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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 26 de noviembre de 2018
“No puede permitirse que la violencia pase inadvertida; hay que cuestionarla, increparla. Hay que hablar sobre lo que nos aqueja y nos permite dimensionar el dolor. A partir de ese dolor se puede imaginar otra forma de estar y de actuar en el mundo. Vivir sin violencia y aceptar el conflicto que puede ser mediado sin ella, es un camino que hay que recorrer en la conciencia de uno mismo, del otro, de la comunidad y el entorno natural; de una ética que nos conforme como seres humanos en el respeto, la inclusión y la solidaridad”.
– Jaime Panqueva, Zona Franca
Hace un tiempo estuve en una escuela cerca de la casa.
El punto era observar cómo se trabaja en ella y ajustar un proyecto de escritura/lectura con los chavos.
Salí feliz.
No sabía que se podía aprender así como vi que lo hacen los chavos allí, no sabía que se podía convivir como los vi convivir, no sabía tantas cosas.
Sentada con ellos, sentí esa envidia que te viene de la panza, sabes, junto con algo de melancolía.
Me habría quedado tan bien una escuela así, para mí o para mis hijos.
Me quedaría tan bien hoy, de hecho, porque es un lugar en el que no hay ironías, agresiones o descalificaciones.
Obvio, imagino que de vez en cuando hay alguna disputa, pelea, digo son chavos de secundaria y son humanos. Pero creo que hasta el aire, su tesitura, era diferente de lo que se respira en la calle, en las otras escuelas, en mi casa.
Llegué a la hora de la comida, porque la jornada es continua.
Estaban todos, alumnos, maestros, cocinera y la sombra de una nena, todos sentados en mesitas redondas, comiendo y platicando, en tono normal, se podía oír lo que te dijera tu vecino. La comida era hermosa, colores vivos, ensalada de trigo con jitomate y cilantro, espagueti sin cremas ni aderezos y más cositas. Agua de frutas, natural.
Al terminar de comer, unos cuatro o cinco alumnos se pusieron de pie, recogieron comedor y cocina, sí la cocina también, así, de buenas y de manera efectiva. Otros barrieron, y otros, pues se fueron a jugar y a platicar.
Nadie renegó. Es más, no hubo siquiera una voz de orden. Así como cuando cada quien es responsable de sí mismo y de sus tareas o trabajo.
Luego subimos a uno de los salones. Las bancas no eran bancas, eran mesas normales, acomodadas en cuadro. Todos nos sentamos, empezó la actividad.
Un pequeño ejemplo de cómo funciona esto, cuyo alcance entenderán al cien los que son maestros, es que en medio de las mesas había una cajita con plumas. Quien no tuviera pluma, sólo tomaba una, sin comentarios, sin tener que pedir, sin recriminación de parte de la maestra. ¿Sí me explico? Todo tranquilo, onda rieles bien aceitados y trenes puntuales.
Era un taller de escritura con dos reglas: no mencionar a nadie de la escuela en el escrito, no usar palabras soeces. Al final de la actividad, todos leyeron su texto. Sí, a algunos les dio un poco de trabajo, leer en público es muy difícil, pero lo hicieron. Sólo uno declinó de una manera especial que la maestra supo leer, y se le dio chance, sin condiciones, sin amenazas, nada.
Lo que escribieron era de calidades diversas, en ese taller se juntan los tres niveles de secundaria de la escuela. Pero todos escucharon atentos, y comentaron de manera atinada, repito, sin burlas ni descalificaciones. La maestra intervenía al final de cada lectura, con una apreciación positiva, trabajada, de las que permiten afinar la mente, el aprendizaje.
En algún momento, se activó toda la escuela. Entraron tres alumnos, barrieron el salón, recogieron papeles y carpetas. Uno salió corriendo, le tocaba ocuparse del gato, otros veían por las mariposas y otros más, recorrían el pequeño jardín, cuidando de todo. Igual, sin órdenes, sin supervisión obvia. Todo, tranquilo, rico.
A la hora de la salida, la maestra con la que estuve, levantó la mano en el patio, sin decir nada. Una niña la vio, hizo lo mismo, y luego otra y otro. En menos de un minuto el silencio fue completo. Sin gritar, sin amenazar, sin tango ni danzón.
Así.
De ese lugar salí feliz, como te dije.
Y también cargada con una energía bárbara. Llena de entusiasmo por la vida, por esos chavos que vemos crecer alrededor nuestro y que podemos ayudar, impulsar o por lo menos acompañar.

¿Qué nos importa esa escuelita me dirás? Está quién sabe dónde, porque no sabes por dónde vivo, y es secundaria y hace mucho que tenemos nuestros certificados de tercero, y bla bla.
Importa porque significa que se puede.
Se puede enseñar a vivir en Paz.
Se puede aprender a vivir en Paz.
Dentro de una semanita, menos, cambiamos de presidente acá, en México.
Y mira que en mi boleta de voto, taché su nombre.
Pero caray…
Desde que anda en la vida pública, su presencia nos polariza. Onda experimento de química, en el que mezclas X con Y para luego meter un catalizador y que todo hierva.
No sé si López Obrador sea uno de los compuestos del matraz o el catalizador, pero nos tiene en medio de la erupción volcánica a todos. Porque claro, todos tenemos nuestros mecheros prendidos y los agitamos siempre que alguien dice su nombre.
Sólo lo veo sonreír todo el tiempo, y deseo profundamente que sea porque está feliz de poder por fin ponerse a trabajar por México, y que no sea, por favor, una sonrisa llena de pérfida ironía.
Y bueno, oigo todas las palabras descalificativas que usa: fifí, pirruris, señoritingo, pelele y las otras. Y eso la verdad es aceite en el fuego del volcán producido por el catalizador y nuestros mecheros.
Quisiera tanto poder enseñar en México, vaya en el mundo, lo que vi en esa escuela.
Lo primero creo, sería aprender a conocerse.
Cuando nos arrancamos el pelo, la piel y los teclados en redes sociales por una idea de AMLO, no sabemos ni de qué ni con quién hablamos.
Unos dicen que los que tienen lana, los burgueses verdad, son monstruos que sólo se quieren aprovechar del pueblo. Yo me siento muy agredida cuando pasa eso. No tengo así la lana del mundo, pero tengo casa y zapatos y comida. Seguro médico privado, que pagamos nosotros, y a veces, vacaciones en la playa. Y pienso que si una de esas personas se tomara el tiempo de saber cómo o porque tengo lana, no me juzgaría como lo hace. Y sí, me juzga a mí, porque soy clase mediera, porque soy de las burguesas odiadas.
Cuando empecé a vivir con mi esposo, no teníamos sillas, o refri. El negocio familiar empezó sobre la mesa del comedor y a la hora de la comida, se hacía una campito para nuestros dos platos. Yo trabajaba dos turnos, de maestra.
No. No nos robamos nada. No, no le quitamos el pan de la boca a nadie. Y no, no todos los burgueses del mundo son gordos linfáticos ladrones y abusadores.
Del otro lado es igual. Unos dicen que los seguidores de AMLO son personas que no piensan, que no saben. O que van a robar igual que sus antecesores políticos. Es más, el uso de la palabra “seguidor” denota desprecio, establece que los que están a favor de López Obrador son borregos.
Pues las persones que conozco que piensan que lo que hace AMLO es lo correcto sí piensan, y mucho. Tienen argumentos, no meras opiniones. Si los agresores se tomaran el tiempo de acercarse a uno de ellos, no lo juzgarían como lo hacen. Conozco de cerca a políticos de Morena que, sí, dan la mitad de su sueldo para las actividades culturales de su zona, y no, no lo pregonan. Conozco gente de Morena que piensa que sí, que se va lograr paz y prosperidad para todos en México, sin robos, sin corrupción, sin asesinatos.
No, no son ni tontos ni soñadores estáticos. No, no van a entrar a nuestras casas con ametralladoras y machetes. Y no, no todos los de Morena son flojos adormecidos mentirosos y violentos.
Pero si no sabemos ni cómo se llaman nuestros vecinos… Es más, ni siquiera nos preocupamos por saberlo.
Lo segundo sería aceptar nuestras diferencias.
Fíjate que no hablo de tolerancia, que para mí la noción de tolerancia tiene un dejo de superioridad del tolerante hacia el tolerado.
No, te hablo de aceptación, de respeto.
Si aceptas que uno de tus hijos use playeras de calaveras, ¿por qué no aceptar que un hombre en Guanajuato use su casa como refugio para perros de la calle?
Si aceptas que tu mamá empiece una nueva carreara a los 58 años, ¿por qué no aceptar que una mujer en Villahermosa haga una comida rápida en su patio?
Si aceptas que tú, TÚ, eres diferente, ¿por qué no aceptar que los demás… también?
¿Por qué no aceptar que otros tengan ideas políticas, sociales o económicas diferentes de las tuyas?
¿Qué nos está pasando que de repente nos hemos puesto a insultarnos, a pelear a puño limpio porque un hombre que nos cae o no nos cae dice o hace o sonríe?
¿Qué nos pasa que cada mañana nos hierve la sangre con las noticias de la tele, de la radio?
¿Qué nos pasa que las redes sociales se han vuelto nuestra arena de corrida y que el primer toro que vemos le quitamos rabo y orejas aunque esté vivo? ¿Y desollamos a quien lo intente defender?
¿Será miedo?
¿Miedo a perder privilegios, burgueses feos y egoístas que somos?
¿Miedo a que las promesas se AMLO sólo sean promesas, pobres ilusos Morenistas que somos?
¿Miedo a que sigamos en un país de profundas desigualdades, de asesinatos cotidianos, de asaltos, robos, mordidas e impotencia?
No creo que haya buenos y malos en lo que va a pasar.
Hay.
Y nada más.
Sueño, guajiramente, que el ambiente que sentí en esa escuela, con esos chavos que están aprendiendo a vivir juntos, se estira, se alarga, nos cubre.
Que la Paz que tanto pedimos empieza.
En serio.
Con respeto.
Respeto.
Respeto.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Fotos de portada e interiores: Pixabay.
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