SOMOSMASS99
Frank García Hernández / Pressenza
La Habana, Cuba. / Martes 28 de noviembre
Una tarde regresaba a mi oficina en el Instituto Juan Marinello. Había acabado de llover. En las esquinas nacían unos charcos de agua sucia con basura venida de algún lugar. Sobre las hojas podridas de los framboyanes flotaba una lata de Coca-Cola, vacía, magullada.
Doblé izquierda en el charco siguiente y me acordé del amigo que, cuando nadie había salido de viaje al extranjero, él ya visitaba Santo Domingo. Aquello es Cuba con Coca-Cola, me decía. Y en una lata de refresco cabía toda la semiótica del capital.
Por un tiempo la Coca-Cola se relegó a los hoteles exclusivos, las tiendas de los diplomáticos y a ciertas compras que hacían las tías de la comunidad. Esas viejas cubanas que -se fueron de la isla en los años sesenta y volvían más de veinte años después- tomaban aquello como agua.
El Che decía que el refresco nuestro que sustituyó al de los gringos sabía a cucarachas. Cambios mediante, terminó siendo el refresquito prieto que se repartía a partes iguales con el masarreal de las meriendas mañaneras en la escuela primaria. Existe incluso un dibujo animado de la historieta Matojo donde su creador Manuel Lamar –Lillo- se detiene en aquellas botellas de cristal que después dieron paso, en el mismo envase, a los sábado corto. Más tarde nos inventamos la Tropicola, y después el TuKola con toda la campaña mediática de una marca registrada.
Durante el Mundial de Fútbol de Estados Unidos en 1994, la Coca-Cola emitió una serie con las banderas de los equipos. La chiquillada se dedicó a coleccionarla y como no teníamos dinero para eso, merodeábamos -con una timidez digna- los flamantes Rápidos recién estrenados, donde unas trabajadoras con saya corta y patines llevaban a la mesa el pedido.
Recogíamos las latas como si encontrarlas en el piso fuese una casualidad, porque a ninguno de nosotros se nos hubiera ocurrido revisar en el basurero o pedirle a alguien que nos regalara el envase vacío. La ética nos aplastaba y la mendicidad era cosa del pasado. Aunque ese fue el año del Maleconazo, en el Período Especial más crudo no había tantos mendigos como ahora. Quizá nos querían más.
Ahora, abundan esas latas rojiblancas en las esquinas, como algo natural. Sin traumas aparentes. Yo no sé a quién ni cómo el sector privado compra esos refrescos, pero sí sé que la Coca-Cola ya aparece hasta en las cafeterías perdidas en medio de la autopista de alguna provincia.
Primero fue el empuje del turismo y después el creciente consumo del novorriquismo que quiere vivir en Cuba como si fuera Miami, pero con las gratuidades socialistas. Hasta que, o el sistema les moleste para aumentar sus riquezas, o el sistema se adapte a sus necesidades. O suceda la mejor y más linda de las variables: hasta que nos demos cuenta que el socialismo de mercado no es el socialismo que conduce a la sociedad comunista. Que esa versión a ellos no les debe gustar.
Foto de portada: McZerril / Pressenza.
Comparte en Facebook
Twittéalo








