SOMOSMASS99
PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz Torres
Hace al menos 10 años, el escritor peruano, Santiago Roncagliolo, escribía sobre un particular juego que solía llevar a cabo con sus amigos y con él aminoraba un poco la tragedia de ver a Latinoamérica hundida en severas crisis de todo tipo.
Por aquellos días, yo escribía sobre esa singular diversión de Roncagliolo y citaba al escritor cuando describe en lo que consiste su lúdico entretenimiento:
“Se trata de una competencia internacional: por turnos, cada latinoamericano va contando los disparates de sus respectivos presidentes, a ver cuál es el más ridículo.
Por lo general, los peruanos tenemos una imagen ganadora: Fujimori bailando tecnocumbia con un intelectual de extrema izquierda y un diplomático ultraconservador, durante la campaña electoral del 2000. Es difícil superar eso, pero la competencia es reñida. Ecuador ha acumulado puntos en la última década, en la que se han sucedido apresuradamente seis presidentes, entre ellos, ejemplares tan apetecibles como Abdalá Bucaram, defenestrado por incapacidad mental”.
Roncagliolo llamó al juego, El baile de los presidentes, hace 10 años Fujimori en Perú y Bucaram en Ecuador, eran los líderes del ranking; en México, Fox los seguía de cerca. Diez años después, podemos decir que el baile sigue, Nicolás Maduro encabeza la lista.
Ignoro si el escritor sudamericano sigue gustando de llevar a cabo tal juego con sus amigos y no sé si hoy siga pareciendo divertido, si la comedia latinoamericana puede seguir robándonos una sonrisa que amortigüe las desventuras de un surrealismo que no encanta y que sí, por el contrario agrede.
Diez años después, tan sólo diez años después, la música que se escucha en México para que sus políticos bailen se parece más a una marcha fúnebre, a unas notas deprimentes que nos arrinconan en un estado de horror y decepción al ver que el futuro no es el mejor al que podemos optar.
La explicación es simple: veamos hacia el futuro inmediato que representa el año 2018, año en que elegiremos un nuevo presidente de la República. No es difícil darse cuenta porque ya lo sabemos, en el horizonte de México no se encuentra ningún José Mujica, ningún Nelson Mandela, no se visualiza la figura de alguien parecido al argentino Raúl Alfonsín, el estadounidense Barack Obama o el español Adolfo Suárez.
Ninguna figura de honestidad, de transparencia, de estadista, de humanista. Ninguna sombra de algún revolucionario guevarista, uno que se le parezca a Camilo Cienfuegos o a Augusto César Sandino.
Nada de eso, encontramos y encontraremos los nombres de siempre y las aspiraciones de siempre para ocupar Los Pinos: Miguel Ángel Osorio Chong, Margarita Zavala, Miguen Ángel Mancera, Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Anaya, Manlio Fabio Beltrones y un largo etcétera que curricularmente y estrictamente hablando, no pasarían un examen de esperanzas y hechos que los traduzca en auténticos líderes.
No se necesitan análisis sesudos y grandes ensayos o reflexiones para descubrir la miseria que se nos prolongará con esos nombres, con esos hombres y mujeres que sólo al escucharlos hablar, descubre uno sus limitaciones y se revelan más bien cutres y vulgares.
El baile de los presidentes continuará varios años, varias décadas más hasta el día que llegue alguien que en su futuro, un pueblo satisfecho lo llene de “vivas” y “vítores” no sólo en vida, también en aquellos momentos en que su existencia termine y una larga fila, kilométrica valla humana, lo despida agradecida por entender dónde exactamente duele la miseria y saber cómo curarla.
Mientras tanto, a bailar con el ridículo.
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