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NOPALES Y HORTENSIAS
Carla Martínez*
Francia / Viernes 11 de octubre de 2019
El 10 de octubre es el Día Internacional de la Salud Mental. #MásInformaciónMenosEstigma
Ser migrante me ha traído muchísimas satisfacciones y aprendizajes.
Me ha forzado a enfrentar cosas y a crecer. Era eso o pudrirme encerrada en mi casa hablando sólo mi idioma.
He tenido que moverme y hacer cosas que no me imaginaba. Así que estoy bastante orgullosa de mí.
Pero no todo es miel y azuquítar cuando uno se va tan lejos de casa.
Hace tres años, mientras yo estaba acá en mi pueblito bretón, allá en mi pueblo hidalguense falleció mi tía. Una persona muy querida que me apoyó muchísimo siempre que lo necesité. Éramos un equipo de tres, mis dos tías y yo. Cierro mis ojos y estamos sentadas a la sombra de la higuera de la casa, cantando el Cielito lindo, o Cucurrucucú paloma, con mis hijos pequeñitos comiendo galletas y gajos de naranja.
Qué traidora es la memoria que te hace sentir las cosas como si el tiempo no hubiera pasado.
Yo no pude ir a México a despedirme de ella. A repetirle de frente cuánto la quería y lo importante que fue toda su compañía para mí.
Lloré sola frente a un reloj cuando el resto de mi familia estaba en el entierro.
No acompañé a mi hermana en el hospital.
Ni a mi tía, la hermana que quedó casi como su viuda, en el velorio.
No hice nada.
Lloré sola.
Y después de eso, mi salud mental quedó muy fragilizada.
Empecé a padecer ataques de pánico.
Yo ya había pasado por otros problemas de salud mental. Pero esta experiencia en particular me debilitó mucho. Destruyó mis defensas y mis paredes internas quedaron agujeradas y rotas.
Desde entonces, he pasado por situaciones muy duras en que la respiración agitada y el dolor de cabeza, aquí, entre mis dos cejas, me asfixian y las lágrimas salen de mis ojos a toda velocidad. No escucho, no pienso, no siento. El miedo, el pánico, la sensación de que todo explota y se destruye en mi cabeza… las crisis eran violentas y frecuentes. Y cuando no presentaba una crisis, estaba el miedo de que me diera una cuando estaba sola en casa con mi chiquita de dos años.
La ansiedad me acompañaba todo el tiempo y me llevó a lugares muy oscuros dentro de mí misma.
Una amiga muy querida que es psicóloga, me orientó y me ayudó a la distancia.
Fui al médico.
Y conté con un apoyo genial de parte de mi familia (la que está en México y la que está aquí conmigo en Francia).
Pero sobre todo fue la voz tranquilizante de mi hijo (el de en medio) la que me ayudó a encontrar salida.
En medio de las crisis, cuando él estaba cerca, me daba las manos y me hablaba despacio y de forma casi sedante.
“Mamá, eres importante. Mamá, estás aquí. Mamá, todo va a estar bien”.
Y así como a lo largo de mi vida he interiorizado voces que me han dicho cosas horrendas, esta vez me comí la voz de mi hijo y cuando la ansiedad sube de nuevo, y cuando siento que voy a caer presa del ataque, lo escucho.
Le he dado a su voz mi propia defensa de mí misma.
Carla habla en mi cabeza con la voz de mi hijo, tranquilo y sereno.
Y Carla me dice cuánto me quiere y con cuánto amor juntas, la Carla que tiene miedo y la Carla triste y la otra, la que diario se levanta para trabajar y doblar la ropa y cocinar para su familia, todas, juntas, podemos respirar juntas.
Las crisis no se han ido por completo.
Pero se han hecho más raras y menos cotidianas.
La salud mental es algo que se trabaja.
Me ayudó la doctora, me ayudó la psicóloga, me ayudó mi familia.
Pero sobre todo, me ayudé yo.
Y aunque ese sitio oscuro sigue existiendo dentro de mí, lo visito de forma menos frecuente, aunque reconozco que existe y es parte de mí.
Si en algún momento sentimos que necesitamos ayuda, tenemos que pedirla.
Cuidar nuestra salud mental es tan importante como cuidar nuestra salud corporal y física.
No es una vergüenza, no es una pena.
“Vergüenza es robar, volver por un segundo viaje y que te atrapen”, decía mi abuela. No debe dar vergüenza reconocer que nuestra mente está enferma y precisa atención.
Yo hoy vivo con mayor tranquilidad gracias a que reconocí que había un problema.
Y valoro cada día en el que ese pánico que se siente como mortal, no regresa a visitarme.
* Carla Martínez, además de contar historias como migrante internacional desde la Bretaña francesa, ha sido ghost writer durante años, redactora de contenido para una empresa española y ahora trabaja como profesora de idiomas en una universidad privada francesa.
Foto de portada: Eberhard Grossgasteiger (@eberhardgrossgasteiger) / Unsplash.
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