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PERSIGUIENDO SOMBRAS
Raúl Muñiz Torres
David Foster Wallace se suicidó el 12 de septiembre de 2008 en el garaje de su casa en California. Apenas a los 46 años, Foster Wallace había dejado una obra literaria, ensayística y periodística que lo definió como uno de los escritores más emblemáticos de finales del siglo XX y principios del actual.
Crítico de la sociedad de consumo en los Estados Unidos y por añadidura en el mundo occidental, Foster era definido como un escritor posmoderno pero quien ha estudiado a grandes rasgos y a detalle su obra, sabe que al joven escritor, no le cabían las etiquetas comunes que suelen disfrazar a ciertos autores a los que es difícil encasillarlos en un estereotipo.
Sin embargo, en lo personal me resulta difícil no visualizarlo con una característica especial y cuando pienso en David Foster Wallace, lo pienso sobre todo como un humanista. Como un hombre que, en su suicidio, representó una paradoja extraña, una contrapuesta a la forma y fondo de la lucidez de su pensamiento.
Cuando han pasado ya siete años de su adiós, quiero recordarlo no por su obra literaria que de por sí es monumental, quiero pensarlo y recordarlo en el discurso que en 2005, tres años antes de su muerte, le dio a los egresados de la Universidad de Keyton.
Ese discurso es el que me hace definir a Foster como un humanista porque él mismo, brillante estudiante, egresado con honores en Filosofía e Inglés en Amherst College, entendió en su vida lo que representa el papel de la Universidad en la vida de los jóvenes.
En aquel discurso, David les hacía ver a los egresados la importancia de entender lo que la Universidad tiene como misión en ellos: “enseñarlos a pensar” o mejor aún, “enseñarlos a elegir en qué pensar”.
Les hablaba Foster sobre la importancia de cobrar conciencia en aquellas cosas obvias que la cotidianidad les presenta pero que, ensimismados en nuestro ser, olvidamos sin reparar en la vitalidad que simboliza lo evidente para poder vivir mejor.
Para ello, el escritor les contaba a los egresados una breve pero reveladora historia en tono didáctico:
“Están dos peces nadando uno junto al otro cuando se topan con un pez más viejo nadando en sentido contrario, quien los saluda y dice, “Buen día muchachos ¿Cómo está el agua?” Los dos peces siguen nadando hasta que después de un tiempo uno voltea hacia el otro y pregunta “¿Qué demonios es el agua?”
Lúcido y brillante como lo fue hasta el final de su joven vida, David les explicaba a los estudiantes la importancia de ver más allá de lo que parece evidente porque de esa manera entenderían que la libertad, la verdadera libertad humana estriba en atender al Otro, a las personas que caminan a nuestro lado pero que absortos en nuestras propias necesidades, despreciamos y borramos de nuestro horizonte.
El punto de la historia de los peces, les decía David, “es simplemente que las realidades más obvias e importantes son con frecuencia las más difíciles de ver y sobre las que es más difícil hablar. Enunciado como una frase, por supuesto, éste es sólo un lugar común como cualquier otro, pero el hecho es que en las trincheras del día a día de la existencia adulta, los lugares comunes pueden tener una importancia de vida o muerte”.
Hacia el final de sus palabras dirigidas a los egresados de Keyton, el escritor estadounidense cerró con una emotiva reflexión sobre el tema, una joya de lo que verdaderamente debiera ser la Educación para pensarla como tal:
“Nada de esto se trata de moral, religión, dogma o sofisticadas preguntas sobre la vida después de la muerte. La cuestión aquí, es la vida antes de la muerte. Es llegar hasta los treinta, o tal vez incluso los cincuenta, sin querer dispararse a sí mismo en la cabeza. Es sobre el verdadero valor de la educación, que no tiene que ver con calificaciones o títulos sino con la simple conciencia, conciencia de lo que es real y esencial, tan escondido a simple vista alrededor de nosotros, que tenemos que recordarnos a nosotros mismos una y otra vez: Esto es agua. Esto es agua.”
Paradójico resulta entonces que alguien que hablaba así y que en ese mismo discurso se refería al suicidio, determinara para su propia persona, el colgarse en el garaje de su casa y poner fin a una vida que a simple vista parecía un paraíso.
David Foster Wallace padeció depresión durante buena parte de su vida, pero nada en su horizonte inmediato parecía nublar su existencia: era un escritor reconocido, con una carrera académica y artística envidiable y al parecer con unas relaciones humanas sanas.
Quiero pensar que simplemente, David decidió que muy pronto su vida y sus propósitos habían sido cumplidos a satisfacción, que nada más había por hacer, que su paso por el mundo tenía que terminar un mes de septiembre de hace siete años.
Y es que la decisión del joven escritor, lo creo firmemente, obedeció a lo que muy pocas personas descubren cuando hacen conciencia de que esa agua de la que hablaba el artista, es parte no sólo de la vida, sino que también forma parte de la muerte. Parece una obviedad, pero David Foster Wallace sabía mejor que nadie que morir, es también el agua… El agua.
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