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Laila

Diálogo Estado / Top News / 20/03/2019

SOMOSMASS99

 

Agustín Ramírez Agundis*

Miércoles 20 de marzo de 2019

 

Parece nombre de vedette o de personaje de telenovela. No es así, simplemente es el apelativo que le endilgaron mis hijos a la perrita que durante casi diez años se desempeñó como fiero guardián de nuestra casa. De origen totalmente desconocido, antes de que la adoptáramos su morada se ubicaba en una comunidad del vecino municipio de Comonfort. En aquellos lares, en compañía de tres caninos del mismo sexo e igual alzada, las cuatro constituían una verdadera jauría que convertía la huerta donde habitaban en un territorio inexpugnable para las ratas de dos patas. Perteneció a una raza muy común en la zona rural mexicana: corriente cruzada con de la calle. Durante casi una década estuvo avecindada en la tierra de las cajetas y su salvaje bravura era comprobada a cada rato por los transeúntes que circulan frente a nuestra vivienda.

En aquel entonces, la llegada de la Laila fue producto, en buena parte, de la paranoia que nos ha venido invadiendo a los celayenses. Desde luego, esa perturbación mental que poco a poco se ha ido acrecentando en nuestro pensamiento y en nuestro ánimo tiene causas de mucho peso. En los hechos, cada vez nos llega más cerca el agua a los aparejos. Es penoso aceptar la realidad, pero ésta es terca, perseverante e inflexible. Anteriormente pensábamos que el interior de nuestra vivienda era el mejor refugio ante el riesgo de ser víctimas de un asalto o robo en la vía pública. Enciérrense en su casa, nos aconsejaba esa viejecita tan experimentada a la que le llaman prudencia.

Según datos publicados por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública[1], los delitos cometidos en el estado de Guanajuato durante el año 2018 se distribuyeron de la siguiente manera: 2 mil 588 robos a casa habitación (193 con violencia), 3 mil 761 robos de vehículo (mil 410 con violencia), 198 robos a transeúntes (130 con violencia), 5 robos a institución bancaria (2 con violencia), 6 mil 382 robos a negocio (2 mil 679 con violencia) y 26 mil 17 casos clasificados como otros robos (7 mil 81 con violencia). Aquí cabe señalar que todo delito es por sí mismo un suceso violento por el simple hecho de privar a una persona de alguna legítima posesión.

Con o sin violencia, los robos a casa habitación en el estado, según esas cifras oficiales, que seguramente se quedan cortas, superan los siete cada día. Los atentados en contra de nuestro patrimonio y de la integridad física de la familia en nuestra propia casa están siempre latentes. Así, está en todo momento presente el temor de que al regresar a nuestro hogar nos encontremos con la desagradable sorpresa de que los delincuentes han aprovechado el tiempo de ausencia para introducirse en la vivienda a través de algún punto vulnerable. El resultado es bien sabido. Muchos objetos fuera de su lugar y la desaparición de algunas pertenencias que se habrán llevado los cacos. Después viene la faramalla consistente en acudir ante el agente del ministerio público para levantar la denuncia correspondiente y esperar, bien sentados por cierto, a que nos notifiquen la recuperación de los objetos robados. La consecuencia del incidente es ese sentimiento en el que se combina el disgusto, el enojo y la impotencia. Desde luego, también la necesidad de intensificar el trabajo y el ahorro para reparar el daño.

En el peor de los casos, sucede que las viviendas son literalmente tomadas por asalto. A aquellos raterillos de antaño se han sumado verdaderas bandas que van por todo. Tienen bien estructurados sus métodos de acción, con pasos que incluyen la exploración por zonas y colonias, la vigilancia para conocer las rutinas de vida de los residentes, los instrumentos y equipos para inhibir los mecanismos de alarma, las herramientas para forzar puertas o ventanas, la supervisión del desarrollo del operativo, el estudio de vías de escape y la defensa jurídica de aquéllos que pudieran ser aprehendidos. Por error o en ocasiones incluso a sabiendas de que los habitantes se encuentran en esos momentos en el interior de la casa se introducen, someten a las personas amagándolos con armas blancas y armas de fuego. Con tantito que los cuestionen o los incomoden responden con golpes. Las ofensas y las amenazas son parte importante de la agresión para amedrentar y aterrorizar a las víctimas. Las consecuencias son traumáticas para las familias. No es sólo la pérdida de las pertenencias, es aun mayor la huella que deja en todos el haber sido objeto de la agresión y el atropello. Las cifras citadas líneas atrás nos señalan que de cada 100 robos en casa habitación en 8 ocurre violencia física. Alguien podría pensar que es una proporción baja, sin embargo, no por eso deja de ser sumamente preocupante.

¿Cómo estamos reaccionando los celayenses? De diversas maneras. Unos cuantos, los que tienen mayor capacidad económica, han decidido mandar todo al diablo, vender sus propiedades e irse a vivir a otro lugar donde consideran que pueden tener mayores posibilidades de una vida tranquila, al menos en el interior de su casa. Algunos se mudan de domicilio para residir en los llamados cotos que han proliferado en la ciudad. Otros se organizan con la finalidad de enfrentar el problema de manera colectiva, ya sea con programas de vigilancia vecinal, con servicios de seguridad privada o con el enrejado de zonas dentro de las colonias. La mayoría, de manera individual, ha optado por colocar todo tipo de elementos encaminados a disminuir la vulnerabilidad y aumentar la vigilancia en los límites e interior de las casas, con elementos tales como mallas, concertinas, cables electrificados, cerraduras, sensores, cámaras, alarmas, sistemas de comunicación y un largo etcétera. Aunque sólo se revele de manera confidencial, no son pocos los que se están armando, al menos con una calibre 22 para hacer ruido y así llamar la atención de los vecinos y, a la vez, ahuyentar a los malandrines.

El problema es serio. En verdad que la tranquilidad está muy disminuida. El temor y el desasosiego nos van invadiendo poco a poco. Y, mientras, ¿qué están haciendo las autoridades? Muy poco, todos conocemos las bajas percepciones de nuestros uniformados, el casi nulo nivel que tienen en cuanto a formación e instrucción, y la insuficiencia y obsolescencia del equipo y la tecnología que tienen a su disposición, de allí su sabia decisión de mejor llegar tarde cuando ocurren incidentes; en cuanto a estrategias para hacer frente a la delincuencia, mejor ni moverle, simplemente no las hay; por estos días la presidenta de Celaya inventó, tal parece, crear células integradas por un policía formal, un policía auxiliar y un perro con el fin de vigilar lugares públicos de la ciudad.

Hoy tenemos en el futuro inmediato la confianza puesta en que los programas públicos encaminados a apoyar a los jóvenes en sus estudios y para capacitarse para obtener un empleo, por una parte, y la puesta en marcha de la Guardia Nacional, por la otra, contribuirán significativamente a reducir los hechos delictivos con el fin de recuperar poco a poco la tranquilidad y la paz que nos fueron confiscadas por gobiernos insensibles e incapaces.

Hace poco menos de un mes que la Laila no está más con nosotros como consecuencia del cáncer, esa enfermedad cuya incidencia va en aumento también entre los perros. Por el momento, su compañera, la Ninfa, se ha quedado sola en su labor de vigilancia. Sin embargo, no será difícil encontrar otra perrita callejera que la venga a apoyar y acompañar.


[1] Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana; Incidencia Delictiva del Fuero Común 2018; secretariadoejecutivo.gob.mx/docs/pdfs/nueva-metodologia/CNSP-Delitos-2018.pdf; diciembre 20 de 2018.

* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.

Foto de portada: Osvaldo Florez (@osvaldoflorez1993) / Unsplash.






Luis López




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