SOMOSMASS99
Jatzibe Castro*
Miércoles 5 de febrero de 2020
Se casarían el 26 de octubre. Finalmente sucedería aquello que Rebeca tanto había deseado. No obstante, las dudas venían a su pensamiento a partir de señales que Rodrigo le mandaba, como aquel día en que, como parte de una conversación cotidiana, le dijo: cuando nos casemos las visitas a tus hermanas serán contadas, no me gusta que pases tanto tiempo con ellas. “Clic”, un destello de luz hacía que desde su interior su inteligencia intuitiva le preguntara: ¿qué estás haciendo? ¿Realmente quieres casarte con este tipo que muchas veces parece loco? Frente a esto, las ganas de casarse hacían que “olvidara” los detalles desagradables e imaginara una vida feliz, en la que creía podían cambiar las cosas. Rebeca había deseado la vida en pareja desde muy niña, la ilusionaba tener una casa y un compañero con quien habitarla y convertirla en hogar.
Con sus ahorros, Rebeca había dado el enganche del que sería su primer hogar, lo que no significaba que estuviera lo feliz que supondría al dar el paso. Su idea de futuro pasaba de
la ilusión de la vida en pareja al temor de vivir con Rodrigo, quien era un tipo flemático. Podía ser cautivador, como cuando empezó a enamorarla, o podría ser sorprendentemente maligno, como cuando pisaba el acelerador del automóvil cuando una persona mayor iba cruzando la calle frente a ellos, al grado de asustarla, o cuando respondía altanero y soberbio ante la gente que los rodeaba. Esas cosas disgustaban mucho a Rebeca y daban pie a discusiones fuertes en las que ella salía perdiendo porque, por lo regular, él tenía el control de la situación y lo usaba para angustiarla aún más. Como cuando, también en el auto, aceleraba o enfrenaba intempestivamente o cuando gritaba ofensivamente a los automovilistas que se cruzaban por su camino sin que éstos pudieran oírlo como Rebeca, que se sentía tremendamente agredida aun cuando los vituperios aparentemente no eran para ella.
A principios de abril, Rebeca recibió una llamada de un amigo ofreciéndole una beca para ir a un congreso en Alcalá de Henares. Ante la renuencia de Rebeca por no contar con los recursos necesarios, su amigo le ofreció también hospedaje en un piso y le aseguró que los gastos serían mínimos, ya que, como ella sabía, los españoles eran espléndidos anfitriones. ¡Qué oferta aquella! Sólo de imaginarse nuevamente en su querida España, Rebeca empezó a pensar en la posibilidad de hacer ese viaje. Allá estaba Thelma, una de sus mejores amigas, a la que algunos meses antes había apoyado para que hiciera un curso en la Antigua Universidad. Pensaba que tendría el pasaje prácticamente gratis, el hospedaje sin costo, y varias comidas y cenas incluidas como parte del congreso. Realmente el dinero que necesitaría era solamente para gastos extra, ella sabía viajar con mínimos consumos.
Le contó a su mamá a quien no sólo le gustó la idea, sino que vio en aquel viaje la posibilidad de una reflexión profunda de su hija. Secretamente ella no estaba convencida de que aquella pareja la hiciera feliz, observaba en su relación detalles que le hacían daño, observaba que aquel muchacho no era un hombre cabal, que su actitud ante la vida dejaba ver un futuro para su hija lleno de momentos difíciles. Le ofreció un préstamo que resolvería las inconveniencias económicas para el viaje y le pidió que no le dijera a Rodrigo que se iría hasta que el viaje fuera un hecho indiscutible. Conociendo a su novio, Rebeca siguió el consejo de su mamá y cuando todo estuvo listo le dijo que se iría unos días, ante lo cual no se hizo esperar la respuesta virulenta de Rodrigo, sin embargo, fue ignorada y no tuvo efecto sobre la decisión.
Unos días después de que Rodrigo se enteró y viendo que no tenía algo que hacer al respecto, le propinó una nueva señal para recapacitar. Le extendió un cheque por 200 dólares y le dijo: este dinero es solo en caso de algún imprevisto, no se te vaya a ocurrir comprarles regalos a tus hermanas. ¡Qué tipo! ¿Con él pensaba casarse?
Antes de irse Rebeca habló con Thelma, quien le comentó que días antes del congreso tenía planeado un viaje a Portugal con unos compañeros. Rebeca le pidió que la esperara para unirse al grupo y Thelma accedió. Conocer otro país sería el complemento ideal de aquella aventura. Las dos amigas acordaron irse juntas de Madrid a Lisboa y reunirse allí con los amigos de Thelma, lo que sucedió de acuerdo a lo planeado. El viaje a Lisboa desde Atocha, aunque fue largo y algo cansado, estuvo lleno de risas y plática sobre sus aventuras en el tiempo que no se habían visto. Las amigas habían compartido muchas veces largos y profundos diálogos sobre sus vidas, pero nunca habían viajado juntas.
Desde el momento en que se encontraron con los amigos de Thelma en Lisboa, Rebeca no se sintió bien recibida, por lo que el recorrido sucedió con poca interacción con los demás, quienes apenas cruzaban palabra con ella y Thelma desaparecía de su vista en numerosas ocasiones. Todo ello no impidió que disfrutara cada momento de aquel viaje, en el que conocieron además de Lisboa, Sintra, Estoril, Cascais, Nazaret, Óbidos entre otros lugares. Rebeca estaba acostumbrada a viajar sola, le gustaba observar y descubrir, sentirse en cada lugar siendo parte de lo que a su alrededor sucedía sin ser protagonista más que consigo misma. Aquellas circunstancias del viaje y del grupo no afectaron su relación con aquel país que la recibió gustoso y en el que se sintió acogida al grado de desear volver en el futuro.
Recuerda gratamente cómo la sorprendió la campiña portuguesa, que en aquel mayo lucía un colorido espectacular, con mil tonos de verdes, cafés, ocres, rojos y amarillos. Aquella playa de Nazaré en la que, ahora sabe, se alzan grandes e impresionantes olas donde surfean los mejores del mundo. Para ella en aquel entonces representó paz, tranquilidad y unos momentos de relax durante los cuales sentada en la escalera de una construcción a la orilla de la playa observó el mar entre neblina, pensando por un lado en lo que sucedía en aquel grupo de amigos que no la acababan de acoger, en el que intuía secretos, recelo, desconfianza, emociones que le expresaban sin que ella pudiera entender los porqué. Por otro lado, pensaba en su vida y en el paso que daría al realizar esa boda tan ansiada en su existencia y tan incierta por el sujeto.
Sus pensamientos volaban, el contexto no sólo lo permitía, sino que les ayudaba a tomar altura y profundidad. Era un ir y venir de sentires en presente y de proyecciones en el tiempo. La distancia que la separaba de su cotidiano la hacía percibirse como realmente era y lo que le gustaba, a diferencia de como se sentía en compañía de Rodrigo. Así continuó con el disfrute retraído e introspectivo de aquel viaje; y así vivió un trayecto que fue encantadoramente misterioso, que sintió largo y lleno de sorpresas rumbo al Palacio Nacional du la Pena, un castillo seductor, con la vista del cual se reviven, entre pensamientos, sueños despiertos y la realidad que tienes enfrente, los cuentos de la infancia y las historias que en la adolescencia te cuentas a ti misma sobre el príncipe azul y la princesa que te crees.
El camino hacia el palacio, desde la ciudad de Sintra, es una calle de doble sentido en la que apenas caben dos autos, delimitada a ambos lados por un muro de piedra en tramos más alto y en otros más bajo, más cuidado o en ruinas, que contribuye a que el pasaje te envuelva en un mundo tenebroso que más que miedo genera curiosidad por ver lo que hay delante, y conforme llega, invita a avanzar más y más, hasta encontrar que el bosque que rodea se cierra de tal forma que hace sentir que a la curva siguiente se cerrará el paso y te devorarán las ramas de los árboles. Y nada, que lo que aparece es una barda más alta que protege una construcción misteriosa, con herrería que se pierde entre la espesura del enramado y luce protectora.
De pronto se abre un espacio en las alturas y penetra la luz del día que se había olvidado y hace voltear. A lo lejos entre las altas ramas de los pinos y algunos otros árboles aparece imponente el castillo, que más que de la pena parece de la alegría por su elegante colorido. Es como si se apareciera un regalo que no imaginas que sea tuyo, pero ahí está, es todo tuyo porque lo ves y no puedes más que admirarte y tomarlo. Mas tal como aparece, a medida que avanzas, se esfuma entre la espesura del bosque que ha vuelto. Entonces ya no puedes más que rebuscar en las alturas tu regalo, querer que de nuevo penetre un poco de luz y deje pasar su imagen. Así el camino avanza, los viajeros se sienten encantados y Rebeca aislada de sus compañeros de aventura, sumergida en su mundo, disfruta cada metro del trayecto. La carretera que permite avanzar, el espacio que ocupan las piedras de las bardas, las hojas de los árboles y los arbustos, las construcciones que de vez en vez aparecen, y sobre todo la luz que de pronto deslumbra y entre los árboles deja ver el obsequio que te brinda la vida.

Palacio da Pena en Portugal.
Así como el camino encantador fue envolviendo a Rebeca en una íntima experiencia de traslado, que construyó junto con el ambiente que se creó en la mente a partir del espacio en el que penetró y que no olvidará mientras viva, fue intensa la desilusión de no poder entrar al castillo, que se quedó así, flotando en las alturas del monte y de su imaginación. Cuando llegaron acababan de cerrar las puertas del palacio detrás de los últimos visitantes que llegaron a tiempo.
Aquellos cuatro días del viaje a Portugal, a Rebeca le parecieron miles. Se adentró en un mundo de ensueño que le permitió fugarse de la realidad que tenía en lo más próximo y en lo más lejano. Los compañeros de viaje inmunes a su presencia y la imaginación que a ella la llevó a evadir su presencia. El futuro marido que durante esos días poco vino a su mente, más bien sus pensamientos, la llevaron a ver lo que podría ser si se casaba con aquel tipo que podía darle todo, menos paz, tranquilidad y confianza en sí misma. Y entonces, ¿qué era todo? ¿Era la sola idea de lograr su objetivo, aquel que ya una vez se había esfumado?
* Jatzibe Castro es pintora y escritora.
Imágenes de portada e interiores proporcionadas por Jatzibe Castro.
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