SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 28 de mayo de 2020
Sabemos que las personas adultas tramitan de manera diferente las vicisitudes de esta pandemia que las niñas y los niños. Estos dependen de la seguridad, el cuidado y la protección de aquellos. De ahí que, si los adultos se encuentran fuertes y seguros, las niñas y los niños también lo estarán.
No obstante, los adultos están siendo sobre exigidos en este escenario. Trabajo, economía, cuidado de los hijos, organización del hogar, son temas que en condiciones ordinarias resultan pesadas. Ahora en medio del caos y, en muchos casos, en medio de la precariedad, resulta en ocasiones imposible.
En este contexto, criar, educar, cuidar y proteger a las hijas y a los hijos se vuelve todo un desafío. Desafío que en muchos hogares no está siendo posible superar. Son padres (en ocasiones sólo uno de ellos, generalmente la madre) que necesitan del apoyo de una comunidad sensible que sume recursos para que dicha labor sea posible. Es aquí donde el personal docente puede sumar.
Terminar el ciclo escolar de manera remota es una decisión tomada. Lo que no parece encontrar tino son los contenidos y la cantidad de estos, la metodología y la evaluación. Escucho a muchos docentes, alumnos y papás padecer este último tramo del ciclo escolar al pretender terminar los contenidos del currículum, convirtiéndose tal cosa en fuente de estrés para todo mundo, sobre todo para las niñas, los niños y sus familias que ya están saturadas, preocupadas, cansadas.
Necesitamos reconocer y hacer conciencia que no estamos en una situación de vida normal, sino en medio de una tragedia que pone a prueba las capacidades de adaptación activa y de sobrevivencia, que exige alta inversión de fuerza física, emocional, espiritual y de todo tipo para logarlo. Agregar a esta labor más factores estresores es contribuir al quiebre de las niñas, los niños y sus familias.
La asignatura de hoy se llama sobrevivencia, y la tarea consiste en aprender a atravesar la adversidad. Por lo tanto, el rol del docente consiste en facilitar los aprendizajes para lograrlo. El resultado de este esfuerzo será la evaluación. Pasa el que sobreviva. Estas son palabras del artículo de la semana pasada. Las hago resonar con la intención de afinar nuestro rol de padre, de madre, de docente, de todo adulto alrededor de niñas y niños.
Y es que en ocasiones falta sensibilidad y pertinencia respecto a dicho papel que hemos de jugar en estos días aciagos: “Hace algunos días me tocó aislarme por sospecha de Covid”, me contó una mamá de cuatro hijos aún pequeños, “fue desastroso y aterrador para mi hija adolescente, y por si no fuera suficiente le llama la maestra para presionarla y cuestionarla por su falta de asistencia a clase en línea. Cuando ella trató de explicar la situación, le cuestionó qué tenía que ver eso con la escuela. Tristísimo ver la falta de solidaridad y empatía. En estos tiempos creo que eso es lo que deberíamos estar trabajando sin descanso en cada hogar, la solidaridad y la empatía, y dejar la escuela para cuando la calma vuelva”.
Para sumar, el papel principal del docente hoy debería ser el de acompañante y contenedor de las ansiedades y temores que sus alumnas y alumnos están viviendo en medio de una realidad caracterizada por la incertidumbre y el no saber cuándo volverá la normalidad. Se trata de hacer equipo con los respectivos padres para contenerles en el tránsito de la adversidad. No pretendamos tenerlos ocupados con actividades del currículum que resultan artificiales ante esfuerzos reales que hoy realizan para atravesar la pandemia.
Mucho están haciendo con aceptar el encierro en casa y todo lo que ello implica, con no ver a sus amigos de la escuela, a sus tíos, a sus abuelos… Esto no sin comenzar a pagar cierta factura en términos de salud mental, dicho sea de paso, pues algunos comienzan a reportar síntomas físicos, emocionales, cognitivos o sociales (dificultad para dormir, trastornos de la alimentación, irritabilidad, conductas disruptivas, rasgos depresivos, miedo, fobias, ansiedad, etcétera). No están, pues, de vaquetones por el sólo hecho de no estar yendo a la escuela, como dijo algún gobernante, están invirtiendo fuerza en la adaptación activa a la realidad.
Docentes asumidos como parte activa de la red psico-socioafectiva del niño y de sus padres, hoy pueden facilitar y participar en el proceso de toma de conciencia y simbolización de la realidad familiar, social y sanitaria que niñas, niños y adolescentes están viviendo en este entorno adverso, así como en la búsqueda de alternativas de cambio a través de dinámicas familiares y sociales solidarias y realistas que impidan el quiebre, el trauma.
Los contenidos curriculares podrán retomarse una vez que vuelva la calma y con ella la seguridad emocional que permite la activación de los circuitos cerebrales que posibilitan el aprendizaje. Porque hoy los circuitos activados son los que gatillan el miedo que invita a la búsqueda de protección y a la sobrevivencia, y así es difícil aprehender el currículum.
* Psicólogo / [email protected]
Foto de portada: Javier Sierra (@lepetitpatte) / Unsplash.
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