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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 9 de diciembre de 2019
La soledad es una amapola perdida en un trigal:
tan vistosa y sin embargo invisible en la multitud.
– Pellegrino Soricelli
Había hace cierto tiempo, en un pueblo muy grande, casi una ciudad pequeña, una casa banal. No se distinguía de sus vecinas en lo más mínimo, mismo techo rojizo, misma puerta verduzca y mismas cuatro ventanas mirando al sur.
En ella vivía una familia de lo más anodina, papá, mamá, hijo e hija. El papá trabajaba en horarios regulares, tenía una paga regular y en casa, descansaba todas las noches con un vaso de agua fresca en mano. No era ni barrigón, ni bigotón, ni pelón. La mamá diario levantaba la cocina, la sala y el comedor, salía a trabajar también en horarios regulares y juntaba su paga en un viejo frasco de mermelada. Para descansar leía novelas rosas y a veces uno que otro cuento, para recordar la infancia de los hijos. No era ni gritona, ni mandona, ni llorona. La hija, ya mujercita, ayudaba en casa por las mañanas, por las tardes y estudiaba, concienzudamente. No era ni casquivana, ni llorona, ni criticona. El hijo, también ya crecidito, leía cuentos, novelas y a veces libros de biología. Sí, había tenido una crisis de adolescencia un poco fuerte durante la cual se había empeñado en transformarse en príncipe. Pero sus padres habían intervenido de manera sabia y el muchacho ya no pensaba en locuras. El que un día había soñado con cambiar de vida no era ya ni soñador, ni emprendedor, ni reñidor.
La vida podría haber transcurrido, así, tranquila y sin sobresaltos. Pero un día, el muchacho que no era príncipe trajo a casa a cenar a un ogro.
Sí, a un ogro.
Dicho ogro, además de no probar bocado, además de no pronunciar palabra alguna en toda la velada, desapareció de repente, por la noche.
La hija quedó impresionada muchos días y muchas noches. No cualquiera recibe a un ogro en casa. No cualquiera comparte su cena con un ser tan ajeno a su vida diaria. Y no, no cualquiera regresa después a lo cotidiano como si no hubiera pasado nada.
Observo, bueno, espió a sus papás, esperando una reacción, un comentario, por lo menos una pregunta: ¿De dónde había sacado su hermano a un ogro? ¿Cómo por qué había pensado que era buena idea traerlo a casa?
Pero desde el momento en el que su hermano había revelado su anhelo de ser príncipe, ya nada había sido igual en casa. Al aspirante a soberano, se le pasaba cualquier rareza, cualquier palabra extraña, por el miedo a que de repente empezara de nuevo con sus loqueras. Podía hacer cualquier cosa, como traer a un ogro a cenar, y sus papás lo consecuentaban, comparando al chavo con el Principito, esperando que sus arranques se fueran desdibujando con el tiempo y que empezara a decir sabias palabras que luego serían memorizadas por el mundo entero. El chavo ya no estudiaba, con el pretexto que el pensar demasiado daba rienda suelta a su imaginación, se le había permitido cubrir todos los muebles de su recámara con terciopelo rojo y vestía de azul, siempre.
Entonces, después de cierto tiempo, de una espera que ella sabía vana, decidió irse.
No por buscar aventuras, ella no era bohemia.
Ni por buscar nuevos horizontes, la pared de su recámara siempre le había sido suficiente.
No.
Fue por alejarse de las conversaciones vacías de casa. Por no poder más esperar a que su hermano hiciera otra vez algo imprevisible y por no poder tampoco, confiar en que sus padres reaccionaran de alguna manera.
El irse no era perseguir una meta, era huida.
Caminó. Cierto tiempo.
Y llegó a una arbolada. En su centro, un claro. Y un poco más lejos un castillo. Alrededor del castillo, había un jardín, cuidado por un hombre ya muy anciano.
Se acercó, no para pedir pan, ni trabajo, sencillamente por acercarse.
El hombre la dejó sentarse junto a él, en silencio. Y pasaron así varias horas. No juzgó útil hablarle de una princesa del castillo que había desaparecido tiempo atrás. No juzgó oportuno preguntar por su nombre, su destino. Y no juzgó útil incluirla en su vida. Sabio, era muy sabio.
Ya por la noche, el hombre se despidió con un simple ademán de la mano y ella regresó al claro. Durmió sobre el pasto, sin hacer mucho caso ni de las estrellas ni de los árboles.
Y al día siguiente, emprendió de nuevo su camino, sin miedo, sin ilusión.
Y no… no sabemos hasta dónde llegó, que los nombres de los parajes que atravesó le eran desconocidos. No sabemos qué comió, no hizo lista de sus alimentos.
Y no sabremos, tal vez, más de ella.
Se fue.
Moraleja:
El hijo que no causa problemas está, tal vez, condenado a volverse invisible.
Irse es a veces sólo una manera de volverse presente.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Foto de portada: Pixabay.
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