SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 13 de abril de 2020
J’ai un petit coq dans mon panier
Qui n’a encore jamais chanté
Donnez des œufs, il chantera
Alleluia[1]
Semana Santa sin salidas, domingo de Pascua sin huevitos de chocolate en el jardín y abril sin el Aute aunque sea Sabina el que cante.
Nos movieron gacho el tapete, ¿sí o no?
Lo de salir a algún lugar con agua, albercas, ríos, mares, es más sagrado creo que la misma razón por estar de vacaciones. Son cuatro días de familia, de gritos de alegría, de crema para las quemadas de sol, de atún con galletas saladas y de cerveza bien fría. Y ahora resulta que nanais… Y así debe ser. Por más que se hayan llenado las carreteras, por más que los de Jalisco no hayan podido entrar a Nayarit, por más que no entendamos porque caray, es Semana SacroSanta, por más que el Acapulco en la azotea no satisfaga a nadie, pues así es, sólo eso, es. Ni bueno ni malo. Sucedió este año.
Lo de los huevitos de chocolate en el jardín, hace años que en casa no lo hacemos. Tradición de mis papás, el domingo de Pascua escondían los huevos en entre pasto y flores y los hijos salíamos bien temprano en piyama a buscar. Nos despertaba mi papá con la guitarra, cantando algo de un gallo que nunca ha cantado pero que ya se decidió, lo cual iba muy de acorde con eso de que la gallina pone los huevos-aunque sean de chocolate- y otras historias de que son conejos y campanas las que los traen. Es una aventura formidable para los niños, pero es para niños y por eso ya no lo hacemos. Crecieron los vástagos y ya se compran sus chocolates, y otras cosas, solos. Y pues así es, sólo es. Ni bueno ni malo.
Y lo del Aute… Es. Y ya.
Me puse a pensar en cosas menos frívolas que el agua de mar salpicada y me pregunto qué harán las personas para quienes Pascua es la celebración más importante de su religión. No hay misas con público, aunque los recintos estén abiertos al público. No deben ir. ¿Rezarán en casa esos días? ¿Dolerá, por dentro? ¿O harán como si no importara? Y los religiosos, padres, monjas… ¿Usarán este tiempo sólo para rezar más o estarán analizando la propuesta, oh cuán iconoclasta, del Papa para que las mujeres pueden ser ordenadas diaconas? ¿Habrán mirado por la televisión esas imágenes de su jefe supremo orando y hablando solo, soledad virtual, sí, pero soledad real también? Y trato de despertar mi empatía, la religión no es mi hit, el ayudar, escuchar, entender, sí. Y nada. Vacías mis bodegas de entendimiento. Y no se trata del asunto en sí, soy capaz de entender sentimientos aún sin sentirlos yo. No, es vacío. Y pues así es, sólo es. Ni bueno ni malo.
Veo desfilar cifras, muestras, imágenes de ataúdes que no alcanzan, de familias que no se ven en los velorios. Y nada. No resuenan en mí.
Más que para llenarme de miedo, no de empatía, son demasiados, y ya lo di todo en los terremotos, en los huracanes y derrumbes de lodo.
Oigo el mensaje litánico de las patrullas y helicópteros que pasan por aquí: “Quédense en casa, no salgan”, y la ironía de la situación no me hace sonreír, no pasa la barrera mental que he construido eso de que quienes a veces nos asaltan y protegen a maleantes hoy nos están cuidando, de que quienes no llegan cuando estamos en peligro, andan hoy con sus rondines regulares. Sí siento, en cambio, un ambiente de película post-apocalíptica y espero en cada corte noticiero enterarme de que la Estatua de la Libertad neoyorquina se desplomó.
Oigo también eso de que las personas enfermas y ya muriendo no pueden estar acompañadas por personas a las que quieren, que las quieren, mueren solas. Se van solas a cremación. Solas, solas, solas. Y la familia llora en casa, ya ni en la banqueta de los nosocomios. Solos. Esta vez sí, vagamente, siento algo. Tristeza infinita por esa solitaria partida, que camuflo lo más rápido posible, llenándome de chocolate o de series en línea.
Leo aquello de que los que se quedan en casa son privilegiados, y no lo han dicho, pero por ende los demás son desafortunados, malaventurados, desdichados, etc. Acá nos quedamos la mitad de la familia en casa y la otra no. Yo sí, el mareado no. Imagino que eso hace de nosotros una pareja mixta con hijos mixtos. Yo pensando que sólo éramos humanos. Y me pudre que otra vez, se use alguna situación para poner a unos de un lado y a otros del otro. Me pudre y me da flojera emocional, no quiero saber, no quiero reaccionar más. Son cosas que pasan y ya.
Leo de los castigos de Dios -que si fuera esto castigo sería más efectivo, digo yo, la energía que nos rodea es más fuerte que lo que estamos viendo-, leo eso de la madre Tierra enojada y te remito al mismo argumento, leo que si un país inventó el virus y se lo mandó a otro, o lo de un laboratorio no sé qué quiere ganar más lana, y ya te remito a tu razonamiento y otra vez, al argumento de que sería más asesinante el asunto, creo. A menos que todo esto sea un rollo de extraterrestres para vernos correr en una cajita de Petri.
Pienso que este virus sólo es parte de la naturaleza, de la que somos parte también, y ya. Sólo es. Ni bueno ni malo.
Leo lo de que luego de esto -¿cuándo?- seremos una mejor sociedad. Yo no creo. No veo por qué cambiaríamos. ¿Porque estuvimos con miedo? Eso no es un cambio real. ¿Porque hay menos dinero circulando? Pues chance nos volvamos más agarrados, no sé. Pero mejores personas ¿porque sí?, ¿nomás porque sí? No. O por lo menos yo no…
Recuerdo lo que se respiraba hace años, con los principios del sida. Ese ambiente de sospecha, de no me mires, no me toques, no te acerques. Aunque en ese tiempo no había nada sobre una sociedad que cambiaría, no nos encerramos más que en nuestras compras y preguntas antes de tener sexo. Total, sólo les daba a los feos homosexuales y a las feas inmorales…
Floto. Primero por casualidad y luego por decisión. No hago en el día más que lo esencial, inevitable diría yo, a veces no llego ni a bañarme y no, no es por mis raíces francesas, ya te veo venir. Es porque he decidido que esto sea lo más fácil posible.
No quiero saber si la empresa cierra, si se quedan unas 15 familias sin sustento, por culpa-causa nuestra, por no poder seguir pagando sueldos.
No quiero saber si mis hijos ya se contagiaron y si ya valió queso el asunto en casa.
No quiero saber si las sexoservidoras se manifestaron porque les cerraron los hoteles y además de no tener en donde trabajar, tampoco tienen en dónde dormir.
Leo lo del presidente municipal que mataron por cerrar las playas, por allá en Quintana Roo. Narcos, fueron narcos no paseantes, algo es algo, no hemos enloquecido por completo. Obed Durón Gómez se llamaba el que trató de cuidar a su gente.
No quiero saber de más nenas asesinadas -13 años, Ana Paola tenía 13 años, y 5, sólo 5 tenía Jennifer- ni de los gritos que no se oyen tras las puertas cerradas. Susana Distancia no logra impedir los golpes.
Quiero flotar en ese mar al que no podemos -ni debemos ir-, oyendo un dueto rico entre el Aute y mi papá, que el gallo ya mero canta y que los chocolates ya llegaron. Buscando no hundirme.
Y pues así es, sólo es. Ni bueno ni malo. Sólo es.
[1] Tengo un gallo en mi cesta.
Quién nunca ha cantado antes.
Regálale huevos, él cantará.
Aleluya.
Es la letra de una canción de mi infancia. Iban, en Francia y hace casi cien años, los chavos de granja en granja, de rancho en rancho, pidiendo huevos frescos y cantando esa canción. Luego se juntaban los del pueblo y se hacía un omelette gigantesco que compartían. Final de Cuaresma, Domingo de Pascua.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imagen de portada: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
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