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Buscarte hasta el final

Diálogo País / Top News / 11/01/2018

SOMOSMASS99

 

LA COLUMNA ROTA

Frida Guerrera*

Jueves 11 de enero de 2018

 

Por algo llegaste a mi vida… Fuiste un regalo que el destino puso en mi camino. Llegaste con hambre, con frío. Llegaste careciendo amor, cariño, cosas que a tus cuatro añitos no conocías.  

llegaste así, de repente, una tarde. Sin tocar la puerta entraste a la casa y te metiste en mi corazón para quedarte siempre.

Fuiste y serás una hija para mí. Siempre seré tu papito, ese que tal vez no tuvo la dicha de verte nacer y verte crecer, pero corrí con la dicha de que me llamaras papá y de quererte.

Perdóname porque no te pude defender cuando más necesitaste de mí. En ese momento hubiera dado todo por tomarte de  mi mano y nunca soltarte, menos permitir que sufrieras y mucho menos en  la manera que te me fuiste, mi niña. Pero así como un día llegaste y me pediste un taco, me pediste que te diera ropita porque tenías frío; así como llegaste a mi vida y sólo bastó verte a los ojos y ver el sufrimiento, la ternura, la nobleza que llevabas sin que nadie te lo pidiera, me llamaste papá. Ahora lucharé hasta el final y que se haga justicia y nadie vuelva a sufrir lo que tú sufriste, mi niña, mi Lupita. Siempre, por siempre, seré tu papito donde quiera que estés, mi niña.

MI NIÑA LUPITA

– Alberto

 

Calcetitas rojas. Así le pusimos, era lo único que le dejaron puesto junto con su sudadera color verde agua, unas botas negras arrojadas despectivamente junto a su cuerpo y una cobijita de ositos en su cabeza. Fue dejada ahí, en un terreno donde ahora a casi diez meses fue ocupado por montones de tierra como pretendiendo sepultar el terrible crimen de a quien cariñosamente llamé mi niña, aquel 18 de marzo de 2017. Documentando como a diario, encontré esa imagen que desgarró mi ser como madre y persona. Quienes han seguido desde aquel 26 de abril de 2017 mis transmisiones diarias de #FeminicidioEmergenciaNacional, donde solicitaba, ante la falta de un rostro, datos que me llevaran a encontrar quién era esta pequeña, día tras día, requiriendo el apoyo de algunos miles de personas que nos han visto durante ocho meses, en octubre 27 logramos sacar ese primer rostro. Después de una ardua tarea, alguien se unió a la petición y llegó primero una imagen dolorosa que mostraba el rostro severamente lastimado de mi niña.

Muchos me hacían saber que era imposible, que no iba a encontrar ni a su familia, su identidad y mucho menos a quienes se habían atrevido a asesinarla, violarla, morderla y dejarla ahí tirada como basura. El 01 de noviembre, luego de dar a conocer la primera columna y el rostro de la niña Calcetitas rojas, un feminicidio donde el dolor no cede, supe que había sido “sepultada por la Fiscalía en un panteón privado. Qué bien, pero nuevamente oculta, invisible, como si no hubiera existido, así como legalmente nunca constó.

La artista forense Rosa Alejandra Arce se unió a esta necesidad de darle rostro e identidad a la niña. Fue así que el 15 de noviembre de 2017 dimos a conocer la segunda imagen. Después todo fue como una ola: me llegaban decenas de mensajes diciéndome que tal vez era una niña vista en tal lugar; otros, de una chica que vio el cadáver de la pequeña en el Servicio Médico Forense (SEMEFO) en Nezahualcóyotl cuando buscaba a su sobrina. Afortunadamente para ella no era la niña, pero estaba segura de que era mi niña. Después alguien más que me decía que era muy parecida a su sobrina. Adonde me llamaban acudía en esta necesidad por conocerla. El 25 de noviembre de 2017 recibo un mensaje vía Facebook. Alguien solicitaba hablar conmigo respecto a la niña, le pedí un número telefónico y llamé. Fue el 27 de noviembre de 2017 que me comuniqué, era su tía Marina.

Todo ha pasado rápidamente desde entonces. Ir a verlas, platicar con las dos tías que sospechaban que podría tratarse de la niña y finalmente estaban más que convencidas de que era la niña. El 14 de diciembre de 2017 recibo nuevamente un mensaje vía Facebook, en esta ocasión de un joven, Alberto (por seguridad le cambiamos el nombre), quién me pedía nuevamente me comunicara, que quería hablarme de la niña. Acudí a verlo el 15 de diciembre. Una foto y un video de la niña en vida me convencieron. Era ella en esa fotografía, tenía puestas las botitas que fueron dejadas cerca de su lastimado cuerpecito. Para el 18 de diciembre todo se concretó. No tiene caso decirles que toda la investigación se la entregué a la Fiscalía del Estado de México.

Lo que parecía imposible

Lupita nació el 16 de enero de 2013 en Nezahualcóyotl, Estado de México. Era la cuarta hija de Monse. La historia de la pequeña es como la de muchas de nuestras niñas en este país, proveniente de una madre con problemas de drogadicción en un mundo donde la pobreza y la dejadez institucional se palpan a diario, sin buscar realmente la manera de atender tan grave problema. Jeremy Guadalupe, como la conocían personas cercanas a ella, no fue registrada cuando nació. Fue con una partera, aquellas que socorren a miles de mujeres que no cuentan con un servicio de salud.

Lupita nació bajo una protección no otorgada. Mucha gente intentó hacerse cargo de ella, pero por alguna razón nadie lo pudo concretar. Lupita, como el resto de los hijos de Monse, estaba en un lugar, después en otro, quienes intentaban ayudar eran rechazados por la madre de la niña. Sin buscar justificar a Monse, la madre de Lupita, nada se podía esperar de ella. Fue educada de la misma manera por una madre que sólo buscaba su satisfacción personal, sin pensar que los hijos no son animales o que se crían solos.

El 2 de diciembre de 2013 Monse fue recluida en el reclusorio por robo. Lupita fue dejada en la casa de “alguien”, de donde más tarde fue rescatada por la familia materna. Estaba llena de piojos, sufrió de pediculosis, durante dos años la pequeña estaba entre la casa de su abuela y “personas que la cuidaban”. Sin embargo, en esos tiempos sus tías Marina y Luz, su abuela materna y personas que la conocían intentaban rescatar a la niña. La inocente fue entregada a su madre el 2 de abril de 2016 cuando salió del penal.

Nuevamente Lupita deambulaba en la calle y entre basureros a lado de su mamá en diciembre de 2016 llegó a casa de doña Rufina (nombre ficticio para proteger su identidad) en Lago Cuitzeo, muy cerca de la vecindad donde vivía con Karla, quien, referido por la niña, la quemaba con cigarrillos.

“Abuelita tengo hambre”, expresó Lupita al abrazar las piernas de doña Rufina, que se encontraba parada en el lavadero como acostumbra. Una mujer igual de humilde que ella, pero con un corazón gigante. Alberto la vio y escuchó. Doña Rufina es abuela del joven, la niña vestía un pantalón azul verdoso lleno de hoyos, una playera rosa y zapatos negros. Eran aproximadamente las cinco de la tarde de ese 20 de diciembre de 2016. Alberto le dio una moneda para que comprara sus papas y su “coca”. Lupita regresó a la casa de doña Rufina y desde entonces ya no quiso irse. Durante 15 días nadie fue a buscar  a la pequeña. Rufina, Alondra y Alberto, quienes se convirtieron en su abuela, mamá y papá, dicho por ella, trataron de educarla. Lupita buscaba en los botes de basura comida para degustarla. Con lágrimas en los ojos, doña Rufina me hace saber que escondía los botes de basura para que la niña no hurgará la mugre. Trataron de establecer horarios de comida. Era imposible, la pequeña todo el tiempo quería comer. Cuando menos lo imaginaba, Rufina era sorprendida de pronto porque la niña ya estaba comiendo con algunas de sus “tías o tíos y su papá”. “Sólo es un taco, abuelita. ¿Quieres taco?”, expresaba la pequeña.

Mi niña, tu niña, nuestra niña, fue arrebatada de la familia de doña Rufina y Alberto a mediados de febrero de 2017 por Monse, su mamá y Pablo, su padrastro. Fueron por ella y sólo le hicieron saber a Rufina que se la llevarían.

“Yo qué podía hacer, ella era su mamá”, me hace saber Rufina. Desde entonces nadie la volvió a ver. Sólo la madre de Pablo, el 17 de marzo, acudió al DIF en Neza para hacer saber que la niña había sido severamente golpeada por Pablo y su mamá. El 18 de marzo su cuerpo fue encontrado muy temprano por la mañana. Fue reportada. Ahí estaba Lupita Yolloxochitzin, nuestra niña, violada salvajemente, asesinada y dejada como un pedazo de nada, de nadie, que permaneció en el anonimato casi nueve meses.

Las autoridades poco hicieron por encontrarla o buscar quién era. Sólo, orgullosamente dicho por la fiscal Irma Millán, sí, aquella que no me contestó mi intento de colaborar con ellos el 26 de abril de 2017 para ayudar a buscarla, que expresó: “Yo la sepulté, le hice su misa y no hice un video para que se supiera”.

Ni Irma Millán ni Alejandro Gómez, fiscal de feminicidios y fiscal General del Estado, respectivamente, ni más nadie hizo algo por saber quién era esta pequeña. Cuando Marina y Luz María fueron aquel 27 de noviembre a preguntar a la Fiscalía de Nezahualcóyotl, les hicieron saber, primeramente, que la niña había sido reclamada por sus abuelos y que ya era un caso cerrado. “Hasta me mostraron fotos de los abuelos”, detalla Marina. De inmediato, cuando ya iban de salida, las increparon, cuestionándoles por qué no habían ido antes a reclamar, por qué antes no la buscaron. La respuesta: “No habíamos visto nada, ni nadie nos buscó hasta que lo vimos con Frida”.

Abrazar a Lupita

El diario vivir con la familia de la niña me ha dado la oportunidad de conocer el contexto en que creció, conocer a sus dos hermanitos que afortunadamente están con una familia que los ama y los protege; a su hermana mayor que está con su tía, que hace todo y mucho para vencer cientos de problemas que se le han juntado después de hacer la denuncia.

El seis de enero de 2018 conocí a su hermanita, una nena que sólo le llevaba un año a mi niña. Cuando la tuve frente a mí, me desarmé. Era ella, su misma cara, su misma voz. Salió en su patín del diablo, ahí en Neza. Tenía puesta un pijama rayada, rosa con azul y blanco, su carita era la misma. Salió y cuando me vio sonrió. No pude más que arrodillarme ante ella, abrí mis brazos, para recibirla gritando un ¡hola hermosa! Ella me abrazó, solté un par de lágrimas, no podía soltarme a llorar frente a ella. Con su vocecita me dijo: “Monse mató a Lupita, yo no quiero sentir feo aquí dentro (tocándose el corazón), sólo quiero que Lupita perdone a Monse. Ella ahora está en el cielo, pero le he pedido a los reyes su muñeco Casimerito”, el cual llegó a casa de su hermana.

La sensación aún permanece en mis brazos, en mi cabeza. Sus brazos rodeándome el cuello, recostada en mi hombro. No quería soltarla, era como abrazar a Lupita, a Yolloxochitzin, a mi niña que por meses busqué. A una niña que está muerta, que no conocí viva pero que la convicción personal me llevó a encontrar, buscarle, así como a una aguja en un pajar.

Cuando detuvieron a Monse y Pablo no puede más que ver el rostro que por meses busqué. Ya lo tenía con lágrimas en los ojos, viéndola viva, inocente, expresé en mi mente mirando su foto.

Te dije mi niña, no podían sólo dejarte ahí y no pagar por tanto dolor.

Enero 2018.

 


* Comunicadora libre, bloguera mexicana.

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@FridaGuerrera

[email protected]

Fotograma de portada: Youtube.






Luis López




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