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Adiós, David Bowie. Gracias también por el cine

Diálogo Estado / Raúl Muñiz Torres / Top News / 13/01/2016

SOMOSMASS99

 

PERSIGUIENDO SOMBRAS

Raúl Muñiz

 

Look up here, I’m in heaven
I’ve got scars that can’t be seen
I’ve got drama, can’t be stolen
Everybody knows me now
(Lazarus, del album Blackstar)

 

La primera vez que vi y escuché a David Bowie fue hace ya 30 años. Fue en el viejo y ahora extinto cine Insurgentes de la ciudad de León en donde en compañía de algunos de mis compañeros de la escuela secundaria, en una tarde de cierto día de la semana, la cartelera ofrecía un par de cintas de las que mis amigos y yo no sabíamos nada, sólo entramos en tropel para matar el tiempo y divertirnos.

Eran esos tiempos, ahora nostálgicos, en donde las salas de cine ofrecían doble función y la permanencia voluntaria era válida por el mismo boleto. Adolescentes, casi niños aún, abordamos las butacas del Insurgentes para ver “Los Muppets asaltan Nueva York” y una extraña película que quizá marcó mi primera fascinación por el cine: “Laberinto”, una cinta de corte infantil y fantasía, dirigida por Jim Henson (creador de Los Muppets) y protagonizada por David Bowie y una entonces muy joven Jennifer Connelly.

La película narra la historia de Sarah, una adolescente que harta de los lloriqueos de su pequeño hermano externa el deseo de que se lo lleven los Goblins. Jareth, el rey de esos duendes (monumental Bowie), sorpresivamente le concede el deseo y le dice a Sarah que para recuperar a su hermano cuenta con 13 horas para recorrer su laberinto, llegar a su castillo y salvar al bebé.

Plagada de un surrealismo absoluto, la película protagonizada por Bowie me hipnotizó. Muchos años después, y más aún hoy que Bowie se ha ido, recuerdo la angustiante retahíla de imágenes y personajes extraños con los que Sarah tenía que lidiar para rescatar a su hermano del Rey Jareth en una maestra interpretación del cantante inglés.

Hoy el mundo extraña y recuerda a David como el genial artista musical que fue: innovador, atrevido, sin miedo a proponer estilos musicales adelantados a cualquier época, a proponer su imagen como una especie de andrógino provocador y expresar en su música y en sus letras, una profunda complejidad narrativa.

Pero creo que yo lo extrañaré más como el actor que fue en una industria que no le hizo la misma justicia que a su música. Con el paso del tiempo me volví un devorador de cine, un apasionado del séptimo arte, un lector de la imagen cinematográfica, condición que le debo en buena medida a mi maestro Christian Jean Pastor.

Y en esa devoción por el arte en imágenes en movimiento, volví a encontrar a David Bowie en otras obras excepcionales como “El hombre que cayó de las estrellas”, “La última tentación de Cristo” o “Basquiat”. En ellas, el artista inglés también hizo honor indiscutible a su fama de camaleón: fue un extraterrestre, fue Poncio Pilatos, fue Andy Warhol.

Bowie apareció en más de 20 películas y cuando alguien en el futuro me pregunte quién era ese extraño músico de finales del siglo XX y principios del XXI, le diré que sí, que fue un artista en toda la extensión de la palabra y lo remitiré sin duda a “Laberinto”, quizá en la vista de esa obra deseará saber más de él, escuchar su música, leer su biografía, disfrutar su cine.

Gracias, David. Gracias, Jareth.

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