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©Gaudencio Rodríguez Juárez*
Jueves 22 de febrero de 2018
En los celos hay más amor propio que amor.
Los seres humanos poseemos una amplia gama de sentimientos. Todos ellos tienen una función: dar cause a las emociones que resuenan en el cuerpo. También nos sirven para detectar algo importante. Por ejemplo, la envidia nos anuncia un deseo, el miedo advierte un peligro, la tristeza dimensiona una pérdida… Por lo tanto, no son buenos ni malos; en todo caso, lo que está bien o mal es lo que hacemos con ellos.
Hablemos de los celos. “El amor en que intervienen tres —dice Benedetti— es un problema y el humo que se eleva de esa hoguera se llama celos. Si es con cuatro personas es dos veces celos o sea recelo”.
Los celos son una sensación de malestar que invade todo el cuerpo ante la certeza, sospecha o temor de que la persona amada traslade su cariño a otra persona. En principio no son signo de enfermedad, tampoco de inmadurez. El problema está en función de intensidad y su manejo.
Las personas con suficiente inteligencia emocional los reconocen y aceptan, se responsabilizan de ellos y los utilizan de manera constructiva. Por ejemplo, en lugar de pretender controlar a su pareja, revisan qué pasa con la propia seguridad y confianza y se esmeran en nutrir la relación. Mientras que los analfabetos emocionales al no saber qué hacer con ellos, generalmente los rechazan, por pena o por temor al ridículo. O utilizan la negación a manera de dique que contiene el torrente emocional, pero que cuando es desbordado termina por destruir lo que hay a su paso.
Cada ser humano los vive con mayor o menor intensidad de acuerdo a las características de personalidad y en función de las circunstancias del momento. En todos los casos la inseguridad en uno mismo, la dependencia emocional, la desconfianza en los demás, la baja autoestima, el miedo a la soledad y la falta de habilidades sociales, son su combustible.
En términos generales, los hombres celan por el deseo de posesión y las mujeres por temor a la pérdida del vínculo.
La manifestación también es diferente. Ellas suelen entristecerse, culparse o autorreprocharse ante la sospecha de infidelidad: “¿Qué habré hecho?” “Si tan sólo fuera más guapa y simpática que sus amigas”; lo cual, en grado extremo, puede conducir a más de alguna a la depresión. Ellos tienden a reaccionar con enojo que en ocasiones es antesala de la violencia.
A los rasgos y características de personalidad que detonan los celos se le suman infinidad de creencias que contribuyen a su promoción, justificación y aceptación. Son creencias que los disfrazan de amor.
Hay que decirlo claro: los celos no son sinónimo de amor. El amor tiene que ver con la consideración y respeto a la libertad del otro. Implica la aceptación de su individualidad, el reconocimiento y bienvenida a las diferencias. Los celos, en cambio, tienen como base, la posesión, la exclusividad. El primero es germen de vida, los segundos nos separan de ella, y cuando son intensos, nos impiden vivirla.
Los celos se vuelven patológicos cuando se salen de control y destruyen, evitarlos se hace imposible, se convierten en pensamientos recurrentes y aparecen comportamientos dirigidos a comprobar la veracidad de los pensamientos: espiar, revisar las ropas, el celular, las redes sociales, etcétera. También cuando se está seguro de la infidelidad de la pareja a pesar de que no existan pruebas al respecto y la vida cotidiana se ve afectada por el malestar experimentado.
Ante este escenario, lo mejor que puede hacer la persona celada es marcar sus límites. De lo contrario, la escalada de desconfianza puede llegar a extremos lamentables. Por su parte, la persona celosa debería buscar ayuda profesional. De no hacerlo se quedará sola o terminará incurriendo en comportamientos terribles. Porque los celos patológicos empiezan por aniquilar el alma, y si no se pone freno, terminan aniquilándolo todo.
* Psicoterapeuta / [email protected]
Foto de portada: Guía Saludable.
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