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NOPALES Y HORTENSIAS

Carla Martínez*

Francia / Viernes 2 de agosto de 2019

 

Europa tiene una increíble y maravillosa cultura deportiva. En cada municipio existen muchas opciones de deportes para niños y jóvenes. Yo desde que vivo acá lo he considerado una especie de lujo. Allá en mi pueblo hidalguense, en México, no había muchas alternativas para que los niños practicaran deporte. Danza folklórica, futbol y tae-kwon-do. Y además, no son que digamos muy accesibles en términos financieros. Yo admiro muchísimo a los padres mexicanos que sin muchos recursos apoyan a sus hijos para que practiquen deporte. Es realmente difícil y sobre todo cuando se vive lejos de las grandes ciudades.

Acá ni es caro, ni lejos y hay de dónde elegir.

Mis hijos eligieron practicar esgrima. En septiembre empezarán su cuarta temporada en el club de esgrima de nuestro pueblo bretón. Y si bien no son fanáticos de participar de competiciones, son constantes y disfrutan mucho ir dos veces por semana a entrenarse. Además, mi hijo mayor está empezando a hacer pesas (ya casi cumple quince años), disfruta hacer caminatas largas y practica bádminton en la secundaria. Y el chico (que ya casi cumple doce), es fanático del ping-pong y practica diariamente.

Todo ello a pesar de que nuestra adaptación a la cultura deportiva europea fue lenta y en ocasiones, torpe. Por ejemplo, mis hijos no sabían andar en bicicleta, lo cual acá es casi pecado capital. También aprendieron tarde a nadar. Yo no tenía idea de lo importante que era, y en un principio nuestro claro objetivo era que aprendieran a hablar y escribir en francés (ellos llegaron a Francia con 6 y 9 años).

Acá el chico que es ultra deportivo (y como vivo en zona de costa, ello incluye saber surfear o manejar un velero), que anda en patineta y sabe andar en bicicleta como profesional, es el chico más cool de la cuadra.

A mis hijos no les molesta no ser “cool” y populares. De cualquier forma, tienen muchos amigos y son siempre de los primeros en cuanto a calificaciones. No han padecido acoso escolar y se desenvuelven muy bien socialmente.

Pero… ahora que mi hijo mayor se fue a pasar una temporada en Alemania, se dio más cuenta de que a la gente le incomoda un chico que lee mucho. Porque eso no he dicho, el primer y principal pasatiempo de mis hijos es la lectura. Leen, leen, leen, leen. Libros, revistas, cómics. Sí, juegan video juegos y ven películas, y como ya dije, son activos físicamente y les encantan sus deportes, y sí, juegan con sus amigos, pero lo primero que eligen hacer es leer.

No les gusta salir a centros comerciales, o a dar la vuelta con sus amigos. Si se ven, prefieren invitarlos a la casa a ver una película o a jugar video juegos.

Son muchachos caseros y tranquilos. Bastante inocentes.

Y en la familia alemana con la que mi hijo estuvo alojado, eso causaba problemas. Les pareció extraño que mi muchacho prefiriera un museo que un centro comercial, que quisiera ir a la tienda de cómics y la librería. Que prefiriera proponerle a su compañero de intercambio ver una película que ir al parque con algunas chicas.

Y entonces me di cuenta que a veces por acá a la gente también le molesta eso. Mis suegros por ejemplo, siguen esperando que yo “regañe” a mi marido por coleccionar y leer cómics a su edad adulta. Como si no supieran que mi bretón y yo nos conocimos precisamente en un foro internacional de discusión de cómics estadounidenses.

Tanto mi bretón y yo como el papá de los muchachos, todos somos ávidos lectores y estamos felices de poder discutir de libros, películas, cómics con los muchachos. Pero he notado que por mucho que la gente te diga que leer es bueno, a veces les choca un muchacho que prefiere quedarse a leer que salir a dar la vuelta con sus amigos.

No sé si será igual en México. Mientras yo crecía, con un libro en las manos todo el tiempo, no me di cuenta de nada. Yo vivía con la cabeza en los libros y era la compañera en la prepa que cuidaba las mochilas de los que se iban a jugar billar…

Y no me arrepiento. Es la lectura y son los mundos que hay dentro de mi cabeza lo que me permitió aprender inglés y mantenerme como profesora de inglés por años. Lo que me permitió trabajar como redactora freelance y que está abriendo las puertas a otras vías profesionales acá en Francia. Y también fue la lectura el punto común que me permitió enamorarme de este bretón que me hace tan feliz hoy en día.

Espero y deseo que la pasión por la lectura les dé a mis hijos tanto placer como me ha dado a mí. Y pues si a otros les parece raro, ya ni modo.


* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años y actualmente redactora de contenido para una empresa española.

Imagen de portada: Toa Heftibia (@heftibia) / Unsplash.






Luis López




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1 Comentario

el 02/08/2019

Las personas que leen piensan. Y por ende, incomodan…



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