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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 3 de diciembre de 2018
Fin de semana rico, especial.
Eventos esperados, preparados y aun así sorprendentes.
¿Te ha pasado verdad?
Que sólo con abrir una ventana diferente, oír otras voces, piensas que todo está resuelto, que ya nadie tiene ni miedo ni hambre, que el cielo será azul siempre aunque llueva, que los borregos y las vacas pastarán tranquilos. Que las mariposas son amigas, que las abejas también. Que las voces son alegres, amables y consideradas. Vamos, si hasta las manos que tocas te parecen tibias, las garras frías de los días de antes desaparecen, los falsos demonios se esfuman y caminas por la vereda en paz, te sientes flotar, los zapatos no te pesan, tu mirada llega tan lejos como lo deseas.
Sabes que vivo en una ciudad descomunal. Llena de ruido, de violencia.
Nada más en el centro comercial de al lado, cada tienda tiene su música, a todo volumen, los anuncios luchan para ver qué color más chillante exhiben y la gente corre, te atropella en su prisa por comprar, salir, regresar, volver a comprar.
En la calle, la lucha es para atravesar la calle: no se detiene nadie, no hay semáforo, no hay puente peatonal. La famosa marimba a todos les importa un comino y tu corazón se acelera al enfrentar los bólidos que corren por el asfalto.
Desde mi recámara se oye el ruido del periférico, hoy fíjate que al mismo tiempo tocaban el claxon los de la escuela de la calle de atrás, sonaba la campana del camión de la basura y pasó un helicóptero.
No pude oír cuantos asesinatos hubo este fin de semana en México.
Entonces, cuando sucede lo de este fin de semana, me siento renacer.
Fuimos a dos Xochi: Xochimilco y Xochitla.
Y nos vimos así como muy citadinos perdidos, maravillados porque vimos caer las hojas de los árboles, enamorados de la que cayó en el plato de la quesadilla de chicharrón con queso que nos estábamos zampando y más enamorados de las que crujían bajo nuestros pies. Recogimos bellotas y sacamos fotos, las hojas anaranjadas, cafés, rojas y amarillas nos hicieron brillar los ojos. No saltamos como niños porque traíamos bebidas en las manos, pero por dentro los brincos no cesaban.
Vimos plantas en 5 pesos, en 10. Recordé la falda que definitivamente no me voy a comprar, color otoño también, pero valuada en 5 679 pesos… Será que cobran la música de las tiendas.
Luchamos contra moscos enardecidos, platicamos con gente que no conocemos y caminé descalza en el pasto.
Comí pastel rojo y un pambazo sin chile. Había nieve de coco, brochetas de frutas, papas fritas con chilito piquín, tortas de jamón, esquites, huitlacoche y hierbas, muchas. Compré albahaca, -a ver si esta vez sí quiere crecer en mi jardín-, menta, epazote, perejil, orégano y un cactus que se llama Cerebro, hermoso. Me reí de un chiste tonto y abracé a mi hermano. Cuidé a mi sobrino y, soberano placer, me trepé a una bici un rato.
Y luego, como todos, regresé a la realidad.
La ropa sucia, el perro viejo y meón, el silencio de los hijos y las garras frías que ahogan mi sentir.
Porque, aunque hayamos respirado tantito este fin, da miedo, mucho miedo que nada cambie…
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Fotos de portada: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
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