SOMOSMASS99
Moisés Villa*
Antonieta

CAMBIARLE EL PAÑAL se había convertido en algo habitual. Al inicio lloraba mucho cuando se lo ponían pero tras unos breves regaños, dejaba de hacer. Su piel no lograba acostumbrarse al contacto del sintético y le provocaba salpullido. Marta salió del cuarto envolviendo el pañal entre sus manos para ir a tirarlo en el bote de la basura que estaba en el patio, junto a una hilera de macetas con las hojas quemadas por el frío. Mientras caminaba pensó en qué hacer para la comida, en el dolor de sus pies y en que de nueva cuenta tendría otra noche de desvelo entre los llantos y el cambio de pañales. Marta llegó hasta el bote de basura y se detuvo con el pañal entre las manos, como si repentinamente se hubiera percatado de que se perdía en sus propios pensamientos. Lanzó el pañal y lavó sus manos en una tinaja sobre el lavadero y antes de alejarse roció las plantas en una sacudida de sus manos.
—Para que se alegren— les dijo antes de entrar de nuevo a la casa.
Los niños estaban en la escuela y a esa hora en que se transita de la mañana a la tarde la casa quedaba en un silencio que hacía pensar. Eso disgustaba un poco a Marta. Pensaba en demasiadas cosas. Sobre su futura vejez, sobre el porvenir de sus hijos, sobre el constante quejar de Antonieta. Lavar sus manos en la tinaja le trajo el frío al cuerpo, así que regresó al patio para sentarse donde le dieran mejor el calor del sol. Tenía la apariencia, con lo rayos del sol calentando su cara, de que se alejaba a fumar un cigarrillo, de que se alejaba a pensar cosas que dentro de la casa no eran adecuadas. Sin embargo, nunca en su vida había probado un cigarrillo y aun así parecía tener ese porte que sólo el cigarrillo sabe dar.
Marta cerró los ojos un momento. Pensó. Escuchó un quejido que venía de la casa, como el crujir de una tabla vieja. Se removió en la silla y bostezó, su piel comenzaba a resecarse con los rayos del sol. El quejido se repitió un par de veces pero esta vez pudo distinguir algunas palabras, entre ellas su nombre.
Marta, escuchó.
Hacía años que había perdido el disfrutar de los pequeños momentos de soledad de los primeros años de matrimonio. Aun así le gustaba estar sin compañía de vez en cuando, pero sólo lo hacía por costumbre, por no variar nada que pudiera derrumbarla. La comida estaba casi lista cuando escuchó a Mauricio que le decía algo sobre Antonieta.
—Ayúdala tú, ahorita estoy ocupada— respondió Marta picando verdura sobre la tabla.
Con el puro escuchar supo que aquello no pasaría y que tendría que apurarse para cambiar una vez más a Antonieta antes de sentarse a comer. Echó la verdura picada sobre la sopa, lanzó una hoja de laurel, una pizca de sal y removió. Tapó la cacerola. Limpió sus manos con el delantal y se lo quitó para dejarlo sobre el comedor como un cuerpo de tela desgastada.
—Deberías ayudar a tu madre de vez en cuando— dijo Marta a Mauricio mientras entraba al cuarto de Antonieta.
—Sabes muy bien que mi madre no se siente a gusto si yo la cambio— dijo él.
Marta hizo una cara de disgusto y ya en el cuarto lanzó un regaño fingido a Antonieta.
—¿Otra vez Antonieta?— dijo—acabo de lavarte las sábanas para esta semana y ya las has ensuciado todas.
Antonieta recargó la cabeza sobre la almohada como si las palabras de Marta no le dijeran nada.
—Si sólo te orinaste te dejaré el pañal un rato más para que no se acaben tan rápido— le dijo Martha.
—¡Tú también te orinabas en la cama!— contestó Antonieta en un repentino berrinche mirando hacia la pared.
—Pero es distinto— dijo Marta— yo era apenas una niña y tú ya estás grande.
Marta se acercó a Antonieta, levantó el contorno del pañal y notó el enrojecimiento sobre la piel.
—Lo que tú quieres es que yo ya me muera— dijo Antonieta sin dejar de mirar a la pared.
—Otra vez diciendo eso, si alguien te escucha va creer que lo estoy deseando de verdad, así que mejor ya no digas nada— dijo Marta y tomó una toalla de papel para limpiarse las manos— Sólo te orinaste, al rato te cambio.
Por las noches, cuando terminaba de lavar los platos, de guardar las sobras de comida y de dar una ligera barrida al patio, Marta se sentía feliz. De niña le habían enseñado que hay que estar agradecida por todo, inclusive de las mismas desgracias. Le alegraba ver la cocina limpia y sentir el cansancio del día, lista para dormir. Ver que todos sus hijos habían vuelto y que nadie pensaba en partir. Escuchar el sonido del televisor mientras el sueño la iba doblegando. A las pocas horas empezaba su día. Su alarma eran los quejidos constantes que Antonieta empezaba a arrojar entre la oscuridad de su cuarto, a media madrugada.
—Marta, Marta…— escuchó entre el sueño que se le escapaba— Marta, ven a cambiarme, ven a cambiarme que con el orín ya me dio frío.
—Ya voy— dijo Marta desde el otro cuarto entre la ronquedad del adormecimiento.
Marta se giró sobre la cama y susurró algo en el oído de Mauricio. Ella sabía que nunca la escuchaba, por eso le confesaba algo cada madrugada para no quedarse tiesa de tanto arrepentimiento, de tanta culpa por lo que pensaba de su madre Antonieta y por lo que pensaba de él mismo. Se reclinó y se puso las sandalias. Bostezó un par de veces antes de levantarse. Los pies le arrastraban entre la lentitud de sus pasos. Llegó al cuarto de Antonieta y encendió la luz.
—¿Por qué te quistaste el pañal?— preguntó de inmediato al ver aquel acto de la vieja.
—Con el orín me dio frío— repitió Antonieta con la culpa de una niña de cinco años.
Marta recogió el pañal tirado al lado de la cama con un pedazo de papel.
—Deja salgo a tirarlo, ahorita te cambio.
—Tú también te orinabas en la cama− le dijo Antonieta mientras la veía salir del cuarto y entrar a la oscuridad del pasillo.
A los pocos minutos Marta regresó. Se acercó a la cama, tentó las cobijas y las sintió húmedas. Mientras le cambiaba las cobijas y le ponía un pañal nuevo, Marta tuvo tiempo para pensar, de nueva cuenta, en ella en su vejez. Pensó en sus hijos y se preguntó quién de ellos sería el desafortunado de cambiarle el pañal a su propia madre, o sería tan desdichada para que, como ella hacía, se lo cambiara una hija de otra madre.
—Ya duérmete— le dijo Marta con cariño al terminar de cambiarla y cobijarla debidamente— que luego dices que se te aparecen siluetas.
Antonieta sintió pavor de quedar a oscuras otra vez, con el frío, en ese cuarto amplio y vacío. Marta presionó el apagador y cerró la puerta. Regresó a su cuarto y se recostó junto a su esposo. Pensó. Pensó en sus años mozos, en el antojo que la había dado últimamente de comer entre comidas y en qué haría para el desayuno. Cerró los ojos entre esos pensamientos con el deseo de que el sueño la tomara pronto, antes de que Antonieta la volviera a llamar para su siguiente cambio.
* Moisés Villa estudió Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Ha sido becario de investigación en la UDG y en Plural. Escuela de Periodismo. Actualmente participa como difusor de lectura y escritura en el programa +Consultas de la Biblioteca del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades.
Fotos de portada e interiores: Pixabay.
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