SOMOSMASS99
©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 7 de febrero de 2019
El hecho de que no se haya iniciado una revuelta social producto del malestar y enojo generado por el desabasto de gasolina provocado por la lucha del Gobierno Federal contra robo de combustible ¿debe ser entendido como manifestación de sometimiento, docilidad, obediencia ciega, adaptación pasiva, o del “aguante” de la sociedad mexicana, tal y como algunos afirman?
En su artículo del pasado 15 de enero (El País), Gabriela Warkentin cita al libro El verbo de las culturas, de Clotaire Rapaille, el cual asegura que el que define a los mexicanos, producto de siglos de abusos institucionales y frustraciones, es: aguantar: “Cuando algo sale mal y te hace la vida difícil y dolorosa, el programa cultural (de los mexicanos) no es cambiarlo, sino aguantarlo. Entre más puedas soportarlo, más orgulloso te sientes”. Bajo esta lógica los mexicanos aguantamos las crisis sólo porque así somos, dóciles aguantadores.
Yo que estuve formado durante horas en las filas y leía las noticias al respecto, me opongo a tales interpretaciones y calificativos. Al igual que Warkentin, no me compro estas explicaciones, porque, tal y como señala la articulista, “si la docilidad de aguantar fuese el dominador común, no seríamos el país que somos”.
Si sometimiento significa aceptar la voluntad de otra persona o autoridad, generalmente sin oponer resistencia, entonces el concepto no aplica, pues lo que yo observé fue una capacidad de adaptación activa a la realidad, en términos del psicoanalista Enrique Pichon-Rivière, el cual la define como la capacidad de enfrentarse al medio (modificarlo y ser modificado) de manera constructiva, de manera de obtener satisfacción recíproca en las relaciones con sus semejantes, de abordar y resolver dialécticamente los conflictos o problemas a medida que se presentan.
En esas filas observé solidaridad y creatividad individual y colectiva para conseguir el combustible, organizar los turnos, hacer más llevadera la espera; exigibilidad, queja y manifestaciones a través de las redes sociales y de los conductos formales; reuniones entre gobernantes, funcionarios, gasolineros y empresarios; editoriales y mesas de análisis (algunas muy ricas, otras francamente pobres o tendenciosas), medios de comunicación ofreciendo información (de diferentes niveles de calidad) sobre la situación, etcétera.
Pichon-Rivière también define la adaptación activa a la realidad como la capacidad de poder asumir nuevos roles, junto al abandono paulatino de los roles anteriores que sean inadecuados para a la situación actual.
Ahí, en las largas filas, estaba la diversidad: el joven empresario, el velador enviado por su patrón a hacer fila con su respectivo garrafón, el dentista acompañado de su esposa para hacer agradable la espera, la abuela junto a la hija y la nieta, el profesor que aún desvelado tendrá que ir al día siguiente a dar clase, el trabajador independiente y la madre soltera que no tienen a quien enviar a formarse en su lugar, el que hace avanzar en la fila a sus dos vehículos (una camioneta del trabajo y un automóvil para la familia), el joven repartidor con su motocicleta…
Todos ellos iguales en su condición de ciudadanos con una misma necesidad, borrando por un momento sus roles sociales, haciendo una tregua a la discriminación, a la injusticia, a la violencia producto de las diferencias de clase, estatus, nivel y otras categorías que estúpidamente aparecen en situaciones ordinarias.
Todos ellos poniendo su creatividad al servicio de una causa común, conscientes de que su rol de empresario, dentista, profesor, repartidor, velador, etcétera, de poco servía en la fila, por lo tanto, cambiándolo y asumiendo el de alguien que buscaba cubrir una necesidad.
Más adaptación activa a la realidad que sometimiento y aguante dócil es lo que percibo hasta ahora. Y es que como menciona Warkentin, “la crisis por el abasto de combustibles, encuentra a un México ávido de acabar con la corrupción, por lo que enmarcar la escasez de gasolina en la lucha frontal contra el multimillonario y obsceno robo de combustible, reviste de un halo casi heroico a la participación social en esta cruzada”.
Deseo que la población mantenga la adaptación activa a la realidad en estos tiempos de cambio, de tal manera que nos volvamos protagonistas del mismo, pues el otro camino, el de la adaptación pasiva a la realidad, ese que conlleva la aceptación y hasta aliento de posturas mesiánicas, es muy peligroso
Son tiempos de cambio que exigen flexibilidad y creatividad. No se puede enfrentar con éxito la nueva realidad con posturas viejas. Proactividad, colectividad, colaboración, solidaridad, coordinación y muchas otras habilidades y actitudes deben emerger con urgencia.
* Psicólogos / [email protected]
Foto de portada: Fayer Wayer.
Comparte en Facebook
Twittéalo








