SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 26 de enero de 2020
UNO
A los quince, yo iba a la escuela con un cuchillo en la bolsa de la chamarra. Tenía miedo al camino oscuro de la casa al autobús, lo iba apretando entre mis dedos hasta llegar a la escuela. Luego se me olvidaba, hasta la mañana siguiente.
No le decía a nadie que tenía miedo. No había a quién decírselo.
Estaba lejos de mi familia, en casa de una abuela intolerante e indiferente a mis sentimientos. Le importaba más que no desperdiciara agua al bañarme o que no me terminara la margarina del refri.
Un maestro, al darse cuenta de que andaba yo sola, sintiéndome sola pues, se interesó un rato, pero no se podía hacer nada. No se me estaba maltratando, sólo se me estaba ignorando.
No usé nunca el cuchillo, ni para partir pan ni para atravesar a un desconocido. No hubo ocasión.
Jamás se me habría ocurrido usarlo en la escuela. Era meramente un arma de defensa callejera.
DOS
A los doce, no tenía lugar en ningún lado. Las niñas de mi edad eran alegres, deportistas, inteligentes. Participaban en clase, tenían buenas calificaciones y novio. Los niños se burlaban de mis senos crecientes, de mis nalgas, de toda mí. Tenía una o dos amigas, que a veces se iban con otras y yo me sentía traicionada, sola, fea, tonta.
Si hubiera tenido acceso a un arma, ¿qué habría hecho? Si hubiera, igual que tres años después, agarrado el mejor cuchillo de la cocina, una navaja de resorte como la de mis quince años, habría, sí, atravesado a una de ellas, cuando se reía con los demás, hablando de pantalones muy apretados y de chicas que no conocen su lugar.
O no… Me habría tal vez quedado en mi esquina, apretando los dedos sobre el cuchillo, tragándome las lágrimas.
Aunque fuera ya conocida por mi violencia. No me sabía defender con palabras, salían masculladas, ininteligibles y mojadas de lágrimas lloradas en público, debilidad suprema. Entonces abofeteaba a los demás. Y como era yo grandota, por eso los pantalones apretados, pues no me molestaba dos veces el mismo.
No le decía a nadie lo que sentía. No había a quién decírselo.
TRES
A los diecisiete, empezaba a encontrar un huequito para mí, con una amiga sólida, y otras muy fuertes. Empezaba a sonreír y me escondía detrás de faldas gitanas, botando los pantalones que no me quedaban.
Había olvidado el cuchillo de resorte, su marca en la palma de mi mano, la soledad terrible de los años pasados.
Sin embargo lo que me lastimaba caía en terreno conocido, se sembraba la misma semilla desde siempre y la tierra ya no daba de sí.
Mentía, mucho. Me inventaba otra vida en la que se me demostraba amor. Aun frente a las amigas fuertes.
Seguía siendo una extraña entre los demás, pero jamás se me habría ocurrido matarlos a todos aunque me maté a mí varias veces. Porque prefería imaginarlos a ellos llorándome en lugar de imaginar su sangre sobre mis manos.
Hablaba con mis amigas de muchas cosas, pero nunca, jamás, jamás de lo profundo.
Y en casa no había con quién hablar. Monólogos y castigos ejemplares eran lo cotidiano para mí, intervenciones torpes e incomodas de amigos de la familia la única posibilidad de dialogo.
No le decía a nadie lo que sentía. No había quién supiera escuchar.
CUATRO
A los diez, empecé a leer mucho, a tejer y a soñar despierta. No jugaba con los demás. No hablaba con ellos. Y empezaba a abofetear y a romper puertas.
Recuerdo aventar a mis amigas, a mi hermana. Recuerdo tratar de romper una puerta a patadas. Recuerdo los castigos sin explicación, sin propuestas para cambiar. Sólo la de echarme un regaderazo de agua fría si sentía ganas de explotar.
En casa sobre todo, a la escuela no había llegado mi violencia. Allá intentaba desaparecer sin matarme, no se me había ocurrido todavía. Un grupo de niñas me maltrataba, el bullying no tenía nombre aún, y yo sentía que llevaba encima las etiquetas que ellas inventaban para mí. Era entonces una chava “cola de vaca llena de mierda”, una IBM, Inmensa Bola de Manteca, una paria.
No es que no hubiera con quién hablar. Es que yo era incapaz de expresar lo que sentía. Vaya, incapaz hasta de pensar que se pudiera hablar en lugar de reaccionar como lo hacía.

Desde CINCO hasta ONCE
No puedo saber lo que sentías, no sé claro por qué tomaste esas armas. No sé qué te llevó a disparar, cómo es que lo sabías hacer, cómo es que esas armas estaban cargadas. No sé si la soledad extrema te carcomía por dentro, la desesperación por ser oído o sólo las ganas de cambiarlo todo.
Ha habido historias de tiroteos en las escuelas, ¿las habrás visto en los noticieros? ¿Habría yo hecho lo mismo de haber tenido una pistola mi disposición? ¿A los nueve, a los trece, quince, diecisiete? ¿Cuando soñaba despierta con descuartizar a la famosa abuela, cuando imaginaba a todos tristes por mi muerte, cuando sentía que no había más camino que el andado?
Posiblemente sí.
¿Qué me lo impidió, o mejor dicho, qué fue lo que no me llevó a hacerlo?
Falta de ideas.
No había videojuegos de matanzas, cierto, pero tampoco había matanzas en mi calle.
No veía televisión más que los lunes a las 8, canal 2, el Chavo del ocho. O Candy Candy, por las tardes, a escondidas. Ningún noticiero, ninguna película violenta, jamás.
No había cada día tiroteos en las noticias o en la sala de la casa.
No había, nada más en una semana, un niño de trece años baleado por hombres armados, una nena de tres años baleada por la policía, otra nena de diez –y su abuelo- baleados por la policía también, en su casa y un chavo de 14 arrestado por secuestrar a una mujer.
No vivía en el Torreón de hoy, en el México de hoy, en el Mundo de hoy.
Había, sí, soledades infantiles y adolescentes, había padres ausentes por trabajo o rarezas, había sentimientos de exclusión, de desesperanza. Pero ideas conjugadas con matanzas, no.
Once años tenías. Sólo once.
¿Se es consciente a esa edad de que la vida sigue, de que puede cambiar?
¿O es muy temprano para saber que hay salida del túnel oscuro que puede ser a veces?
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Fotos de portada e interiores: Pixabay.
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