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PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz Torres
Miércoles 24 de agosto de 2016
Los vampiros, cuenta la mitología del terror, son inmortales y Béla Lugosi lo es por partida doble: su personaje del conde Drácula en la película dirigida por Tod Browning en 1931, lo perseguiría por el resto de su vida terrenal, tanto que cuando murió, el 16 de agosto de 1959, fue enterrado con su capa de vampiro y la imagen de Béla en su ataúd debió haber sido una fotografía fantástica que definió al personaje y al actor que yacía listo para la inmortalidad.
Béla nació vampiro en el teatro y el cine y eso lo preparó también para la otra característica que lo vuelve eterno, la memoria agradecida de un público adicto al cine y al género que Lugosi interpretó hasta sus últimas consecuencias.
Lugosi encarnó y cultivó el género del terror en el cine no sin una férrea competencia de popularidad que otro clásico le plantó sin tregua: Boris Karloff, con quien se dice, entre otras muchos rumores sobre su relación, tuvo una fuerte enemistad por que Béla consideraba que a Karloff lo asistía mejor la fortuna con papeles más trascendentales en la pantalla grande.
Pero nadie le podrá arrebatar jamás su condición de haber sido el aunténtico vampiro, el mejor interprete del Conde Drácula, la imagen del insepulto más elegante, cruel y misterioso que la cinta de Browning le preparó no sin cierta casualidad del destino porque el personaje originalmente estaba destinado a ser protagonizado por otro de los grandes del género, Lon Chaney Jr. pero Lon murió y el papel no pudo caer en mejor alternativa que la de Béla Lugosi.
Drácula y el terror no dejarían nunca más a Béla Lugosi, su carrera desfiló por diversos papeles que con el paso del tiempo fueron de más a menos y marcarían al actor húngaro sí como un clásico del cine, pero también con forma de tragedia cuando la morfina hizo su aparición en la vida del interprete que viajó hace ya 60 años a su dimensión de inmortal.
Lugosi, así, personifico a Ygor en sendas secuelas de Frankenstein, The son of Frankenstein y Ghost of Frankenstein. Fue también un hechicero en la película dirigida por Victor Halperin, White Zombie; el doctor Vitus Werdegast en la cinta El gato negro basada en el cuento del mismo nombre escrito por Edgar Allan Poe y un innumerable número de personajes y películas que vieron pasar la gloria y caída de un Lugosi cada vez más avejentado por la droga y la falta de oportunidades dignas de su leyenda.
Pero en la vida de alguien como Béla Lugosi no podían faltar personajes igualmente singulares y en la existencia del actor apareció quien es considerado injustamente (porque peores los hay), “el peor director de la historia del cine”: Ed Wood.
Wood -quien merece un texto aparte por su singular tenacidad para filmar- era un admirador de Béla Lugosi y quiso así sacarlo de su ostracismo y su decadencia al invitarlo a ser uno de sus actores estelares en películas de bajo presupuesto, en fracasos totales de taquilla y en blanco de las críticas cinematográficas más feroces de década de los 50´s del siglo pasado y que llevaron a Wood a ser considerado por la historia como una nulidad como director.
Pero al paso de los muchos años y las generaciones, Wood se convirtió en un ícono de las películas de culto, un personaje tan entrañable y conmovedor que el cineasta Tim Burton lo reconoció en una película grandiosa donde le rinde homenaje a Ed y lo reinvindica no como un gran artista, sí como un hombre fiel y consecuente con sus pasiones.
Ese hombre fue pues el que volvió protagonista a Lugosi de curiosidades cinematográficas como La novia del monstruo en donde Béla protagonizó al doctor y científico loco, Eric Vornoff, un demente que realizaba experimentos con humanos para dominar el mundo.
Y la joya de la decadencia de Béla y la terquedad inquebrantable de Wood, es El Plan 9 del espacio exterior, una obra considerada como “la peor película de terror de todos los tiempos”, una cinta que todo cinéfilo tiene que ver para apreciar todos aquellos errores de producción cinematográfica, dirección y guión que un cineasta es capaz de llevar a la pantalla, pero también, ver la tenacidad de un cineasta (Wood) por ser fiel a sí mismo y a un actor (Lugosi), resistente al retiro y a poner serenidad a una carrera que ya no le hacía justicia.
Béla aceptó el proyecto de Ed, pero las finanzas de Wood eran precarias para financiar su película. En la espera, Lugosi murió, pero eso no fue impedimento para que el director resucitara a sus admirado actor: con metraje de otras cintas de Béla, Ed contrató a un doble que en nada se asemejaba físicamente a Lugosi y así intercaló dichas escenas de otras cintas con la presencia del doble en la pantalla.
El remedio fue peor que la enfermedad: cuando el personaje de Béla tenía que salir a cuadro, el doble se cubría el rostro con una capa para que el público no se diera cuenta de la suplantación (auque obviamente, todo mundo sabía que Lugosi había muerto antes de poder filmar nada más). Surrealista, de risa loca, pero tal pintura no podía salir de nadie más que de Wood y Lugosi para así acrecentar la leyenda de ambos.
Béla Lugosi murió a los 73 años en Los Ángeles un 16 de agosto de 1959 de un ataque al corazón. Morirse fue una mera formalidad de la costumbre humana porque en realidad, Béla ya era inmortal, se despidió personificando a su alter ego más emblemático, aquel Conde Drácula que nadie más podrá igualar hasta el fin de los tiempos.
Gracias, Béla; gracias, Conde Drácula.
NOTA: Persiguiendo Sombras hace una breve pausa en su misión. Nos encontraremos aquí el próximo 14 de septiembre.
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