Breaking

Casas de material

Diálogo País / Sociedad País / Top News / 22/10/2018

SOMOSMASS99

 

Víctor Corona*

Barcelona, España. / Lunes 22 de octubre de 2018

 

Por las tardes intento leer cinco minutos con mi niña.

Ella tiene 6 años y anda en esas curas.

Le cuesta a la morra.

Le gusta, pero le cuesta.

Su maestra el otro día me dijo que no la presionara pero que leyéramos con ella cinco minutos al día.

Si podía ser, a la misma hora.

El otro día ella me preguntó, papá: ¿Tú cómo aprendiste a leer?

 

Y es entonces cuando la memoria funciona como una cámara analógica de colores opacos.

Me acuerdo de mi padre conduciendo un Ford Pinto del 68.

Color verde.

Verde jodido.

Mi mamá sentada delante.

Mi hermana en una ventana.

Yo en otra.

Mi carnalito, en medio.

Me acuerdo leyendo absolutamente todos los anuncios que veía desde la ventana.

 

Carretera a Maneadero

Carretera a Ensenada

Supermercado Blanco

Lavamática cinco estrellas

Elektra

Centro Comercial Limón

Avenida Reforma

Calle Ámbar

Segunda El Farías

Tacos El Chicho

 

Yo leyendo en voz alta y mi papá diciéndome:

– ¡Aaah cómo shingas!

 

Y entonces yo me callaba. Al menos por un rato.

 

Por esas épocas yo debía tener unos cinco años. Vivíamos muy cerca del mar. Vivíamos en la colonia militar El Ciprés. Mi papa era militar.

 

Yo recuerdo que mis carnales y yo adorábamos vivir allí. Teníamos de todo. Teníamos el océano. Teníamos bosques llenos de altos eucaliptos. Árboles de duraznos y manzanos.

 

Era un México diferente.

 

Digo, el riesgo de la muerte absurda siempre estaba pero no eran los tiempos de ahora.  O al menos nosotros no éramos ni conscientes.

 

Bueno, el caso es que aunque nosotros éramos felices allí no sabíamos las dificultades de nuestros padres.

Tampoco sabíamos que todo era temporal y que eso que creíamos tener en realidad no lo teníamos.

Mis papás creyeron que debíamos tener algo propio y compraron un terreno.

A partir de entonces ese terreno pasó a ser “el terreno”.

 

Todo nuestro patrimonio.

 

México siempre ha sido bravo, supongo.

 

Mi papá me cuenta que por esos años mucha gente le cayó a Ensenada e invadió terrenos desocupados. Muchas de estas personas pertenecían a movimientos sociales que defendían a los más pobres. Así nacieron colonias enteras a la periferia de la ciudad, como la Márquez de León, la colonia Invasión o Popular 89.

 

Eran lugares bien lejanos a todo lo que yo había conocido.

Para empezar, en invierno, en tiempo de lluvia, era prácticamente imposible acceder.

Los caminos que llevaban de la ciudad hasta los cerros pelones donde se comenzaban a levantar las viviendas quedaban desdibujadas por el barro.

Había humedad.

Muchos niños y niñas.

No sé por qué me acuerdo siempre de niños sin calzones con el pito al aire.

Ríos de aguas negras y muchos perros y gatos.

 

Esa vez que iba leyéndolo todo íbamos a ver el dichoso terreno.

La neta, yo compartía el optimismo de mi papá.

Me llenaba de dicha verlo contento dibujando la casa que construiríamos.

Me acuerdo de él. De su cabello cortito y su bigote delineado.

Su aliento olor a Coca Cola con Bacardí.

Me acuerdo de la mirada desconfiada de mi madre que refunfuñaba.

Mi jefe compró el terreno (en abonos evidentemente). Creo que costó 700 dólares o quizá eran 7000 pesos.

No recuerdo.

Sólo me acuerdo que pasó un rato para que pudiéramos ir porque necesitábamos un carro para llegar.

Mi tío Paco le vendió a mi jefe el Pinto y nos lanzamos un día.

Llegamos y fue como llegar a un cráter en la luna.

Nos tomamos una foto en el camino. En la presa.

Mi hermano recuerda que llevamos nuestra ropa de lujo. La de los domingos.

La foto está muy cura porque ninguno de nosotros ve a la cámara.

Nomás mi jefe.

Como siempre. Con coraje. Con desafío.

Bueno, también mi mamá mira la cámara como de reojo. Se ve guapa. Hasta contenta.

Mi hermana me mira a mi, que me giro completamente.

Nunca me han gustado las fotos.

Siempre me he sentido no sé…

Como muy zarra.

Y mi hermano da totalmente la espalda. El Tata, el esposo de mi abuela, lo lleva en brazos.

Al fondo sale un micro de los rojo y blanco.

Los mismos microbuses que siguen llevando y trayendo raza por aquellos rumbos.

 

Durante muchos años “el terreno” fue todo para nosotros.

El terreno estaba en una loma. Para poder empezar a construir, mi papá tuvo que reunir dinero y tiempo para limpiar y emparejarlo.

Los fines de semana mi padre se iba a jalar allá y mi mamá nos mandaba a mi carnal y a mí.

No fuera anduviera de cabrón.

Me decía:

– Que no tome mucho tu papá.

 

Yo intentaba hacer mi labor pero el soborno de una sangría y de unas Sabritas todo lo hacía más fácil.

Está cura ahora que me acuerdo porque los vecinos nos íbamos conociendo. Son más o menos los que siguen viviendo allí.

Los que no se han muerto.

Doña Eva

La Misma

El Conejo

El Villa

El Rosauro

El Chino

Doña Emignia

Don Raúl

El Bombero

Y otros…

 

La gente iba construyendo las casas como podía.

Nosotros, en realidad, éramos unos privilegiados.

Para mi papá el terreno siempre fue un proyecto a futuro.

Para la mayoría de los vecinos no. No tenían otro sitio donde estar.

Con el terreno el gobierno te daba algo de material de construcción para empezar los cimientos.

La gente en su mayoría lo vendía para comer algo.

Sus casas las construían con pedazos de madera, cartón y lonas de plástico.

Mi jefe no.

Cavó zanjas muy profundas.

Hizo un muro de piedra que seria el pilar de nuestra casa.

Me decía.

No será pronto.

Pasarán años pero tendremos una casa de verdad.

Una casa fuerte.

 

El Chino era amigo de mi papá.

Era comerciante.

Vendía paletas de manzana caramelizada.

También le gustaba el pisto.

A todos los vatos de mi barrio les gusta el pisto.

A todos.

Un día vino a vernos y mi papá andaba bien ocupado.

Estábamos echando el concreto a los cimientos.

El rodapie le decían.

 

El Chino vio a mi papá y exclamó una admiración hacia mi jefe:

– Mira al Manuel, está construyendo una casa de material.

Yo no sabía a que se refería exactamente entonces, pero sentí orgullo.

Entendí que nuestra casa sería de algo más que de desesperación y anhelos.


* Víctor Corona estudió Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato, México, y el doctorado en la Universitat Autònoma de Barcelona, España. Actualmente es investigador en la Universitat de Lleida.

Foto de portada: Pixabay.






Luis López




Entrada Anterior

Risas de Papel, una obra sobre la importancia de habitar este mundo

Siguiente Entrada

Senado antiinmigrante





7 Comentarios

el 22/10/2018

Bonitos recuerdos.

el 22/10/2018

También de material están hechos tus recuerdos, querido Víctor. Son de verdad y para siempre. En tu terreno de vida.

el 22/10/2018

Con ese material sigues construyendo tu vida. Un abrazo.

el 23/10/2018

El baúl de los recuerdos , donde busco Pa sentirme y encontrarme to’ esas veces que me pierdo … te quiero carnal

Rx

el 23/10/2018

Qué hermosa foto

el 23/10/2018

¡Y con un colado de verdad!
Recuerdos…

el 24/10/2018

Una casa de material… Qué fuerte!



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Más Historia

Risas de Papel, una obra sobre la importancia de habitar este mundo

SOMOSMASS99   Redacción / SomosMass99 Ciudad de México / Domingo 21 de octubre de 2018   Obra...

22/10/2018