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De Barack a Donald

Diálogo Estado / Raúl Muñiz Torres / Top News / 02/03/2016

SOMOSMASS99

 

PERSIGUIENDO SOMBRAS

Raúl Muñiz Torres

Miércoles 2 de marzo de 2016

 

Así son los imperios, las civilizaciones que lograron un desarrollo tan vasto en muchos órdenes de la existencia que les alcanzó para dominar el mundo e influir sobre las decisiones vitales de otras latitudes.

Sí, así son los imperios, un día pueden dar señales de reivindicación total en temas álgidos como los derechos humanos y en ellos representarse como pueblos capaces de alcanzar niveles de conciencia sobre las deudas históricas que se tienen con las minorías, saldarlas, pedir perdón, decirles que su gente también puede llegar a escenarios que sólo unos cuantos han habitado.

Pero también, otro día, dan muestras de querer revertir sus propias virtudes, bipolares, ansiosos por desechar lo que un día se les volvió vital e importante y que hoy les parece que ya no sirve, que si ayer silenciaron estigmas y estereotipos históricos, amanecen ahora con la necesidad enferma de darle cabida a la intolerancia, a los discursos de odio, a muestras de una decadencia moral palpable.

Hoy, los Estados Unidos de Norteamérica navegan en una etapa de contrastes que va de la llegada de Barack Obama a la presidencia de ese país hace ocho años, a la posibilidad de encumbrar a Donald Trump como el sucesor de alguien que hubo un tiempo que generó esperanzas para millones de personas no sólo en su propio país, sino en otros Estados que veían como la comunidad negra de todos los tiempos, cobraba la factura por tantos siglos de desprecio endilgado por la comunidad blanca.

A Barack Obama le ocurrió lo que prácticamente le sucede a todos los presidentes de la poderosa nación norteamericana: llegó envuelto en un halo de optimismo y al paso de los años tuvo serios altibajos en su popularidad, pero la historia, es muy probable que le reconozca que su discurso, sus acciones, sus intenciones tuvieron siempre una interpretación que buscaba la conciliación y la voluntad de ser congruente con el ideario que lo puso en la Casa Blanca.

Poco antes de ascender a la presidencia de los Estados Unidos, Obama escribió un libro que tituló La audacia de la esperanza y en él, el casi saliente mandatario señalaba en algunas de sus páginas expresiones como las siguientes cuando se refería a la amistad o a la familia y sobre la empatía escribía:

“Está en el corazón mismo de mi código moral y lo que yo considero ser la Regla de Oro: no una simple llamada a la simpatía o a la caridad, sino algo más exigente, una invitación a ponerse en el lugar del otro y ver la situación desde el punto de vista del otro”.

O sobre su abuelo: “reconocí que a veces tenía razón y que al insistir en salirme siempre con la mía, sin prestar atención a sus sentimientos o necesidades, estaba de algún modo atentado contra mi propia dignidad”.

¿Qué hace entonces a un país hacerle un guiño a un hombre como Donald Trump para que suceda a un hombre como Obama? Podrían dar la impresión de que no han aprendido nada, que la memoria se les diluye con pasmosa facilidad, que ciertos logros en materia de derechos humanos, son capaces de desandarlos en apenas unos cuantos meses.

Parece una broma de mal gusto o un pesadilla en vía de convertirse en realidad pero más aún, los estadounidenses que han decidido votar por Trump para que sea el nuevo presidente de la Unión Americana, debieran saber que los discursos del magnate que vitorean al unísono, son muy parecidos a aquellos que sus enemigos más recalcitrantes en todo el mundo, esgrimen contra la patria de Abraham Lincoln.

“Que Dios salve a América”, dice una de las frases más famosas en la historia norteamericana en su conflicto bélico contra Gran Bretaña a principios del siglo XIX. La posible, que no segura llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, puede que sea un signo inequívoco, un tufo, una señal clara de la posible decadencia de los norteños vecinos.

Adiós a Paco Hernández

Murió hace apenas unos días Paco Hernández, comunicador y periodista, hijo de mi querido amigo y maestro, Emilio Hernández ya también fallecido. Se ha ido a los 56 años víctima de un añejo problema de insuficiencia renal.

Fue esporádico el trato personal que tuve con Paco pero adiviné siempre en él, la misma prestancia bondadosa y afable que también caracterizó a Emilio. Paco ha alcanzado pues a su padre, ambos descansan en paz.

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Luis López




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