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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez*
Viernes 26 de abril de 2019
Cuando llegué a vivir a Francia, ya hace más de 5 años, me sentía muy sola. Todavía no he dejado de tener esa sensación de que vivo un poco aislada del mundo, algo que nunca sentí en México. En México siempre hay gente por todos lados. En la tiendita, en la calle, en la parada del autobús… Y como acá en mi pueblo de la Bretaña francesa vivo bien en las “afueras”, donde no hay tienditas, ni paradas de autobús ni gente que camine por la banqueta… me siento sola.
Entonces tuve la idea de meterme a todos los grupos habidos y por haber que encontré en Facebook, cualquier grupo que reuniera mexicanos en Francia. Mágicamente, encontré muchos grupos con mujeres latinas viviendo acá en Francia y por un par de años, estos grupos fueron un solaz para mi soledad. Después, como suele suceder con los grupos sociales (y en internet esto parece más pronunciado) nacieron tensiones, se hicieron facciones y grupitos dentro de los grupos y yo terminé por tener problemas a diestra y siniestra. La gente se molestó, se enojó, me insultó y además, el hecho de que yo había compartido emociones y sensaciones un poco íntimas, les dio a muchas personas una especie de autoridad moral para regañarme por esto y por aquello.
Terminé saliéndome de todos esos grupos.
No sin antes haber recuperado un buen ramillete de amistades que me han hecho mucha compañía (si bien casi siempre vía una pantalla, visto que estas personas están distribuidas por toda la geografía francesa) en los momentos en que mi aislamiento se me ha hecho más difícil de superar.
De hecho, muchas mujeres muy agradables han atravesado el país para venir a visitarme acá en la punta oeste de la geografía francesa. Y otras, me han abierto la puerta de su casa (y no sólo a mí, sino a toda mi familia). Hemos intercambiado sonrisas, conversaciones y compañía.
Eso me ha aliviado un poco.
La sensación de no encontrar gente para simplemente charlar de nada, del clima, de cualquier tontería, ha sido uno de los baches más difíciles a escalar desde que estoy aquí.
Mucho tiene que ver la configuración de mi colonia o barrio o como sea que le digamos. Vivo en las afueras de un pequeño pueblo bien urbanizado y turístico. Este pueblito tiene una estación de tren que lo conecta con París, porque en temporada alta, se convierte en un centro que irradia turistas a las playas de la zona. Playas hermosas. Playas frías. Playas maravillosas.
Pero sigue siendo un pueblo de menos de 15 mil habitantes. Todos los servicios están concentrados sea en el centro, alrededor de la Presidencia Municipal, o en una zona comercial que me queda del otro lado del pueblo.
Léase, sin coche la gente no sale de su casa. No caminan, no toman el transporte público (porque no existe), salen temprano en coche y se acabó.
Entonces yo no cruzo gente en las calles. Yo, que apenas estoy aprendiendo a manejar, parezco un fantasma caminando por la banqueta por acá. Un fantasma desubicado.
También debe incidir el hecho de que acá en Francia y particularmente, acá en Bretaña, los códigos sociales son diferentes. Las invitaciones, la formalidad de las cosas. Y entrar en los círculos sociales pre-hechos, es complejo.
Y si al mismo tiempo estás aprendiendo un idioma y ayudando a tus hijos a adaptarse, y después te distraes con papeleo para construir una casa, un embarazo, un bebé, dos hijos que ahora son adolescentes, la búsqueda de empleo y el aprendizaje del manejo a la francesa… bueno, pues no hay muchas oportunidades de simplemente hablar de trivialidades con nadie.
Y si, ya sé que suena a “problema de primer mundo”, cuando en nuestro México hay problemas mucho más acuciantes y necesidades más complejas a atender. Pero yo cuando cierro mis ojos y extraño a México, ya caigo en la idealización. Simple y llanamente porque quisiera encontrar ese ambiente conversador que existe en nuestro país.
Tengo amistades acá. No muchas, pero las tengo.
Y una amiga hoy me dijo que simplemente tengo que tener paciencia. Que el caparazón de los bretones es duro de roer, pero que una vez se abre, no se vuelve a cerrar. Y que ella me ve feliz acá y que pronto voy a encontrar ese pequeño rinconcito social que me hace falta.
Así que hoy voy a creerle.
Pero también voy a dedicarle un pensamiento a la señora de la tiendita allá en mi pueblo mexicano que se sabía la vida y obra de todo el pueblo y me la contaba. Al verdulero bromista. A las mamás de mis exalumnos que siempre me saludaban con cariño. A mis propios exalumnos que se quedaban a charlar cuando me encontraban. Al señor que vende camisas bordadas y que me compraba pizza cuando yo andaba recorriendo el pueblo con mi charola de pizza en las manos, y que años después estaba contento por mí porque ahora era profesora… y a todos los demás. A toda la gente que con su charla cotidiana hicieron siempre mi vida en México una en que no me sentía aislada aunque estuviera sola.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente redactora de contenido para una empresa española.
Imagen de portada: Jeremy Cai (@j) / Unsplash.
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