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Abandonar al padre

Diálogo Estado / Gaudencio Rodríguez Juárez / Top News / 16/06/2016

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©Gaudencio Rodríguez Juárez*

 

Mientras me sirvo un café y preparo una buena silla para leer el periódico, mi esposa, de manera dulce y cándida, me comenta que en las caricaturas de Quino la figura del padre suele aparecer en calidad de flojo, y la manera de representarlo es, precisamente, leyendo el periódico. Algo me quiere decir.

Mi hijo con sus cinco años de edad, lo toma, lo desparpaja, hace carreteras con él, una casita, luego una pelota, y finalmente, se topa con la sección infantil, la observa y encuentra al Hombre Araña. Se acerca, me lo muestra, se va, regresa, me interrumpe, me propone encontrar la salida del laberinto que viene en la misma sección.

Ante tal escenario tengo dos opciones: Una: desesperarme y enojarme porque no me deja disfrutar de la lectura, por considerar que está haciendo un uso inadecuado del periódico y ¡porque me lo está revolviendo y arrugando! Dos: tranquilizarme, observarlo y disfrutar su original forma de acercarse a la lectura.

Opto por la segunda: mientras doy un sorbo al café observo su despliegue de imaginación: figuras en el piso, casitas y puentes de papel; selección de información: su héroe del momento; curiosidad, fascinación y gozo al encontrar la salida del laberinto…

Todo ello me hizo recordar a mi propio padre llegando a casa por la noche con el periódico en la mochila o bajo el brazo, dormido en la cama o en la silla con el diario por un lado, utilizándolo para matar moscas o espantándose los moscos, leyéndolo mientras tomaba un receso en el trabajo o mientras esperaba un cliente. Nunca me dijo por qué y para qué lo leía ni cómo interpretaba lo que leía. Tampoco se lo pregunté; mi hijo sí lo hizo:

  • ¿Para qué lees eso?

— Para estar informado —fue lo que se me ocurrió, su pregunta me tomó, como siempre, desprevenido.

Pasaron los días y seguí pensando en su pregunta. Coincidí con la explicación del filósofo Jaime Barylko: “Leo para pensar; para favorecer la activación de la mente propia, que sola ante la palabra estética y estilizada se ve forzada a meditar, a degustar, a componer dentro de sí los significados que de los significantes se pueden desprender”. Unos días después mi hijo me dijo: “A mí me gusta el periódico porque salen animales y personas”. Qué sencillos y qué sabios son los niños, les gusta todo lo que tenga vida.

La paternidad es el lazo con el futuro a través de los hijos, y con el pasado a través del propio padre. La paternidad es un ir del hijo al padre para volver a uno mismo enriquecido y renovado. El padre nos transmite conocimiento, experiencia, sabiduría. Los hijos nos enseñan y nos recuerdan lo que nuestra época coarta constantemente: sencillez, ternura, espontaneidad, creatividad, imaginación, fantasía, placer por jugar, gusto por la vida y respeto por la naturaleza. El padre nos enseña a vivir la vida, los hijos son la vida.

Tenemos hijos porque anhelamos prevalecer en el tiempo. “Tras mi muerte, seguiré existiendo en mis hijos y quizá también en dos o tres ideas” dice Boris Cirulnyk. Es de humanos querer trascender a través de proyectos o ideas, pero cuando hablamos de trascender a través de los hijos, el reto es lograr separar sus necesidades, deseos, planes, miedos y esperanzas de los propios; tener la sabiduría para no estorbar su crecimiento, sembrar en ellos principios éticos, espíritu de búsqueda, transmitirles mensajes profundos y prestarles fórmulas valiosas acerca de cómo vivir sus vidas para que posteriormente elaboren las suyas.

Se trata de educarlos, de darles las herramientas para que puedan cumplir con el “dejarás a tu padre y a tu madre”. Porque “amar es dejar crecer y los padres que aman aspiran a ser abandonados. Cuando tal abandono de amor se cumple, cuando el hijo cuenta con su vida, sus deseos, sus amores, los padres nos debemos sentir bien y más amados que nunca”, otra vez Barylko.

La paternidad deseada redunda en una experiencia amorosa, divertida y sublime a través de la cual el hombre crece.

Estos renglones son para mi padre que me motivó a leer y para mi hijo que me inspira a escribir. Ambos sin darse cuenta, ambos sin proponérselo.

* Psicólogo / [email protected]






Luis López




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