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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 25 de abril de 2022
Oh madre, nunca me enseñaste a llorar.
– Miguel Ángel Flores Hernández, El libro etéreo.
Y entonces se le ocurrió una loca idea. Se trataba de teatro claro, todo en la vida es teatro, pero buscaba también apropiarse de una obra creada por hombres y para actores masculinos, quería imponer su femineidad en ella, y por qué no, infartar a uno que otro mojigato.
Juntó, con palabras de convencimiento, a 12 mujeres. Por espíritu de equidad, -siendo sarcásticamente fiel a la incongruencia que se les achaca a las mujeres-, aceptó a un hombre que las había empezado a seguir en redes sociales, Mario, el de Magdala, no sin antes indicarle lo permitido y lo prohibido en el camino que recorrería con ellas.
Partieron juntos en un autobús rentado y llegaron a algún llano de Jalisco en el que un lugar sombrado les pareció idóneo para detenerse.
Hubo pláticas, de día, confidencias, de noche. Hicieron fuego para calentar agua para café, para té e improvisaron un baño seco detrás de unos agaves.
Durante 40 días trabajaron su texto, habían fijado fecha para poder empezar a ensayar, la obra escogida había sido apasionante para la generación de sus abuelos y buscaban el entusiasmo que surgía siempre que uno de ellos ponía su LP y cantaba, la profunda inspiración que había provocado el espectáculo al ser por fin producido en español. Discutieron sobre el idioma a usar, votando unas por el original, otras por el que podían entender. Mario, el de Magdala, no votó, sólo tendría una intervención durante el espectáculo, su voz no importaba.
A poco tiempo de estar listos, apareció un coche por la pequeña carretera y el conductor, bajando la ventanilla, les pidió prudencia: “Por acá, luego asaltan, no se queden aquí de noche, búsquense un hotel”. Agradecieron, discutieron, y decidieron no moverse, con la consigna de no dejar nunca a ningún integrante del grupo solo. El coche se alejó, dejando tras de él un ligero trazo de polvo revuelto.
Y sucedió lo que sucede seguido en Jalisco.
No se volvió a saber de ellos.
Al estar en el límite entre dos municipios, los dos presidentes municipales se echaron la papa caliente el uno al otro durante días, jugando sin saberlo a Poncio Pilato, lavándose las manos diario por higiene, por indiferencia, por codicia, por miedo.
Llegó el asunto hasta el gobernador, cómodo bajo el aire acondicionado de su palacio. Molesto, -por el ruido de las familias en Su plaza-, decidió propagar el rumor de que los chavos, 13 mujeres y un hombre, Mario, se habían ido de gira con su obra, que entre gente de su medio era normal desaparecer de vez en cuando. Terminó, de alguna manera, linchándolos en la arena pública, exponiéndolos al oprobio público, tomando sin querer darse cuenta el papel de Caifás en la obra.
A los tres días de búsqueda en el desierto, se topó la madre de Juana, la más joven, con un trozo de tela del pantalón pescador que ella misma le había regalado, recogieron simpatizantes astillas de algún madero, incluso encontró el papá de Mario, oriundo de Magdala también, una corona de hojas de agave espinosas a medio tejer.
Se llegó a decir en algunas cenadurías de la ciudad cercana que aquel grupo nunca había pernoctado en el llano, y tres veces, el conductor del carro aquel negó haber tenido contacto alguno con ellos.
Pasó lo que tenía que pasar, y al cuarto día, el Padre de la Nación declaró temprano por la mañana que la culpa de que se hubieran esfumado los chicos la tenían las generaciones anteriores pero que ponía a disposición del gobernador todos los medios federales para encontrar a los chicos.
Han pasado años, parecieran más de 2000, los siguen buscando, un padre, una madre, nunca se han detenido. El gobernador sigue en su palacio, el Padre de la Nación sigue hablando y los presidentes municipales le siguen rindiendo cuentas a los cárteles de por allá.
Se han publicado fotos, dibujos, todos reconocemos sus nombres, todos sentimos esa rabia especial que acompaña la impotencia. ¿Se debe de desear que algún día, en un cráneo encontrado en alguna fosa común, el papá de Chuchita reconozca sus dientes, como le acaba de pasar a la Presidenta fundadora de Madres Buscadoras de Sonora, – diferente estado, mismo país- o al contrario desear que la esperanza no muera nunca? ¿Se debe desear que la juventud viva libre o que viva segura?
Sé que Semana Santa ya pasó pero el tiempo de los Desaparecidos no es el mismo que el nuestro.
El tiempo de las familias de los Desaparecidos tampoco. Dejan de vivir, de alguna manera, por más rabia, esperanza y falsa aceptación que puedan sentir. Porque cuando te desaparecen a alguien, nada vuelve a ser igual jamás.
Sé que el Desaparecido vivo a veces regresa. Sé también que los Desaparecidos muertos no resucitan, ni al tercer día, ni al siguiente mes.
PD: ¿Habrá la señora Rosario Ibarra de Piedra podido abrazar a su hijo por fin, o habrá él renacido hace años, por la prisa de reencontrarse con ella?
Te dejo dos ligas para que puedas escuchar la obra que inspiró la forma de este texto. El fondo, ya lo sabes, lo inspiró nuestro cotidiano.
No se sabe claro por qué idioma habría votado Mario Magdaleno, su voz, recuerda, no contó nunca.
En español, por si quieres cantar: https://www.youtube.com/watch?v=hH69tAXHMsk&list=PLgaFNC_I_Zkn_p_EWa5Jn0rhNENBbRe8B
Y como hipervínculo en el título, te puse la versión en inglés por si quieres que cante yo también: De inútil blasfemia.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Foto de portada: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
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