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Alimentos y soberanía

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SOMOSMASS99

 

Alfonso Díaz Rey*

Viernes 7 de octubre de 2022

 

La noticia de que el valor, y en no pocos casos el volumen, de las importaciones de nuestro país en alimentos se incrementan con el paso del tiempo, aunque no es nueva, sí es preocupante, más que por el monto que representan, por la dependencia que se genera en términos de alimentación, para quienes lo habitamos. 

A partir de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, entre México, Estados unidos y Canadá (TLCAN), el 1 de enero de 1994, se aceleró un proceso de desarticulación del tejido social en la población campesina y de migración hacia las zonas urbanas y a Estados Unidos, proceso que debido a la desigualdad económica y social ha estado presente desde mucho tiempo antes en el campo mexicano.

Previo a ese tratado ─actualmente T-MEC─ y en consonancia con los dictados del Consenso de Washington, en 1992 se «reformó» el artículo 27 de la Constitución, que como todas las reformas neoliberales nos la vendieron con la ilusión de la modernización, en este caso del campo mexicano. Se decía que para dar certeza jurídica a la tenencia de la tierra ejidal y comunal, lo que promovería la concurrencia de productores e inversionistas, lo que a su vez se reflejaría en el aumento de la productividad y la producción, y la mejora de las condiciones de vida de los campesinos.

En 2012, un reporte de investigación del Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM informaba: «[…] el 72 por ciento de los productores del campo están en quiebra»; «[…] las comunidades indígenas organizadas bajo la modalidad de tierra colectiva están desmanteladas […]»; «[…] la participación del sector primario en el Producto Interno Bruto (PIB) se redujo […]». Ello se tradujo «[…] en un cambio paulatino de posesión de la tierra, y en un despoblamiento gradual y constante del campo».[1]

En ese mismo reporte se asentaba que «[…] el 29 por ciento del total de tierras ejidales y comunales se encontraba en proceso de cambio de dominio para ser propiedad de empresas transnacionales».

Esas ilusiones se convirtieron en macabras pesadillas para los pobladores del campo mexicano y las condiciones actuales, no obstante se supone que los neoliberales ya no están en el gobierno federal, no son mejores que hace diez años. Y no solamente para quienes pueblan el campo. Con la apertura comercial que significó el TLCAN, y ahora el T-MEC, se incrementó peligrosamente la dependencia del extranjero en el terreno de alimentos, sobre todo de Estados Unidos. Esa política de apertura comercial y financiera afectó seriamente al país no solamente en el terreno económico, ha dejado costosos efectos en aspectos ambientales, políticos y sociales.

Los neoliberales, la oligarquía local y sus amos-aliados extranjeros tenían muy claros sus objetivos, tan claros que, en defensa de sus intereses y privilegios, elaboraron todo un entramado jurídico que dio legalidad a sus acciones depredadoras, muchas de ellas previas al instrumento legal que les dio cobertura.

En la estrategia de dominio del imperialismo actual una de las tácticas para controlar países, despojarlos de sus recursos naturales y explotar su fuerza de trabajo consiste en la creación e imposición de condiciones que los hagan dependientes, en múltiples aspectos, de los centros imperiales. Una de sus expresiones es la dependencia alimentaria.

La dependencia alimentaria se refleja en carencia de independencia económica. «Pensar que un país puede hoy ser soberano sin ser económicamente independiente es conformarse con un precepto formal y no entender que dicha independencia es la condición para el ejercicio real de la soberanía».[2]

Parafraseando a Alonso Aguilar Monteverde: un país incapaz de producir los alimentos básicos que su población requiere no puede ejercer a plenitud su soberanía, ya que estará expuesto a condicionamientos que de uno u otro modo se lo impidan. 

De ahí la importancia de vincular los reclamos y las luchas de nuestro pueblo con el ejercicio de su plena soberanía, que reafirman el derecho a gobernarnos de manera libre e independiente para decidir de esa misma manera nuestro presente y futuro. 

Y si bien es cierto que ningún país es autosuficiente en todo lo que requiere para su subsistencia, también lo es que vivimos en un mundo en el que prevalecen la injusticia, la avaricia, la inequidad y la desigualdad en las relaciones internacionales, lo que es origen de conflictos que pueden derivar en agresiones de todo tipo, guerras incluidas. Si la base de esas relaciones fueran la amistad, la justicia, la solidaridad y la cooperación, existiría a nivel internacional una interdependencia sin menoscabo a la soberanía de ningún país y la paz estaría asegurada, propiciando las condiciones para la construcción de un mundo mejor.


Notas:

[1]. Centro de Análisis multidisciplinario. Reporte de Investigación 94. Resultados de 18 años del TLCAN y 20 años de las modificaciones al Artículo 27 constitucional. UNAM. 2012. [En línea] Consulta: 04-10-2022. Disponible en: https://www.dgcs.unam.mx/boletin/bdboletin/2012_174.html.

[2]. Aguilar Monteverde, Alonso. Defensa de nuestra soberanía nacional y popular. Ed. Nuestro Tiempo. México, 1989, pp. 17-18


* Miembro del Frente Regional Ciudadano en Defensa de la Soberanía, en Salamanca, Guanajuato.

Foto de portada: Raúl González Escobar (@ragonesco) / Unsplash.






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