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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 2 de agosto de 2019
Toda formación social establece ciertas reglas, escritas o no, que permiten su permanencia y a la vez producen y reproducen las condiciones que hacen posible tal permanencia. Esas reglas siempre las imponen la clase social y el grupo dominante en un momento histórico dado. En el capitalismo actual esa clase social es la burguesía y el grupo dominante la oligarquía.
Lo anterior viene al caso porque en nuestro país se dio un cambio de gobierno en el que electoralmente salieron derrotados los partidos que durante más de tres décadas impulsaron la aplicación de medidas y políticas neoliberales que agudizaron los problemas, incrementaron la desigualdad y la pobreza, entregaron los bienes y los recursos nacionales, sumieron al país en la violencia e inseguridad, concentraron escandalosamente la riqueza y llevaron al extremo la corrupción y la polarización social.
Ese cambio de gobierno generó en muchos mexicanos la esperanza de una transformación real y aun cuando se observan algunos avances en políticas de austeridad y la lucha contra la corrupción, el neoliberalismo avanza.
Dos noticias recientes relacionadas con el impulso a la inversión privada en el sector energético dan cuenta de ese avance: una, la cesión, nuevamente, de la petroquímica al sector privado y; la otra, el mantenimiento de un elevado nivel de generación de energía por parte de organismos privados.
Recordemos que durante los sexenios de Miguel de la Madrid (1982-1988) y Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), se cedió al capital privado la producción de prácticamente todos los productos petroquímicos, con excepción de nueve que mantuvieron su clasificación de «básicos» (etano, propano, butano, pentanos, hexano, heptano, materia prima para negro de humo, naftas y metano). A partir de entonces la producción petroquímica nacional comenzó a decaer hasta convertir las instalaciones en, literalmente, chatarra (muchos de los flamantes empresarios en ese sector prefirieron importar y revender, convirtiéndose en intermediarios).
En cuanto al sector eléctrico, también con Carlos Salinas iniciaron las concesiones al capital privado para generar energía y vendérsela a la Comisión Federal de Electricidad (CFE), generación que ahora alcanza el 46% de la producción de energía eléctrica en el país.
Todas esas cesiones se hicieron mediante argucias violatorias de la Constitución y con reformas a la misma, que llamaron «estructurales», algunas de esas reformas se hicieron después para «legalizar» sus argucias.
Algo que llama la atención es que las inversiones del Estado continuarán en dos complejos petroquímicas: Cangrejera y Pajaritos; la razón: en esos complejos se produce etileno y óxido de etileno, la base de una amplia e importante cadena de productos que necesitan seguridad en el abasto de la materia prima a precios atractivos para los inversionistas privados.
Así funciona el sistema. El Estado, en cualquier país capitalista y con ciertas variantes, procura el sostenimiento y avance del sistema, ya sea a través de instrumentos jurídicos, económicos, ideológicos y, cuando son necesarios, los represivos. Todas las «reformas estructurales» durante los seis anteriores gobiernos neoliberales (y muchas durante gobiernos previos) tuvieron ese objetivo.
Por ello no es de extrañar que los grandes empresarios estén de plácemes con las medidas del gobierno que les permiten seguir operando como antes (el «empujoncito» a la economía, de 485 mil millones de pesos, que recién se anunció y del que habrá que analizar su destino, también los tiene contentos); como tampoco es de extrañar que ahora se hable de rescate y saneamiento de empresas productivas del Estado (Pemex y CFE), cuando en realidad debieran retornar a su anterior condición (propiedad de la nación); lo que significa que el poder no ha cambiado de manos.
No somos pocos los que creemos que para que pueda darse una real transformación del país y terminar con el neoliberalismo, deben atacarse las causas de los problemas que como nación padecemos y establecer nuevas reglas que favorezcan al pueblo. El único requisito para que eso suceda es que quienes constituimos el pueblo nos convirtamos en la clase dominante en la sociedad mexicana.
Podemos empezar apoyando y defendiendo consciente, decidida, organizada y críticamente las medidas del nuevo gobierno que vayan en ese sentido, elaborar e impulsar propuestas que favorezcan el cambio que se requiere y no esperanzarnos a que una persona resuelva nuestros problemas.
* Alfonso Díaz Rey es miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Imagen de portada: Aspecto del complejo petroquímico de Cangrejera. | Foto: Pemex.
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