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Alfonso Díaz Rey*
Viernes 16 de agosto de 2019
Con arrogancia y desprecio por los pueblos, el imperio, en su declive, busca recuperar espacios en los que ha perdido influencia y control en aspectos económicos, políticos y geoestratégicos; eso lo hace aún más peligroso.
En el desesperado afán de cumplir con su destino manifiesto, para salvaguardar los intereses de los monopolios y el gran capital financiero norteamericanos, Estados Unidos ha abierto varios frentes externos de confrontación en terrenos económico, comercial, político, diplomático y militar, que agravan sus contradicciones a nivel internacional, lo que sumado a las contradicciones internas y a los problemas, también internos, derivados de la forma en que se conduce su actual presidente, personal y públicamente, todo ello ha generado un gigantesco embrollo del que se ve difícil una salida decorosa y un obstáculo a las aspiraciones reeleccionistas de Donald Trump, aunque no precisamente toda esa situación sea obra de él, pero sí buena parte de su agudización.
La política migratoria de la actual administración norteamericana; el discurso racista y supremacista, además de su compulsión por mentir, de su presidente y el grupo de halcones que le rodea e incita a seguidores desequilibrados mentales a cometer actos atroces; la enorme deuda externa del país; el deterioro de los servicios sociales; el futuro hipotecado de la inmensa mayoría de jóvenes, sobre todo los que intentan estudiar una carrera universitaria; la pérdida de competitividad de su industria frente a otros países, en buena parte debido a nuevas realidades impuestas por la globalización, son, por citar algunos, problemas que en vez de atenuarlos se han agudizado en ese país.
Además, casi en todos los rincones del planeta se advierten problemas o contradicciones generadas por la enfermiza obsesión de la clase dominante norteamericana por imponerle al mundo su visión de la historia y la sociedad, con el fin de extender su dominio al máximo posible más allá de sus fronteras. Pareciera que el imperio desestima la historia y no aprende suficientemente de sus errores.
En ese contexto, por poner algunos ejemplos, podemos citar: los conflictos comerciales con la República Popular China, con la Unión Europea y otros países; el abandono unilateral de acuerdos internacionales, como el acuerdo de París sobre el cambio climático, el pacto nuclear con Irán y el Tratado de Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio, con Rusia; la salida de organismos internacionales, como el Pacto Mundial de la Organización de las Naciones Unidas sobre Migración y Refugiados y de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura; la intervención directa o indirecta en conflictos bélicos (Afganistán, Irak, Siria, Libia, Yemen, Palestina, etc.); la imposición de sanciones económicas, comerciales, diplomáticas y financieras a países que no se pliegan a sus designios (Cuba, Venezuela, Irán, Corea del Norte).
No puede olvidarse que en el centro de todos esos problemas y las contradicciones que se generan está una larga crisis que Estados Unidos y el sistema capitalista en general padecen e históricamente han sido incapaces de salir de ella; misma que con el paso del tiempo adquiere nuevas o más graves manifestaciones que agudizan aún más los problemas y contradicciones del sistema en su conjunto.
Trump, en su intento por reelegirse se proclama, autoconvencido, como el mejor presidente en la historia de su país, mientras que cada vez que abre la boca, y no para comer, es para lanzar amenazas, comunicar sanciones a otros países, proferir insultos o decir mentiras, lo que en nada ayuda a mantener buenas relaciones a nivel internacional y a lograr, en lo interno, un nivel de aceptación y confianza que le permitan el acceso a un segundo mandato sin mayores dificultades ni malas artes electorales.
Tal es el laberinto de descrédito en que se halla Donald Trump por su impericia política, que para lograr su reelección requerirá de una serie de medidas y acciones extraordinarias realmente en beneficio del pueblo estadounidense o la elaboración de la más grande trama de mentiras y promesas que puedan confundir a ese pueblo para obtener su voto favorable.
El peligro para el pueblo de Estados Unidos y para el mundo radica en que para hacer y mantener «grande» a su país opte por alguna vía militar o armamentista, cosa que agravaría interna e internacionalmente las tensiones, con resultados negativos para todos.
Aun con las características del sistema político y electoral en Estados Unidos, el electorado norteamericano tiene, en las próximas elecciones presidenciales, una enorme responsabilidad, no solamente con su país y su pueblo, sino con el mundo.
* Alfonso Díaz Rey es miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.
Imagen de portada: Donkey Hotey / Flickr.
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