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¿A usted le gusta la filosofía?

Diálogo País / Para Ver, Oír y Comer / Top News / 03/07/2019

SOMOSMASS99

 

Jesús Oñate Moreno*

Miércoles 3 de julio de 2019

 

Nuestro punto de encuentro era en el Palacio de las Bellas Artes de la Ciudad de México, a las 11:30 pm. Nos reuníamos los compañeros Víctor, Francisco y yo. Después nos dirigíamos al restaurante Sanborns, que está cercano en la calle de Madero.

Nuestra presencia en ese lugar, a esa hora, obedecía a que realizábamos labores de restauración y limpieza de las pinturas decorativas que se encuentran en el área del comedor.

Trabajábamos por las noches debido a que el servicio de restaurante no podía suspenderse durante el día. El servicio comenzaba a las 7 horas am y terminaba a las 11 pm. Colaborábamos como ayudantes del maestro pintor de la UNAM, Armando Carmona.

Era una noche de martes del mes de junio del año de 1964. Llegamos como de costumbre, el capitán de meseros apenado nos comunicó que esa noche no podíamos hacer nada porque iban a fumigar; se disculpó por no habernos informado a tiempo y nos retiramos.

Habitualmente, antes de comenzar nuestros trabajos de mantenimiento los cocineros del lugar nos ofrecían una cena gratuitamente, ya que la empresa tenía por norma que la comida sobrante del día se desechaba totalmente y todos los días se cocinaban nuevos alimentos. Esa noche no cenamos en Sanborns.

Acostumbrados al trabajo nocturno, sin sueño y un poco de hambre, decidimos ir a cenar a un lugar en la llamada Zona Rosa. Encontramos un restaurante-bar, donde tocaba un grupo de música de blues. Después de la cena nos pasamos al área del bar a tomar unos whiskies y escuchar música.

Notamos que en un extremo de la barra estaba una mujer muy guapa y elegantemente vestida, de unos 30 o 40 años de edad. El compañero Francisco después de un rato resolvió retirarse, nosotros continuamos en el lugar. La mujer seguía ahí, sola. Motivados por la curiosidad preguntamos discretamente al encargado de la barra si la señora esperaba a alguna persona. Y nos dijo que eventualmente acudía al lugar sola, que después de escuchar música y tomar unos vinos se retiraba, siempre sola. No nos dio más información y olvidamos el asunto, sin embargo ella volteaba ocasionalmente a observarnos.

Permanecimos un tiempo más y cuando acordamos retirarnos, la señora se levantó dirigiéndose hacia nosotros, preguntando si podía acompañarnos, petición a la que accedimos de inmediato.

Nos interrogó si éramos estudiantes, le dijimos que éramos pintores y estábamos realizando trabajos de restauración en un restaurante. Le preguntamos si tenía alguna profesión y comentó que había estudiado en la Universidad Femenina de México la carrera de decoración de interiores, que uno de sus maestros fue el pintor canadiense Arnold Belkin y que en la actualidad no realizaba ninguna actividad, que vivía sola y se mantenía de una herencia que le dejó su familia.

Seguimos hablando de pintura y pintores, de música y de otras cosas más que ya no recuerdo. De pronto nos dijo que si podíamos acompañarla a su casa, que se encontraba cerca del lugar donde estábamos y aceptamos, pedimos la cuenta, ella pagó la suya y salimos.

El aire frío de la madrugada y los whiskies nos pegaron duro, nos fuimos caminando a su casa que estaba a unas dos cuadras de distancia. Cuando llegamos noté que la fachada de su residencia era estilo Art Decó en muy buen estado, y nos invitó a pasar. Sorprendidos por la invitación, Víctor y yo nos volteamos a ver, como preguntándonos qué hacer. Víctor reaccionó primero agradeciendo la invitación y argumentando que ya era tarde y tenía que dar clases al día siguiente y apenas le daba tiempo de ir a su casa y luego a la escuela; en realidad era maestro de artes plásticas en una escuela secundaria.

— ¿Y usted joven? –preguntó la señora, dirigiéndose a mí.

Pude eludir la invitación pero consideré una descortesía no acceder a ella, finalmente no tenía compromisos al día siguiente y la propuesta resultaba nada despreciable y acepté. Esperamos a que Víctor tomara un taxi y se fue.

Entramos a su casa por un pequeño corredor, abrió la puerta, prendió la luz y pasamos a una estancia grande que daba acceso a otras habitaciones. Al fondo la sala a la que me invitó a pasar y sentarme en uno de los sillones. Después se dirigió a un pequeño mueble, sacó una botella de vino y tres vasos, quizás no se acordaba que Víctor se había retirado; sirvió un poco en dos vasos, me ofreció uno. Se sentó frente a mí en otro sillón, tomó su vaso elevándolo ligeramente.

— Por el gusto de conocernos —expresó.

Le comenté que la decoración de su casa era muy original y elegante. De repente se levantó:

— Permítame un momento, no tardo –dijo.

Se fue. Realmente la decoración de la casa era muy audaz, todo en blanco y negro, había total ausencia de color, sin embargo mucha armonía. Los muebles muy finos de madera laqueada en color negro, piso de mármol blanco con alfombra negra, diseños modernos tipo escandinavo y luces indirectas.

Tardó como diez minutos en regresar y de pronto apareció, pero esta vez totalmente desnuda, sólo cubierta con un negligee negro transparente que resaltaba con el color blanco de su piel.

Se sentó otra vez frente a mí, tomó un poco de vino y nos quedamos mirando sin decir nada. Sus grandes ojos claros, no recuerdo el color, me clavaron su mirada sin parpadear, de una manera muy extraña y desconcertante, como interrogándome o esperando alguna reacción. Medio petrificado en mi sillón, lo más que me atreví a decir fue:

— Es usted realmente hermosa —y sí que lo era.

De pronto se escuchó que introdujeron una llave en el cerrojo de la puerta de entrada. Lo primero que imaginé fue que se trataba de la trabajadora doméstica.

La puerta se abrió y apareció un señor como de 50 años, perfectamente vestido. Ella se levantó rápidamente a recibirlo, le dio un beso en la mejilla y sin decir nada se retiró a una de las habitaciones, no volvió a aparecer.

El señor volteó a la sala, me miró y se dirigió hacia mí. No había duda, era el marido y yo estaba metido en un verdadero lío.

— Buenos días joven —dijo cuando llegó frente a mí.

Tomó la botella y pensé que me iba a golpear con ella, por lo que tomé ciertas precauciones; sin embargo, sólo se sirvió un poco de vino en el tercer vaso.

Traté de explicarle el porqué de mi presencia en ese lugar, pero me interrumpió diciendo:

— No diga nada, ya lo sé —y comentó— soy médico cirujano, anoche tuve guardia en el hospital.

— ¿Estudia o trabaja? —me preguntó.

— Soy artista, me dedico a la pintura.

— ¿Le gusta la filosofía? —volvió a preguntar.

— La filosofía, sí claro.

— ¿Ha leído a Kant?

Yo no sabía quién era Kant

— La verdad no lo recuerdo.

Pronto se percató de que no sabía nada de filosofía.

— Sabe, joven, mi esposa no está bien mentalmente —me dijo a continuación.

Trató de hablar más de ella, pero aparecieron al fondo de la sala dos niñas de 8 o 10 años de edad, aproximadamente, vestidas con uniforme escolar y sus mochilas.

El doctor me dijo:

— Tengo que llevar a mis hijas a la escuela, si quiere acompañarnos después lo llevo a su casa en mi coche.

Yo lo que quería era salir de ese lugar lo más pronto posible. Agradecí la invitación y le pedí que me permitiera retirarme. Me acompañó hasta la puerta. Al despedirme, le dije, a manera de disculpa:

— Doctor, nunca falté el respeto a su esposa.

— Si lo sé —cerró la puerta.

Ya en la calle caminé sin rumbo fijo, tratando de entender lo que había pasado. Todo parecía una broma. Sí, yo creo que eso fue, pero ¿y las niñas cómo entran en esta historia?

Me admiré de haber salido con vida de ese lugar. Por un momento temí que sacara una pistola o que hablara a la policía y me acusara de algo.

Reorientando el camino a mi casa, pasé a un restaurante a tomar un café y un poco de agua. Finalmente llegué, traté de dormirme pero no podía, pensando en todo lo que había ocurrido. Hasta que me quedé profundamente dormido.

A la noche siguiente, como de costumbre, en Bellas Artes mis compañeros ya me estaban esperando, ansiosos de saber qué había pasado con la señora. Lo primero que les dije:

— Desgraciados ¿por qué me abandonaron?

Cuando cenamos les conté la historia siniestra y estaban asombrados de lo ocurrido.

Pasado un tiempo de este suceso traté de profundizar en mi conocimiento en filosofía, sobre todo información acerca de Emmanuel Kant, filósofo prusiano considerado precursor de la filosofía moderna y universal. Por lo que pudiera ofrecerse.

Cuando reanudamos nuestro trabajo de restauración, mis compañeros, a manera de broma, me gritaban desde la parte baja de los andamios:

—Maestro Oñate, ¿a usted le gusta la filosofía?


* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor. | Foto de portada: Pixabay.






Luis López




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