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LA COLUMNA ROTA
Frida Guerrera*
Jueves 28 de mayo de 2020
Los animales salvajes nunca matan por deporte. El hombre es el único animal para quien la tortura y la muerte de sus semejantes es divertida en sí misma.
– James Anthony Froud.
Una cruz blanca forma parte del altar ubicado en medio del pequeño cuarto que fue utilizado para velar y realizar los rosarios de Maicha Pamela González Matilde. Pame acababa de cumplir 16 años, era la segunda hija de Elocadia, joven madre soltera que trabajaba para sostener a dos de sus hijos: Manuel y Pamela. La mayor ya formó su propia familia. El 16 de mayo, Cristian, compañero periodista de AfondoEdoMex, el colaborador y quien teclea, acudimos a visitar a la familia de Pamela luego de que la madre de la niña se contactara vía telefónica. «Quiero que me ayuden a hacer justicia a mi niña», escribió vía WhatsApp la desesperada madre.

El sábado 9 de mayo de 2020 Elocadia salió a trabajar en la purificadora donde labora de lunes a sábado, ocasión en que su hijo más pequeño la acompañó para terminar más temprano y regresar a casa a buen tiempo. Pame los despidió para también trabajar, pues no hacía más de dos meses que habían abierto un pequeño local en su misma casa donde vendían hamburguesas, quesadillas y dulces para ayudarse un poco más con los gastos de la casa. Ambas se despidieron no sin antes darse la bendición. «Te apuras, mami, para que vuelvas temprano», fue la solicitud de Pame a su madre.
Maicha Pamela nació el 5 de mayo de 2004 en Enthavi, uno de los barrios de Temoaya en el Estado de México. Era una niña con raíces otomíes venida de una familia llena de valores, de confianza. La pequeña era muy querida por sus tíos, tías, primas, primos y su abuela doña Ángela, pilar de esta enorme familia. «Mi niña era muy organizada para el dinero, cuando le daba sus gastos del pasaje todo anotaba, era la que llevaba la administración de la casa, era como nuestra mamá, cocinaba para nosotros todo tipo de comida. Yo llegaba de trabajar y ya había cocinado, a veces lavaba la ropa, siempre nos ponía orden», recuerda Leo en medio de un llanto contenido porque la hace más fuerte y si llora no va a encontrar justicia, me hace saber.
Leo y su familia vivían en San Diego Alcalá, una comunidad también perteneciente a Temoaya. Siete años atrás habían ido a vivir a ese terreno que Ángela, su madre, le había heredado en vida. Un lugar ubicado en medio de una pequeña carretera, una comunidad abrazada todavía por un cielo azul y lleno de flores. Pamela estaba en su casa, en el lugar más «seguro» para ella. Hasta ahí llegaron los o el asesino para arrebatarle la vida.
Cuando Leo realizaba sus labores en la purificadora un compañero de trabajo recibió la llamada, se dirigió a Leo y le pidió que cerrara, que fuera a su casa porque había pasado algo con Pamelita. El corazón le dio un vuelco, cuando llegó su patrón le hizo saber lo que desde ese momento le arrancó el corazón: «Mataron a la niña, súbete, la niña está muerta». Al llegar al domicilio ya estaba la policía, aunque le impidieron el paso ella les dijo que claro que entraría. «Sólo alcancé a ver su piecito, la metieron en un bote en el baño de la casa, la maniataron, y nadie vio nada, ningún vecino vio nada», señala Leo.
Pame anhelaba que llegara el 10 de mayo para acudir a ver a su abuelita Ángela y festejar juntas el día de las madres. Sí, llegó ese domingo pero sin vida. Desde entonces la alegría de Leo y Manu se ensombreció. Ya no más festejos, ya no más sonrisas de quien a diario arropaba a su familia. La silla donde la niña solía sentarse fuera de su tienda, está como esperando a que vuelva.
Leo nos invitó a asistir el martes 19 de mayo al levantamiento de la cruz de la niña para acompañarlos al panteón. Así lo hicimos, acudimos a ese segundo homenaje a Pame. Caminamos de la casa de la abuela al panteón ubicado en la misma comunidad, en un acto igual de solemne que el entierro, lleno de flores blancas para terminar de despedir a la pequeña Pame, la niña organizada, amada y a la que todos en el pueblo lloran. Una niña de sangre indígena que fue asesinada en medio de una pandemia que en algún tiempo será controlada, pero arrebatada por esa otra pandemia que muchos siguen pretendiendo ignorar, la del feminicidio.

Del o los asesinos nada se sabe, nadie de los pocos vecinos que colindan con la casa quiere decir nada. Leo pide desesperada a quien sepa algo que lo haga saber: «Hay uno o varios asesinos cerca de ustedes, afuera en la calle; la próxima puede ser su hija, a mí ya no me van a regresar a mi Pame, pero ustedes pueden evitar que les asesine a quien aman».
Hoy Leo ya es integrante de ese chat del dolor, de las Voces de la Ausencia. El pasado 17 de mayo más de 100 familias le dieron la bienvenida a un grupo al que nadie debería pertenecer. Juntas, madres, padres, hijos e hijas de mujeres y niñas víctimas, abrazan y entienden y sienten el dolor de las nuevas voces que siguen engrosando la larga lista de la injusticia y la impunidad en este México ciego.
«Por favor no quiero que quede sin castigo el asesinato de mi niña, no lo permitan».
¿Eres madre, padre, hermana, hermano, hija, hijo, de una mujer víctima de feminicidio o desaparición? ¿Eres sobreviviente de una relación violenta o intento de feminicidio? Búscanos, ayúdanos a visibilizarlas y a contar sus historias: Voces de la Ausencia.
* Comunicadora libre, bloguera mexicana.
Facebook: FridaGuerrera Guerrera
Voces de la Ausencia @VocesDLAusencia
Fotos de portada e interiores: Frida Guerrera. | Se publican con autorización de la familia.
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