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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez*
Francia / Viernes 7 de junio de 2019
Yo nací y crecí en la Ciudad de México (Distrito Federal se llamaba entonces). Jamás creí que mi vida se iba a llenar de idas y vueltas por el mundo, de idiomas, de paisajes lejanos al de mi ciudad caótica y colorida, o de mi pueblo hidalguense rodeado de cerros, nopales y magueyes.
Y ahora estoy aquí en este rinconcito de la Bretaña francesa, ya a cinco años y medio, y a veces todavía hay mil cosas que no entiendo. Y todavía hay millones de cosas que me sorprenden.
Una de esas cosas es el hecho de que mis hijos (que llegaron a este país con 6 y 9 años), han crecido no sólo como bretones, no sólo como franceses, sino como europeos.
Nótese que llevan inglés como segunda lengua en la escuela desde el kínder. (Escuela pública me permito aclarar). Y que eligen una tercera lengua al empezar la secundaria. El idioma más elegido por los jóvenes es el español (parece fácil), y en muchas escuelas hay opción de estudiar chino, italiano e incluso árabe (aunque a muchos franceses de hueso colorado esta idea les altere el corazón al borde del infarto). Y una de las opciones presentes en casi todas las escuelas secundarias, es el alemán.
Una creciendo allá en su ciudad rodeada de mexicanos, no se imagina Alemania. ¿Qué sabemos de Alemania? Que perdieron 2 guerras mundiales, que había nazis, que han ganado la copa del mundo de futbol… tiene uno ideas mezcladas y extrañas de que son algo así como robots híper funcionales, altos, rubios y que son como herederos de los dioses asgardianos… ¿algo así?
Bueno, pues resulta que por no hacer español, puesto que orgullosamente mis hijos han conservado su uso cotidiano del idioma de su mamá y son perfecta y funcionalmente bilingües (aunque su ortografía en español no sea tan buena como su ortografía en francés…), y porque además acá les habrían enseñado el español ibérico y ello habría sido ligeramente incómodo (nadie quiere que lo regañen por pronunciar mal su lengua materna), se inscribieron para estudiar alemán.
Poco sabíamos ellos y yo que el alemán tiene la fama de ser recontra difícil. Que los “buenos alumnos” son los que se inscriben en alemán. Que es una palomita en su recorrido académico de cara a una futura elección de universidad.
Sólo sabíamos que era la opción que había que no era español.
Y adoran estudiar alemán. Mi hijo mayor ya está por terminar su tercer año de secundaria (ojo, acá en Francia son cuatro años de secundaria) y estaba hasta medio desesperado de no aprender suficiente, de no progresar en su aprendizaje del alemán.
Entonces, se le presentó la oportunidad de inscribirse para un intercambio estudiantil con un estudiante alemán de su edad. Porque resulta que desde el final de la Segunda Guerra Mundial, franceses y alemanes se dieron cuenta que siglos de luchar resultaban suficientes, y son como que mejores amigos en términos diplomáticos. El intercambio cuenta entonces con un apoyo económico de una institución en pro de las relaciones de jóvenes franco-alemanes que existe desde hace más de 50 años.
Y he aquí que esta mamá mexicana, super-ultra-archi-requete-recontra apegada a su hijo mayor, lo ayudó a realizar el papeleo. A elegir un compañero de intercambio. Y a irse.
En un momento dado nos encontrábamos bloqueados, porque la profesora de alemán nos comentaba que nunca había inscrito a un alumno extra-comunitario (léase, originario de un país no miembro de la Unión Europea) para el intercambio. Y fue en ese punto de la historia que la burocracia francesa desbloqueó nuestros papeles y recibimos, los tres, la nacionalidad francesa.
Pasaporte francés en mano, mi hijo tomó un vuelo él solo hace poco menos de dos semanas para irse a Berlín, y volverá hasta agosto.
Allá, vive con una familia cuyo hijo vendrá a pasar tres meses con nosotros de agosto a octubre.
Allá, come, respira y vive en ambiente alemán al 100%.
Es duro, el chico recién tiene 14 años y nunca había pasado tanto tiempo lejos de su familia.
Pero está aprendiendo tantas cosas.
Y nos cuenta emocionado del calor intenso que hace allá (ayer pasaron el día a 36°), de la comida (salchichas, salchichas y más salchichas) y de lo taaaan parecido que es Alemania a Francia en muchísimas cosas (hasta en el color de los botes de basura).
Yo, me siento mareada. ¿Lo extraño? Como mil toneladas. Pero estoy feliz por él. Ya tiene un nivel de inglés suficiente para mantener conversaciones informales. O sea que el alemán es su cuarto idioma. Y está bañándose en un aprendizaje que es posible porque ahora es un ciudadano europeo. Pero sigue siendo orgullosamente mexicano (la primera playera en su maleta fue la de la selección tricolor). Hay tanto que está aprendiendo de este mundo. Y todo fue consecuencia del azar, del momento en que su madre se enamoró de un francés que era tan apasionado como ella de los cómics estadounidenses. Qué grande y qué chiquito que puede ser el mundo.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente redactora de contenido para una empresa española.
Imagen de portada: Puerta de Brandenburgo en Berlín, Alemania. | Foto: Marius Serban / (@twistlemon) / Unsplash.
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