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Buenos recuerdos de la cartonería; nefasto presente

Diálogo País / Para Ver, Oír y Comer / Top News / 28/11/2018

SOMOSMASS99

 

José Antonio Bueno Saucillo*

Miércoles 28 de noviembre de 2018

 

Todo comenzaba de repente, en una mañana, pero casi cada año se repetía; comenzaba a oler el engrudo preparado por su abuela, también olía a pegadura hervida, ésa que lo mandaban a comprar a La Sirena para preparar los colores; a veces sueña de ese tiempo porque fue de lo mejor que ha vivido; y rememora conscientemente como se ocupaba toda su familia en esas tareas temporales porque escaseaba el trabajo “formal”.

Todo el ajetreo familiar comenzaba cuando aparecían las primeras lluvias, y a sus tíos se les dificultaba encontrar trabajo; eran pintores de brocha gorda, también hacían rótulos para la compañía cigarrera La Moderna en las fachadas de las tiendas de abarrotes.

Esa buena mañana le ordenaban sacar los moldes de barro, cemento y yeso que durante el año vigilaban a la familia desde un rincón, todos cubiertos de polvo y embarrados de sebo de tripas; pues eso facilitaba quitarles el casco después, cuando ya habían secado bajo el rayo del sol.

Para entonces, ya los demás habían bajado de un tapanco los montones de bolsas de cemento vacías amarrados con alambre recocido que se habían conseguido en las obras de construcción a precios módicos durante los meses anteriores.

En una tina grande de lámina ponía agua y ahí se sumergían las hojas de papel café y se les dejaba un rato grande a remojar; cuando se le sacaba, se escurrían y se comenzaban a machacar hechas bola y a estrujar y estrujar, al último se juntaban las bolas y se cobijaban para que no “agarraran aire” y se les pegara mejor el engrudo.

Ese era el comienzo del largo proceso que se tenía que seguir para que al final se pudieran entregar varias gruesas (doce docenas) de hermosas máscaras de cartón con diferentes identidades, desde reyes hasta calaveras, diablos, soles, bebés, cotorros, perros, lobos, leones, payasos, cortesanos, pájaros de grandes picos, arlequines, y, desde luego, unos esqueletitos articulados con hilos y unos charritos valentones y sombrerudos llamados mamertos.

Su abuela le decía que ellos tenían los moldes más bonitos de Celaya, incluso mejores que los de Tierrasnegras, que era el barrio donde había muchos buenos moneros, verdaderos maestros que ya en ese entonces eran tradición en Celaya, junto con los cueteros y restauradores de Santos de bulto.

Esa temporada le gustaba mucho, aunque era en la que lo ponían a trabajar más, terminaba molido del cansancio. La hechura de aquellos juguetes le satisfacía, se sentía como más a gusto y pronto comenzó a hacer sus monos propios, pues le dejaban como reto la hechura, de todo a todo, de tres docenas, y tenía que dejarlas listas para entregar al mayorista acaparador que vivía en la calle de Francisco I. Madero, que según recuerda se apellidaba Chico, todos los moneros le vendían a él.

En la casa había tres cajones bajitos de madera, que se turnaban a ratos, cuando les ganaba el cansancio; se sentaban en el piso, como Buda; sobre esos cajones con la boca hacia abajo, elaboraban lo principal, el casco, es decir la máscara, o el mono de cartón café.

Una vez machacado el papel húmedo, se embarraba por los dos lados y se unía a otra cara igual, de modo que era una capa doble de papel usando atole de harina como adherente. Primero se hacían las tiras de cinco centímetros de ancho aproximadamente y se les doblaba un lado a lo largo, como de un centímetro, lo que sería la orilla, donde termina la máscara.

Seguía el forrado: se procedía a cubrir el molde con ese cartón húmedo de engrudo, que previamente se había recubierto de una nueva capa de sebo tibio para que a la hora de retirar el cartón seco del molde, resultará más fácil; y se sacaba al sol a secar.

Ya cuando secaban, se retiraba el casco del molde, metiendo una lezna entre el papel y el molde alrededor de toda la orilla de la máscara. En el caso de los monos de bulto, se seccionaban las partes de cada una de las extremidades, guiándose por unas líneas en bajorrelieve que tenían los moldes.

Seguía el entresacado que consistía en sacar los ojos de las máscaras con una cuchilla filosísima hecha de pedazos de segueta de acero, de ésas que usaban los herreros; se las regalaban en los talleres. Ese entresacado no lo dejaban hacerlo a él, previniendo que no se cortara. Y luego venía una de las partes más emocionantes para él, pintar.

Primero era el blanqueado con blanco de España y pegadura, que se hacía con unas brochas de lechuguilla después de hervir los dos ingredientes. Y al sol otra vez.

Luego los colores en los diferentes fondos como carne, gorros etc., es decir superficies grandes del casco y variaba la aplicación de los colores dependiendo del tamaño de la superficie que tocara pintar.

Al final algo de lo más difícil: el rayado, que se hacía con pinceles de cola de ardilla que fabricaban sus tíos, consistía en rayar las orillas de los párpados, las cejas, los dientes si la figura los mostraba, las orejas, y los adornos de los tocados y coronas de color oro; es decir, el detallado final. Y al mero último, tenían que barnizar todo, con barniz transparente del usado por los carpinteros, diluido con gasolina. El resultado era maravilloso, tener en las manos algo tan bonito y que tú hiciste (dice) te hacía sentir ¡tan completo!, era como contemplar ramos de flores de muchos colores brillando ante tus ojos, oliendo al cartón, al atole, a la pegadura, a los colores.

Después a  empacar con sus iguales, y acomodar por gruesas en cajas grandotas.

Llevarlas a entregar al Sr. Chico y, bien cansados, recibir un pago que nunca era suficiente para subsistir.

Evoca esos tiempos principalmente cuando hay vendimias en el centro de la ciudad de algo semejante a lo que ellos hacían. Desgraciadamente, las vendimias de ahora ya no expenden los productos hechos por manos de artesanos de esta tierra, como ya no hay quien les compre han ido desapareciendo, y los poquísimos que quedan han sido convertidos en muestras patéticas de como se ha ido esfumando la cultura popular en aras del llamado neoliberalismo,  la indiferencia y miopía de las autoridades que ahora sólo les importa conservarlos como piezas raras, como las momias.

Él comenta que ahora todo es chino, de plástico, y que el cerebro de los gobernantes  repele la cultura como si lo tuvieran cubierto de teflón o alguna otra sustancia repelente. No les importa quien venda, ni lo que venda, ni a como lo venda; eso es lo de menos, lo que realmente les importa es que hayan pagado el permiso para venderlo, aunque no aporten nada a la memoria cultural del país.

Antes: calaveras, esqueletos, flores de zempoalxochitl.

Ahora: calabazas, monstruos, zombis y brujas.

Se pregunta con tristeza, ¿qué pretendemos cuando no oponemos resistencia a las invasiones culturales, prefiriendo lo ajeno por encima de lo nuestro?

Luego entonces, ¿cómo no evocar aquellos años donde todo lo elaboraban los artesanos moneros con sus propias manos, con gusto, y lo vendían por casi nada, pero lo seguían haciendo, hasta que los malos gobiernos y el sistema económico consumista los ha ido devorando?


* Esta es una colaboración del Colectivo Miguel Hidalgo de Celaya, Guanajuato, al que pertenece el autor.

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




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