos va a guiar”.

 

Y así cerramos los ojos las dos, en mi casa desierta, sin risas, sin sueños y sin vida, pero con una lucecita nueva, adornada con plumas y cabellos dorados, con reflejos de Luna acariciando mi cara cansada, pero ahora con más de ganas de despertar.

 

– “Mañana los he de encontrar, porque soy su madre y nunca, NUNCA, los voy a dejar de buscar”.


Este cuento es una queja profunda de mi corazón, en contra de las injusticias cometidas por tantos jueces, abogados corruptos y padres embrutecidos que rondan como hienas en nuestro mundo. Escribo por mí y por todas las madres desamparadas que conocí a lo largo de los años, en los juzgados familiares de Iztacala y de Barrientos, lugares tristes que no deberíamos frecuentar.

A los hijos Nunca te los deben robar…

* Anaick Folange es una autora Franco-México-Bretona, es diseñadora gráfica y escritora. Participó como colaboradora en el diseño de los primeros números de Alforja, Revista de Poesía.

Imagen de interiores: Paloma con cabello en ala.

Imagen de portada: Viendo-a-la-distancia.






Luis López




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4 Comentarios

el 15/03/2019

Anaïck, me hiciste llorar,yo que soy tu madre no sabía que escribías tan bien y con tanto sentimientos .
Te quiero .

el 15/03/2019

Gracias Madre Santa!!

el 16/03/2019

Excelente faseta como escritora

el 17/03/2019

Gracias por ser la voz de muchas que fueron silenciadas.
Intenso y hermoso cuento que refleja la triste y cotidiana realidad



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