SOMOSMASS99
Jatzibe Castro*
Miércoles 15 de mayo de 2024
Coexistimos
Estaba ahí… en el centro de la plaza de San Jacinto, rodeada de edificios históricos, y en un instante, ya no estaba. Aunque solo se había movido unos metros, a los ojos de los demás parecían kilómetros. Estando en el sitio anterior repetía locuras tales como: ¡me van a matar, aquí están los nazis! En el siguiente sitio gritaba desquiciadamente: ¡el fango me hunde, no sobreviviré a esta ennegrecida tarde, llena de lluvia torrencial y tierra que se moja y convierte en lodo que me cubre poco a poco! Después de algunos minutos, a unos metros, también a grito abierto decía: ¡vivimos todos juntos, casa pegada a casa, aunque cada cual en su lugar, y cuando nos vemos, pareciera que nos separan miles de kilómetros y millones de emociones que dejamos de compartir!
Los transeúntes reaccionaban de diferentes maneras: se asustaban, huían de su presencia, escuchaban sus delirantes expresiones y se reían de ella, esperando la siguiente chifladura para seguir disfrutando la burla inhumana, sin un ápice de compasión.
Entre la gente estaba un escribano que trabajaba entre los arcos de la plaza, y que al no tener ocupación en ratos, la escuchaba, seguía sus trastornados relatos y se atrevía, con respetuoso silencio, a narrar en secreto las historias de aquella mujer que desvariaba en multicolores y escupía a borbotones lo que el subconsciente le dictaba, con la inocente y velada ilusión de que al externar el caos de su ser, tal vez algún día, pudiera recuperar la cordura.
Así eran algunas tardes cuando, después de una mañana de limpieza de su departamento antiguo y abandonado, ordenaba sus recuerdos con la poca sensatez que a veces la visitaba. A partir de las imágenes que le hablaban desde las fotografías, intentaba conversar consigo misma y averiguar qué le decía su memoria. Traía a su mente las historias con sus padres y hermanos, con sus amores vividos y desbalagados, con los amigos que antaño habían llenado sus etapas de vida.
En voz alta transmitía sus deliberaciones mentales y no se daba cuenta de que el sonido traspasaba los muros que eran contiguos al departamento del escribano, quien se maravillaba con la riqueza reflexiva y trastornada de su vecina y continuaba el relato del que extraje lo siguiente: ¿Cuántas veces tendré que pensar, repensar y revisar lo que pienso, para descifrar la duda que me carcome el alma una y mil veces, y por fin encontrar la respuesta? ¿Por cuántas vidas debo pasearme desde la que ahora tengo, con esta capacidad que poco entiendo, que hace que me aborden las remembranzas desde otras dimensiones, sin proponérmelo y en los momentos menos esperados?
¡Váyanse de aquí!, gritaba enfurecida, cuando los demonios merodeaban en su cabeza y se proyectaban a su realidad encerrada, que liberaba instantáneamente cuando le contaba al mundo, sin importar la nula escucha ni la burla incomprensiva de su trastorno. Repentinamente llegaba la calma del convento en el que se encontraba hincada y rezando, implorando a los cielos por los abandonados, los desaparecidos y las víctimas inocentes de las conflagraciones sin sentido. Y al escuchar un trueno, señal de próxima tormenta, ella se proyectaba a la pista de baile, en donde se explayaba alegre al son de los relámpagos y las gotas deslumbrantes.
El escribano se embelesaba con las multivariantes expresiones de su vecina, ya fuera tras el muro que separaba sus moradas o en su deambular por la plaza, alrededor de la fuente, entre los portales o sobre el disparejo adoquín.
Él, que seguía concentrado en los delirios de aquella mujer que lo intrigaba, sin percatarse se sintió flechado, al grado de acompañarla con su mirada protectora y de encontrarse presto en caso de que ella lo necesitara, aun sin saberlo.
El amor del escribano se convirtió en espejismo e imperceptiblemente en locura, al encontrarse de pronto transformado en personajes que asumían, desde diferentes versiones de sí mismo, los roles que acompañaban cada una de las historias que de ella escuchaba.
Se avinieron así, ella perdida en los delirios que se sobreponían en su cotidiano. Él, envuelto en las historias que ella expiraba, perdiendo poco a poco lo propio de su vida y su cordura. Dos vidas rodando en paralelo, unidas en un plano etéreo que ella desconocía hasta el día en que, en un momento de lucidez, se percató de su mirada y así de su existencia. Lo interrogó y al saberse protagonista de sus ficciones creadas a partir de su atribulada vida, supo que no estaba sola.
Coexistimos -le dijo-. Tú, perdida en los ensueños sobrepuestos, cual mil hojas que al secarse, arrasadas por el viento, atraviesan el aire y se vuelven a reunir intercaladas en la tierra y, yo, envuelto de contrabando en el vaivén de aquellas hojas, creo consciencia de mi propia soledad, y valoro la cuantía de tu cercano, aun cuando lo sé quimera.
Coexistimos -le dijo-. Tu desde la ausencia que ahora está presente, y yo sin darme cuenta. Tú, como todos los tus que hicieron falta, ahora neblinoso apareciste, como sol que aunque borrado da sentido a la rutina que por eso resplandece. Yo, entre reflejos que se asoman con colores de desatino, capricho y fantasía, aun siendo locura. Y en esa dispersión de mi desvío y tu neblina, valoro la cuantía de tu compañía, aun cuando la sé quimera.
* Jatzibe Castro es pintora y escritora.
Twitter: JatzibeCM
Instagram: Jatzibe_Castro
Foto de portada: Roman Solar / Pixabay.

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