SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 13 de febrero de 2020
Lazio vs Nápoles. Primeros minutos del partido. Miroslav Klose recibe centro de tiro de esquina y anota. Sus compañeros festejan mientras los jugadores del Nápoles se abalanzan sobre el árbitro para reclamarle la ilegalidad del gol. Enseguida Klose le pide al árbitro que invalide su anotación porque la metió con la mano. Entonces el árbitro lo anula y los jugadores del Nápoles le rinden honores a su adversario: le felicitan su honestidad y le abrazan. Ocurrió hace ocho años.
Klose se atrevió a ser honesto en una liga deportiva caracterizada por la opacidad, la manipulación de los resultados y problemas de apuestas como lo es la italiana. Al final su equipo perdió 3-0, pero él ganó respeto, y los aficionados al futbol ganamos con su acto, también.
Un acto de honestidad y honradez en una disciplina que en las grandes ligas desde hace tiempo dejó de ser un deporte porque sus dueños la convirtieron en un negocio del espectáculo, y desde entonces palabras como esfuerzo, competitividad, ejemplo, honradez, disciplina, talento, habilidad, maestría, constancia, etcétera, son sólo “romanticismo”, cosa del pasado.
Un acto de honestidad en un negocio del espectáculo donde la constante es la simulación, el arreglo, la trampa, el show, lo estrafalario, el estruendo, la imagen, la forma, la descortesía.
Otros grandes futbolistas también han anotado goles con la mano quedándose con la victoria, ganando partidos, y perdiendo la oportunidad de transmitir un mensaje de transparencia. “Picardía deportiva”, suele llamársele, justificando y naturalizando, con esa expresión, una conducta más cercana a la trampa. Miroslav Klose, no; y no fue la primera vez que rechazó una decisión equivocada del árbitro que le beneficiaba, optando por la verdad, porque para él “eso es lo más natural”, dijo con sencillez.
Klose es un veterano que acumuló vivas y bravos en su carrera deportiva: “Bravo Miro Klose por ese gesto”, escribió en Twitter el presidente de la FIFA, Joseph Blatter.
“Ello demuestra que se puede ser un gran jugador y al mismo tiempo un gran deportista”. “Bravo Klose, qué gesto más hermoso”, tituló La Gazzetta dello Sport. “Por ello se merece un premio”, dijo el capitán del Nápoles, Paolo Cannavaro. “Es un bello gesto, los grandes son así”, “El grande es grande”, escribieron los aficionados.
¿Qué vale más: una victoria, un trofeo, una medalla, un gran contrato o el reconocimiento y respeto de la gente? Para los realmente deportistas lo segundo, para los empleados del espectáculo, lo primero.
El futbol como deporte involucra reglas y normas enmarcadas en un espacio determinado, en una cancha donde los jugadores, en igualdad de circunstancias, ponen en juego su talento, asumen retos, se esfuerzan dando lo mejor de sí.
Pero al convertirlo en espectáculo de grandes ligas, el objetivo, con frecuencia se tuerce, porque ahí todo consiste en entretener a una civilización cada vez más conformista con lo que ve, a unos consumidores que se conforman con lo que sea. Es así como los deportistas dejan de serlo para convertirse en show men.
Reír la trampa, aceptar la simulación, aplaudir el histrionismo, consumir espectáculos baratos, son factores que sostienen y favorecen la civilización del espectáculo en la que nos encontramos.
Sospecho que lo que sucede en el futbol también sucede en la vida cotidiana donde hoy más que nunca necesitamos más honradez y menos trampa, más cooperación y menos competencia, más actos de transparencia y menos palabrería sobre ésta, más rectitud y menos desvergüenza, más sinceridad y menos simulación, más justicia y menos impunidad, más integridad y menos corrupción.
Somos lo que hacemos. Y con lo que hacemos cada sujeto, construimos una sociedad. ¿Cómo es la nuestra? Basta observar nuestras conductas.
* Psicólogo / [email protected]
Imagen de portada: Miroslav Klose. | Foto: These Football Times.
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