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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 3 de junio de 2019
“Cuanto más conozcas a Dios, más habrás de confesar,
que menos puedes dar un nombre a lo que Él es.”
Ángelus Silesius, El Peregrino Querubínico
¿Qué es una estrella? Y se lee su nombre en un libro, y se cree conocerla.
– Jules Renard, Diario
Aquí en mi pueblo, las casas tienen nombre.
Y no, no es onda la casa de la esquina, o la casa gris o la de los abuelos. Son nombres oficiales puedes incluso dirigir una carta sin poner toda la dirección sólo el nombre de la casa… y del pueblo obvio. Y la carta llega.
Mi pueblo es Saint Briac. Ya te lo dije lo sé, pero me aseguro de que andamos por los mismos lares tú y yo cuando te platico. No vayas a creer que toda Francia es como mi tierra.
Tons, te hablo de nombres y lo primero siendo lo primero, pues Saint Briac fue un Santo que se llamó Briac, venido de Irlanda a evangelizar a los salvajes que acá vivíamos. Algo ha de haber hecho que gustó en las altas esferas, hasta pueblo con su nombre ganó, digo, además de ser santificado.
Estamos cerca de Dinard, que no es nada de ningún santo, de Saint Lunaire, Leonor nombre masculino, o Leonardo, de Saint Malo, Maclovio, y de muchos otros santos, que Bretaña además de ser profundamente pagana con sus magos, korrigans y leyendas, también fue sumamente católica.
Bueno, regreso a lo de las casas.
Vas por las calles, y miras. Ves flores, puertas, ventanas, postigos, muchos. Piedra, de la misma que te platiqué que tiene mi casa, granito puro, fuerte, indestructible, imaginas por dentro los mismos pisos frágiles de madera que también te platiqué. Que por lo visto, a lo que vine a mi tierra fue a platicarte, caray.

Pero por fuera, al lado de la entrada, a veces a lo alto de una pared, de un pilar, un nombre: Ty Louet, Casa Ceniza, Kêr Argonid, En casa de la Victoria, otrora propiedad de los Romanov, An Aod, La Costa, Ar Men, La Piedra, y luego nombres en francés, que pueden ir desde el nombre del dueño, Ty Anna, o mezcla de nombres, Ker Mickarla, hasta de plano, cosas como Les Petits Rosiers, Los Rosalitos, El Viento, El Barco y Les Mouettes, Las Gaviotas. Básicamente o accesoriamente también, lo que se te ocurra.
Las casas de mi familia, no que fueran muchas, pero es que la familia fue muy muy extendida, tenían nombres en francés: LesTiilleuls, L’Oasis, Les Embruns, Les Fauvettes, Brise Bise, Sérénité. Así como los escribo, todas las palabras con mayúscula. Y así como no los traduzco, que esto ya parece diccionario.
De esas casas, sólo nos queda una. Lo cual es lógico, sólo somos ya una familia, un clan. Y somos de ella como es ella de nosotros.

Esas casas, todas, o casi, las de todo el pueblo, y del de al lado, y de los otros, no han cambiado nunca de nombre. Es más, hay una aquí cercas, MaDoDith, a la que se lo quisieron quitar y se cansaron a media raspada de pared.
Es que las casas son su nombre, él representa su historia y la de las personas que en ellas vivieron.
Y sí, sé que a veces las casas se compran sólo con dinero, pero he visto que aquí se compran también con el corazón, y que se lleva uno algo de las raíces y de la historia de la familia que en ella vivió. Y entonces, no, no le cambias el nombre, la dejas poseerte y la posees tú a ella.
Leí un día, en no sé qué manual filosófico o teológico, no me obligues a recordar, que el hecho de ponerle nombre a los entes que nos rodean es un signo de apropiación. Onda arraigo, pero también dominio. Por eso, cuando en alguna religión no se escribe el nombre de Dios, es una señal de respeto, de “No me apropio de ti”. Me gusta la idea, por lo del respeto, pero me parece también un alejamiento terrible de la Fuerza que se supone es un Dios. Qué triste no poder tratar de igual a igual con quién se dice que tanto te quiere.
Fíjate bien:
Las flores no se dominan hasta que no se les nombra, a partir del momento en que les dices Rosa, Margarita, Magnolia, se crea una suerte de lazo entre ellas y tú. Aunque sigan oliendo igual, y tú también. Cambia tu tono al hablar con ellas.
Un perro es sólo un perro hasta que le pones nombre, aunque solamente sea Perro, con mayúscula.
Y de alguna manera, a través de mi rollo de casas y de dioses que no se nombran, regreso al Principito y a su Rosa, otra vez el Principito, siempre él, el de tantas verdades, hermosas y a veces terribles, terribles porque, finalmente, ponerle nombre a una casa, a un barco, un gatito, una flor o un hijo, es una forma de posesión que implica responsabilidad, pesada y enorme responsabilidad.
Siendo la más canija la que tienes hacia ti.
Porque cuando te pregunto cómo te llamas, me contestas cómo te llaman los demás, y no es eso lo que pregunto. Quiero saber cómo tú TE llamas, cuál es tu nombre íntimo, cómo te cuidas, creas arraigo contigo y cómo eres responsable de ti.
Yo he cambiado muchas veces de nombre, frente a los demás, pero sobre todo frente a mí. Sigo sin poseerme, sigo sin dominarme, sin ser dueña de mí misma. Responsable sólo a veces, lo cual es extremadamente cómodo, ¿no crees?
¿Y tú? ¿Sabes quién se esconde detrás de la etiqueta que te dieron hace años?
¿Tienes nombre de casa, de flor? ¿De lago, río o montaña?

¿Sabes cómo te llamo yo? ¿Cuándo te hablo, te digo, te poseo, te domino y creo, siempre, un lazo indestructible contigo?
Y no… no quiero saber cómo me llamas. Eso sería, tal vez, destructor.
Mira que ponerle nombre a una casa… Qué chistositos los bretones, ¿no?
Bretaña francesa. Junio de 2019.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imagen de portada: Casa Madodith.
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