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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 7 de junio de 2019
«Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos»
– José Martí.
Nuestra América
Desde antes de proclamar su independencia de Inglaterra, en 1776, las Trece Colonias que se transformarían en Estados Unidos de América, han vivido en guerra casi constante; primero, contra los habitantes originarios de los territorios que colonizaron y después, contra prácticamente todo el mundo, por su pulsión obsesiva de expansión territorial y de despojo y apropiación de las riquezas de otros pueblos.
Para ello requirieron de un sustento ideológico que validara sus acciones y fechorías.
Tal sustento lo construyeron, primero, con la Doctrina Monroe [1] y, luego, lo reforzaron con la Doctrina del Destino Manifiesto [2]; la primera, que en su inicio tuvo un carácter anticolonialista pronto se reinterpretó como la facultad exclusiva de la potencia norteña para definir el rumbo de las cosas en este continente; la segunda, una expresión de arrogancia, supremacismo y desprecio por los demás pueblos, proclama un derecho, otorgado por la Providencia, para obtener de los demás, por cualquier vía, lo que fuere necesario para su crecimiento como país y el sostenimiento y reproducción de las condiciones que le aseguren su dominio.
Se han autoproclamado faro, guía y ejemplo para el mundo, se sienten con el derecho [divino] de intervenir, en la forma e intensidad que consideren necesarias, en cualquier lugar o situación que no se apegue a sus intereses. En ese contexto se ha desarrollado la vida de Estados Unidos y es la razón por la que casi toda su existencia como país ha estado haciendo la guerra a otros pueblos o auspiciándola para que se enfrenten entre sí y sacar ventaja de ello.
A partir del final de la Segunda Guerra Mundial, de la que emergen como indiscutible potencia económica y militar, no gana guerras [3] pero las necesita para mantener el poderoso complejo militar-industrial que en buena parte sostiene su economía y es la base material para el ejercicio de su dominio interno e internacional.
En su declive como potencia imperial Estados Unidos se ha vuelto cada vez más peligroso para la humanidad entera. Se arroga la facultada de calificar a «buenos» y «malos» y a decidir qué es verdad o mentira; para ello tiene control de los más grandes medios y agencias de [des] información en el mundo, de mecanismos e instrumentos de desculturización y está en estrecha alianza con los sectores oligárquicos locales. Además mantiene, fuera de su territorio, alrededor de 800 bases e instalaciones militares.
Agrede, de variadas formas, a cualquier pueblo que intente ejercer su soberanía o sacudirse su influencia política, económica o cultural; apoya, no gratuitamente, a regímenes opresores, a menudo sanguinarios, que siguen fielmente sus dictados y viola sistemáticamente los más elementales derechos humanos de los pueblos y el derecho internacional.
Como resultado del fracaso de sus aventuras bélicas y ante la necesidad de asegurar ciertas materias primas y materiales que requiere para mantener su poderío, ahora reorienta su atención sobre Nuestra América, que siempre ha considerado su «patio trasero».
Su enfermiza obsesión por dominar Cuba (obsesión que existe desde la época de las Trece Colonias y se agudizó a raíz del triunfo de la Revolución el primer día del año 1959), Venezuela, Nicaragua y Bolivia, países que considera como amenazas a su seguridad nacional, tiene como finalidad impedir que prosperen proyectos políticos, económicos y sociales que buscan vías de desarrollo menos dependientes e injustas.
Y aun cuando Estados Unidos es un país construido por migrantes, se ha generado actualmente en ciertos estratos de su población un clima de racismo, supremacismo y odio hacia otros pueblos y nacionalidades. Es el caso de los migrantes, mexicanos y centroamericanos en su mayoría, quienes principalmente por motivos económicos o políticos y alentados por la falsa ilusión del «sueño americano» se ven impelidos a abandonar sus lugares de origen en busca de mejores oportunidades; aunque la causa principal de su situación sea originada por las condiciones impuestas por la dependencia, el subdesarrollo y la explotación provocados por la obediencia a los designios del imperio del norte.
Ante tal situación, la alternativa es mirar hacia el sur. Buscar, no obstante nuestras diferencias, la solidaridad, la colaboración, las coincidencias y la unidad de nuestros pueblos para construir nuevos derroteros que nos permitan encontrar formas de convivencia y desarrollo sostenibles, de modo que las generaciones actuales y futuras vivamos dignamente. Tal búsqueda no excluye al pueblo norteamericano, pues él también es víctima de la política imperial de la élite que lo domina.
[1] La Doctrina Monroe (América para los americanos), elaborada por John Quincy Adams y atribuida a James Monroe (quinto presidente de Estados Unidos), se dio a conocer el 2 de diciembre de 1823; fue originalmente dirigida a las potencias europeas, en el sentido de que Estados Unidos no toleraría ninguna interferencia o intromisión de las potencias europeas en el continente americano.
[2] La expresión Destino Manifiesto fue usada por primera vez en julio de 1845, por el periodista John L. O´Sullivan, en la revista Democratic Review de Nueva York, para justificar la expansión de Estados Unidos hacia el oeste y hacia el sur (invasión y despojo de territorio a México).
[3] Pudiera tomarse como excepción la llamada Guerra Fría, que en realidad fue emprendida por el imperialismo a nivel internacional contra la Unión Soviética y los países socialistas de Europa oriental que, cabe aclarar, sus errores y contradicciones fueron los que más contribuyeron a su derrota.
* Alfonso Díaz Rey es miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Foto de portada: Joshua Earle (@joshuaearle) / Unsplash.
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