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Agua marina, Tierra blanca

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SOMOSMASS99

 

Laura Llerena González

Domingo 26 de julio de 2015

 

Laura Azucena Llerena González nació en la ciudad de México en 1968. Escribe desde 1980, poemas, cuentos breves forman parte ya de una amplia producción. Su sueño literario es escribir una novela, y en ello trabaja.

A su afición por las letras se agrega su gusto por el arte; estudió Diseño Gráfico en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM, ha tomado cursos sobre la pintura de caballete, dibujo y más recientemente grabado en la universidad veracruzana, en Xalapa y en la academia de San Carlos en el D.F.

Completar el perfil de la artista su gusto por la música y el canto; ha participado en el coro del Ayuntamiento de Xalapa en 2005; el coro de la escuela de iniciación musical Juventino Rosas de Xalapa en 2007 y recientemente, el coro de la Facultad de Música de la UNAM, en 2015.

«Aguamarina, Tierrablanca es un poema que escribí en 1990, luego de un breve pero intenso recorrido por el sureste de México, forma parte de una serie de escritos y poemas que hice bajo el efecto del encanto que me provocaron de esos lugares».

 

 

Agua marina, Tierra blanca

 

¿Qué quieres?…

También me da por recordarte.

Si… Tengo tu imagen,
y con ella puedo sentirte un poco más.

 

No te desvaneces.

Tu sangre se ha impregnado en el rojo cálido de un sol candente;

en el cielo azul con fragancias de flores propias de ti.

 

¿Qué hago contigo?…

¿Qué puedo hacer con éste recuerdo en la piel?

¿Dónde pongo estas horas de silencio

y de vacío que tengo en las manos?

 

¿Cómo puedo darte lo que tengo para ti,
si estás tan lejos, si no puedo tocarte?

¿Cómo, si mi cuerpo, mi mente,
mi vida se está partiendo en pedacitos
que se esparcen por toda la tierra?…

 

¡No te vayas de mí!

 

¡No me dejes todavía!

 

Permite primero que brote de mis ojos el manantial de agua tibia,
para que sea también tu paisaje.

 

Tienes el poder de prolongar tu estancia en mi interior.
Sólo deja que beba de tus ríos el dulce que me embriaga,
que no se agota,

que no me calma,
pero que sustituye poco a poco la sangre de mis venas.

 

Déjame tenerte un poco más en la memoria.

Eternamente.

Saborear el sudor que me corre por el cuerpo;

el cansancio de estos pies que anduvieron en tu suelo;
el sueño reposando en brazos
de una laguna clara.

 

No quieras arrancarme de los labios el sabor de tu sal:
Agua marina.

No me quites de los ojos la frescura inmensa de tu selva y tus sonidos:
Tierra blanca.

 

No me arrebates del cuerpo la caricia de tus dedos:
lluvia… viento,
espacio suspendido en un momento,
tan sólo un momento de mi tiempo.

 

Déjame ocultarte en mi mente,
en mis huesos.

 

Que no te vean, que no te escuchen,
que nadie pueda tocarte…

 

Quiero poder mirarme en el espejo y llamarte en secreto,
para verte llegar
por detrás de las montañas,
¡Oh, Kinich-Ahau!,
mirarte subir hasta la superficie real de mi tierra,
y abrazarte otro poco.

 

En ese lugar donde eres parte de todo:
sol y arena,
mar y selva,
tormenta de gotitas diminutas
que crecen y caen como cascadas sobre la piel caliente,
gotas de agua que forman caminos,
los mismos que me llevan hasta ti
y te traen a estos suelos
donde también eres  parte de mi…

 

Y donde puedo ser  tu complemento…

 

 






Luis López




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