SOMOSMASS99
Patricia Simón / ANRed
Colombia / Lunes 24 de octubre de 2022
Hay toda una genealogía de movimientos de mujeres que construyen paz cada día, desde hace décadas, en Colombia. De hecho, la lucha de las mujeres de Colombia es también la de un enjambre de organizaciones especializadas que cooperan entre sí.
— Hace dos días se llevaron a una niña de diez años— dice, nada más llegar a la reunión, Marbel Luz Palmera.
— Sí, lo controlan todo de nuevo. Los muchachos no pueden salir a la calle porque otra vez los paramilitares están reclutando sin parar— responde Ruth Marina Mejía.

La unión de las mujeres está construyendo una nueva voz en Colombia, en la busqueda continua de reparación, justicia y restitución del conflicto armado.
Las cuatro mujeres que hablan de sus temores alrededor de una mesa ya saben lo que es perder hijos, esposos, compañeras o amigas: todos han resultado muertos o desaparecidos por su lucha en los últimos 20 años contra el Estado colombiano. Apenas comienza la conversación, una de ellas vomita que fue violada por un guerrillero del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en el mismo terreno del que fueron desplazadas, pocos años después, en 1996, por los paramilitares. Sus compañeras de lucha, que la arropan asintiendo y apretándole la mano, hace años que —como ella— decidieron que no iban a cejar en la batalla judicial que mantienen por su derecho al retorno. Por los muertos que han dejado por el camino, por los vivos que sobreviven en la cuerda floja: “No queremos que nuestros nietos hereden nuestra pobreza”, sentencia una de ellas. Desde la huida viven repartidas en la ciudad de Ciénaga y sus alrededores, en el departamento colombiano de Magdalena, a orillas del Caribe.
Colombia está atravesada por uno de los conflictos más largos y complejos del mundo. También es el país donde las víctimas han conformado una de las sociedades civiles más combativas —integrada mayoritariamente por mujeres— pese a que, según Amnistía Internacional, es también el lugar donde más personas son asesinadas por defender los derechos humanos, más de una cada dos días según un informe del organismo publicado a principio de año.
Una muestra de esta capacidad organizativa a pesar de los peligros es la Asociación de Mujeres Productoras del Campo (ASOMUPROCA), creada en 1996 por casi un centenar de familias para exigir al Estado que les garantizara el retorno a la finca de la que habían tenido que salir huyendo por las amenazas de los paramilitares. Comenzó entonces el vía crucis al que la burocracia colombiana somete a las víctimas: un laberinto de organismos en los que han de volver a contar una y otra vez las amenazas, los asesinatos de compañeras de lucha, los robos de documentación en sus casas…
Hay toda una genealogía de movimientos de mujeres que construyen paz cada día, desde hace décadas, en Colombia. De hecho, la lucha de las mujeres de Colombia es también la de un enjambre de organizaciones especializadas que cooperan entre sí: el nombre de ASOMUPROCA está ligado al de COLEMAD, el Colectivo de Mujeres al Derecho, junto a las que han conseguido que el Tribunal Superior de Cartagena les reconozca su derecho y el de sus familias a que les restituyan un terreno similar al que les arrebataron. Con su trabajo en red, las mujeres del país han creado toda una metodología de resistencia frente a la maquinaria institucional del despojo que empuja y engrasa la guerra.
En esa cartografía de la dignidad, destaca el trabajo de memoria de las mujeres de El Salado, también en el norte del país. Esta localidad, que en el año 2000 contaba con unos 7.000 habitantes, sufrió una de las matanzas más atroces cometidas por los paramilitares con la colaboración de miembros de la Infantería de Marina. Durante cuatro días, medio millar de hombres quemaron las casas, mutilaron con motosierras, torturaron con destornilladores, empalaron con maderos, desventraron a mujeres embarazadas, violaron ante las parejas e hijos, obligaron a los supervivientes a cargar con los cadáveres de sus seres queridos. Más de cien personas fueron asesinadas.
Trece años después entrevisté a una de sus supervivientes, Yoladis Zúñiga. Paramilitares la violaron delante de su marido antes de matarle. El abandono estatal de las víctimas fue tan absoluto que ella tuvo que prostituirse para poder conseguir algo con lo que mantener a sus hijos. Ahora es una lideresa social que recuerda al país que la guerra se ceba con los cuerpos de las mujeres, pero que la violencia sexual no ha de ser una lápida para sus víctimas. “Sí, sufrí violencia sexual. Pero no me vencieron. El dolor no se va, pero te acostumbras a vivir con él. Tuve tres intentos de suicidio, pero ya no me quiero quitar la vida. Ayudar a otras personas te da ganas de seguir adelante”.
Por primera vez en la historia de Colombia, todas estas experiencias, discursos y propuestas de paz forman parte de su Gobierno. Por primera vez, las ramas de la genealogía de las mujeres que construyen paz alcanzan las más altas instituciones gubernamentales, incluida la vicepresidencia, con la defensora feminista Francia Márquez. Nunca como hoy ha habido tanta esperanza de que, por fin, en Colombia haya paz para las mujeres.

La población del El Salado tenía 7.000 habitantes antes de las dos masacres y el desplazamiento. Después del año 2000 quedó como un pueblo fantasma. Poco a poco este pueblo marcado por la historia va recobrando su vida anterior, ya son algunas familias que han retornado después del suceso.

La plaza de la iglesia de El Salado, se convirtió en el símbolo de una matanza. Alla fueron masacrados gran parte de los más de 60 vecinos que fueron asesinados.

Cementerio de El Salado, donde reposan la mayor parte de cuerpos asesinados durante la masacre del 2000.

Ely Esther Cabrera, de 67 años, maestra del Salado., vivió la masacre del 97 y la del 2000, en donde tuvo que huir durante tres días ante la inminente entrada de los paramilitares. Su prima María Cabrera fue una de las mujeres asesinadas en aquellas matanzas, de ella dice lo aprendió todo en la vida.

Daglys Fernández lideresa de la asociación de mujeres campesinas, recuerda las perdidas en el camino de la espera de poder volver a sus tierras. Su nuera Vicky Castro Rodríguez es una de las tantas compañeras que han muerto son poder haber regresado a sus tierras.

Entrelazadas con un cordón rojo y con velas en señal de duelo por las compañeras perdidas en los 30 más de 30 años de espera de la restitución de sus tierras, las mujeres del salado simbolizan su lucha.

Mazbelú Palmera fue desplazada de la vereda del Colorado, antes de poder huir fue violada por grupos armados. Su compañero José Miguel Muñoz Medina, lleva desaparecido desde días después de ese desplazamiento. Mazbelú solo pide encontrar sus restos para poder realizar su duelo y darle sepultura.

En El Salado actualmente hay presencia militar, muchos de los habitantes no se sientes cómodos con la presencia de militares armados en sus calles. Durante los días de las entrevistas a sus moradores, el grupo de ingeniería militar adecentaba las calles y pintaba las fachadas ante la llegada del por entonces, todavía presidente Iván Duque. Toda una parafernalia para «demostrar» que el gobierno dio reparación después 20 años de la masacre.

Mujeres de la asociación ASOMUPROCA, se entierran en la arena como símbolo de su sentirse enterradas en vida, sin poder recuperar sus tierras.

Edilma Ramírez, huyó de sus tierras ante la incursión de grupos armados en sus tierras y protegiendo a sus hijos. Una vez desplazados a La Ciénaga, su hijo José Domingo Espaejo, que daba sustento a la familia vendiendo hierba, fue asesinado en el barrio de las Margaritas después de que saliera a vender la poca hierba recogida ese día.

Una militar excava con una pala la tierra de una calle de El Salado, en los trabajos de acondicionamiento de la población antes de la visita del entonces presidente Iván Duque.

Mujeres de la asociación ASOMUPROCA deciden simbolizar su destierro y su espera de más de 30 años de restitución de tierras, enterrándose bajo la tierra. Ellas dicen sentirse enterradas en vida.
Imagen de portada: Los actos simbólicos de reparación emocional por parte de las mujeres de la Ciénaga, formaron parte de un trabajo fotográfico en el que ellas simbolizan su dolor y sanación.
Fotos de portada e interiores: Edu León / ANRed.
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