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Georgina Rodríguez*
Miércoles 6 de julio de 2022
La vida fue considerada por los griegos como una virtud; para la cultura védica, la vida era un ciclo constante que se inicia en el cosmos; para las culturas mesoamericanas, la vida es movimiento en el tiempo, digna de veneración.
En la actual cultura del consumo, la vida es objeto de intercambio comercial, algo que se arranca, se dilapida y se consume.
Disciplinas como la bioética realizan la tarea titánica de reflexionar sobre la necesidad de crear puentes que logren integrar los caleidoscópicos y complejos escenarios a los que se enfrenta la humanidad en esta época, en la que la vida se banaliza y corporativiza.
La bioética surge con pensadores como Fritz Jahr y Van Rensselaer Potter, quienes reflexionaron sobre el inminente entendimiento del quehacer humano en el mundo, un quehacer que implica necesariamente actos de responsabilidad.
Jahr, desde 1927, propuso hablar de un “imperativo bioético” que protegiera la vida en todas sus formas; a su vez, Potter en los años 70, desde su ejercicio como médico oncólogo, encontró inspiración en los planteamientos elaborados por su apreciado maestro y amigo Aldo Leopold, de quien retomó ideas e inquietudes respecto a las continuas transformaciones del entorno ambiental y social que surgían como resultado de la efervescencia de actividades industriales, tecnológicas, biomédicas y biotecnológicas, entre otras; las cuales, han contribuido drásticamente a la transformación de las condiciones de vida de todas las especies vivas sobre la tierra, incluyendo al “Homo sapiens”.
Potter consideró primordial que existiera una correlación entre el conocimiento de los hechos y el ámbito de los valores o también llamados principios éticos, buscando en la bioética un sitio propicio de inspiración para el florecimiento de diálogos y opiniones convergentes, que favorecieran la manifestación de una visión más integral sobre los graves desafíos a los que ineludiblemente se enfrenta la sociedad contemporánea, tales desafíos, son parte de la paradoja en la que se debate el poder de las acciones humanas y sus alcances insospechados.
Aún a sabiendas de que el hombre contemporáneo tiene el potencial material para crear realidades nuevas, “tal vez más afables”, parece no ser capaz de proporcionar las condiciones mínimas para fomentar una vida digna en todos sus individuos y así garantizar la supervivencia de la vida en el planeta Tierra.
Desde la visión de Jahr y Potter, la bioética podría establecer un puente que posibilite la manifestación del desarrollo en el pensamiento humano, capaz de desplegar elementos que colaboren al entendimiento sobre la importancia de realizar reflexiones y actos éticos que puedan de forma consensada analizar si la praxis del hombre moderno y sus “desarrollos tecnológicos” son propicios para el bien común y el entorno.
En México la bioética se practica en el ámbito médico. Sin embargo, el sentido original de la bioética, como se ha explicado, no sólo tiene que ver con aspectos médicos o biomédicos, pues se involucra también con la vida, y ¡no tan solo con la vida humana!, pues la finalidad para la que fue creada se relaciona con la vida en su contexto más amplio. La bioética se manifiesta en la forma en la que los miembros de la especie humana se relacionan; con la diversidad del entorno, y con la búsqueda de diferentes formas de adaptación a los nuevos escenarios urbanos y tecnológicos.
La bioética pretende ser un Arca de Noé, que busca conservar la esencia de lo que humaniza al hombre, y aunque es sabido que en la actualidad hay una innegable diferencia respecto al desarrollo material y humano entre las naciones, es innegable que todas existen bajo un mismo cielo y que, a pesar de sus profundas diferencias, confluyen en temas de importancia universal, como son: los derechos humanos, la conservación de la biodiversidad, el desarrollo sustentable, la seguridad alimentaria, entre otros. La bioética medioambiental es una herramienta que puede ayudar en el análisis y la reflexión de temas de interés internacional, en los que se han realizado esfuerzos conjuntos para promover, ejecutar y respetar los principios y las normas establecidas en los protocolos internacionales como: Protocolo de Kioto, Protocolo de Cartagena, Protocolo de Nagoya, entre otros, a través de los cuales se pretende que las naciones apliquen pertinentemente las innovaciones de la biotecnología moderna.
El conocimiento, divulgación y participación sobre el tema de bioética es deseable, ya que facilita una relación más armónica e integral entre los saberes científicos y sociales, que pueden dar luz a la toma de decisiones acertadas que dirijan un correcto uso y aplicación de las “invenciones novedosas”, con lo que se favorecería a que se moderaran los efectos desmesurados de su uso y aplicación.
La bioética requiere ser dialógica, con capacidad de empatizar y entender al otro-otros, con sus diferencias ético-culturales, y vislumbrar los posibles escenarios derivados de la transformación social y las nuevas prácticas tecno-científicas, las cuales requieren ser abordadas desde un enfoque integral, multidisciplinario y plural, que profundice sobre los dilemas, controversias y conflictos bioéticos que se presentan con el uso y aplicación de las innovaciones tecno-científicas. Además de lo anterior, la reflexión bioética necesita del entendimiento sobre la diversidad de los grupos de intereses; los cuales tienen intereses propios, que son usualmente transversales con respecto a sus diferencias políticas, ideológicas o económicas entre otras, por lo que considerar a los derechos humanos como una directriz es prioritario, pues resulta indispensable el reconocimiento de los derechos de las personas y de las comunidades, sólo con ello se logra aplicar un conjunto de valores éticos y normas mínimas universales, que faciliten la generación de líneas de pensamiento y argumentos que ayuden a la comprensión de los discursos y las acciones que se realizan en un territorio determinado.
Será un gran reto para el hombre moderno superar el pensamiento reduccionista de la vida, y reconocer que su especie es un eslabón más en la gran cadena de la existencia, de eso que llamamos ¡VIDA!
* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece la autora.
Foto de portada: Ali Kazal (@lureofadventure) / Unsplash.
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