SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 15 de febrero de 2021
No camines detrás de mí, puedo no guiarte.
No andes delante de mí, puedo no seguirte.
Simplemente camina a mi lado y sé mi amigo.
– Albert Camus.
La intención de hoy es ofrecerte paz, sonrisas.
Porque llevamos mucho tiempo leyendo y hablando de sangre. De esa sangre vertida o perdida por homicidios, feminicidios, pandemias, asaltos, levantamientos y otras nimiedades.
Confieso que me fue difícil encontrar tema. Hace días que no duermo a pierna suelta,-mis piernas parecen garrotes de prisión, duras y tensas-, o que lloro por la noches, así, con sollozos de los fuertes.
Escojo hablarte de mi hija.
Ella es una de las luces más fuertes, más certeras de mi vida.
Está cuándo la necesito y cuándo, no, se esfuma. Es discreta, risueña, me sabe abrazar cuando mi tristeza no logra brotar de mi cuerpo y me ahoga.
Esos dos últimos años nos hemos dejado crecer el pelo, las dos. Ella va hecha la mocha y yo a mi paso tranquilo. Ella se hace a veces una cola de caballo y yo juego con mi cabello, trencitas, torciditos, flores de tela, broches brillantes, ¡tú sólo imagina un puesto del mercado de chunches para el cabello y ponme todo en la cabeza!
Entonces mi hija me regaló un broche “vikingo” que hace que mi espalda se enderece cuando lo uso, me llena de valor y de gallardía,- soy una mujer gallarda-, y luego nos compró a las dos una colección enorme de ligas de las que vienen envueltas en un trocito de tela aterciopelada. Y me doy vuelo: a veces el rojo de mi cabeza combina perfecto con mi blusa o con mis aretes y otras es un verde o un café dorado que de plano sólo combina con mi estado de ánimo, pero es cuando más me divierto, me gusta no combinar ni con nada ni con nadie.
Cuando me peino por las mañanas me pongo entonces un trocito de mi hija y la llevo conmigo todo el día, comentando la comida o la serie de la tele, cuidándome sin estar atada a mí. Una delicia, no sabes, no mides.
A veces miramos juntas alguna serie y se nos va la onda de lo que pasa por andar comentando: Viste, no se rasuró bien, su barba está dispareja; Vaya, mira esos ojos, hasta con máscara se ve bonito; mamá, recuerda que no tenemos los mismos gustos– eso cuando sale Jason Momoa que a ella le gusta y a mí de plano no, patitas flacas le digo. Las series nos duran más que lo previsto por el director, porque nos la pasamos regresando las imágenes: no supimos ni qué dijeron, ni por qué, andábamos en nuestra plática, a veces viboril, lo admito, placer único de ser malas sin dañar a nadie más que a nuestro cerebro propio nuestro de nosotras.
El martes pasado de hecho tocaba Grey’s Anatomy, principio de nueva temporada. Si conoces la serie y si te gusta, entiendes nuestro estado de ánimo. Si no, te platico que es una serie de médicos, en un hospital en el que estallan bombas, se caen aviones y la gente, doctores y enfermeros, tiene tiempo de aislarse a cada rato para montarse los unos a los otros…
Estuvimos listas, sobre mi cama, cada una con su cena, sándwich de huevo para una, quesadillas para la otra, almohadas, piyama, todo rico. Llevábamos meses leyendo en línea un montón de chismes, que si tal actor renunció, que si es la última temporada, que si incluyeron el tema del covid, etc.
Y que nos tiran la noche por la borda,-sí, mi cama es una barca vikinga de noche.
Covid, covid, covid. Fue el hilo conductor del capítulo, la estrella del show.
Y no nos dio risa. Ver al personal del hospital correr a todos lados, con mascarillas padres sí, pero correr, oír que muere tal o tal paciente o escuchar las indicaciones de sana distancia fue demasiado, aunque supiéramos que eran actores, que supiéramos que nadie se estaba muriendo. Ver a uno de los doctores/ actores NO recibir equipo adecuado para su personal, ver a unos romperse y llorar, me recordó lo que vivimos, aquí y en todos lados, en la realidad real.
Y mi hija saltó y me rescato, siendo que ella también andaba zozobrando:
-¿Cómo, no van a pasar la pelea entre tal y cuál?
– ¿Cómo?, ¡le puso gel a los guantes!
Y así… hasta que abrieron el abdomen de un joven cual vil trozo de jamón de pierna y entonces su bocado de quesadilla de jamón con queso medio se le quedó atorado. Y aun así dijo:
-¡Qué bueno que no voy en la de tinga!
Mi hija…
Hace dos años, los mismos que los de la crecida capilar, estábamos las dos en nuestro pueblo de Bretaña, descubriendo y viviendo un tiempo único para las dos. Allá conocimos a una amiga de Face, a su familia, su casa, su mar. Te he platicado de ella, tal vez recuerdes un rollo de almohadas, las rectangulares de México en pugna con las cuadradas francesas. El caso es que en esa familia hay tres hijos y de los tres una es niña, es la menor y habla español como perrrriquito, así, con la R fRRRancesa.
Esa nena, que va que vuela para ser la Hija de mi amiga así como la mía es mi Hija, quedó impactada con la conversación y actitud de mi nena, la menor de tres hijos y la que habla y habla y habla. Un día, que no veía a mi compañera, preguntó, con inocencia: ¿Y la que está loca?
Cuándo se volvieron a ver, creció su certidumbre. Mi hija usa tenis de colores diferentes, siempre. Y la pequeña que está creciendo y tomando ejemplos de donde pueda, lo siento amiga, contempló, observó y finalmente, sabia como lo deberíamos de ser todos, inició dialogo antes de tomar posición:
-¿Te sientes mal?
– No, ¿por qué preguntas?
-Es que pensé que sí porque yo cuando me siento mal también me equivoco de tenis.
– Ahhh. No, yo lo hago a propósito.
El silencio de la más joven fue ilustrado con una mueca de estupefacción, pronto moderada, imagino que por el recuerdo de que “La hija de la amiga de mi mamá está loca”. Le han de haber enseñado ya que las diferencias existen y que uno aprende a vivir con ellas, más si lo que deseamos es que las nuestras, diferencias pues, sean aceptadas por los demás.
Así es mi hija.
Y no nada más conmigo, ha volado a casa de la abuela a llevarle flan, en medio del “Quédate en casa”, a casa de los primos que porque es navidad, a casa de un amigo que está triste. Le ha dado covid y sólo lloró cuándo pensó que podía haber contagiado a alguien.
Espero profundamente que mi columna de hoy te haya hecho bien.
Y más, carajamente[1] más profundamente, que tengas en tu vida a un ser como lo es mi enana.
Una de las que inventan palabras contigo. De las que te abrazan aunque no estén cerca, que te miran con chistes locales brillando en la pupila, que ríen contigo y que lloran también contigo.
Regalo de la vida, eso es mi hija, regalo carajamente profundo de la vida.
Nota:
[1] Querido editor, no es palabra soez, es palabra soezmente inventada.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Foto de interiores: Hendrik Lentz.
Foto de portada: Anaïck Lentz.
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