SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 4 de febrero de 2019
Obvio que andando en mi tierra, comemos lo que aquí se da, o se cocina, o se ama.
Hay aquí un cereal al que le dicen Trigo negro, lo cual es absurdo porque ni es trigo ni es negro. Total que con él se hace harina, y con ella galettes. Suena a galleta el asunto ya sé, pero nada que ver. Imagina unas crepas muy grandes, tamaño buñuelo de feria. Se comen frías o calientes, dulces o saladas. Usas una sartén muy plana y muy grande, le pones mantequilla, -bretona claro, la más rica del mundo, las vacas de acá, negras y blancas, son bien dadivosas con el sabor de su leche-, pones tu galette y, ya que se calentó tantito, le pones un huevo, o queso, o cebolla, o ¡todo! Y se dobla encima del huevito la galette, onda niño envuelto para salir a la calle, casi, o quesadilla extraña.
También comemos chocolate. Conste que no menosprecio el chocolate mexicano, he probado uno de Villahermosa en particular, delicioso, pero aquí es otra onda. Es un manjar, hasta el más baratito y chafita.
¿Qué más…?
Pescado, que aquí el mar lo tengo del otro lado de la calle, pan, baguette y croissants, pastel de chocolate de la prima, muy rico, crema de caramelo, vinito, cidra…
Un rábano negro. Ése me decepcionó un poco, me dijeron que picaba mucho, que cuidado y todo, y resulta que parecía jícama cruda.
Lo que sí pica es la mostaza, cañón. Pero de manera diferente que el chile en México. El chile pica boca o garganta, a veces estómago. La mostaza de aquí pica la nariz, por dentro. De hecho se dice de alguien que se enoja de repente que la moutarde lui monte au nez, la mostaza se le subió a la nariz.
También comemos cosas normales, lechuga, papas, arroz. ¡Ah, comimos lentejas! Ya sé, me emociono por lentejas, ja, pero es que eran de colores, para empezar: verdes, amarillas, rojas, anaranjadas. Y luego venían en una bolsita como de plástico raro que pones en agua hirviendo con sal y a los diez minutos, ya están. Rico y sobre todo ahorrador de tiempo y molestias y ollas que lavar y todo aquello.

Comimos betabel. Aquí te lo venden casi siempre ya cocido, y hasta pelado. El que comimos lo compré en el súper, entonces venía empacado en una bolsa al alto vacío, en la que lo cocieron. ¿Quieres ensalada o rodajitas de betabel para tu carne? Abres tu bolsita y tan tan.
Claro, lavas tu bolsa porque la vas a reciclar, aunque no como en casa en México, en donde las uso para meterles basurita. No. Aquí las llevas al contenedor para plásticos de envoltura, -el de plásticos más duros es diferente-, y aprovechas para ir por el pan o mirar al mar.
Me llena de satisfacción llevar mis cosas a reciclar y saber que sí se va a hacer. Porque en mi otra casa, en mi barrio en todo caso, pues separo la basura pero en el camión que pasa por ella se vuelve a revolver bastantito.
Mira, ahora que lo pienso, es como contradictorio: por todos lados te dicen que recicles. Pero las lentejas y los betabeles vienen en bolsitas de plástico y empaque de cartón…
Eso sí, todo muy etiquetado. Que si el betabel viene de tal región, y fue cosechado de tal manera. Que si es orgánico el asunto y si no, qué pesticidas se usaron. Bueno vi carne empacada en el súper que traía el nombre y foto del ganadero.
La primera semana comimos jitomates pero ya no. Vino a comer un amiga, mexicana casada con un bretón, tres hijos campechaneados y abrieron todos los ojos muy grandes y casi reprobatorios al ver mis jitomatitos en la mesa. Que cómo, que no son de temporada, que de dónde vienen y más. Que es importante para la naturaleza, y por lo tanto para nosotros, no llevar verduritas y frutitas de cabo a cabo, no consumir entonces importaciones fuera de temporada, o no consumir importaciones, punto. De momento, sólo me pareció charla de sobremesa, pero la vez siguiente que fui de compras, no compré limón porque venía de otro país. Y eso que lo necesitaba para limpiar mis cositas de cobre.
Que no sé cómo le voy a hacer porque tampoco puedo comprar productos de limpieza con químicos agresivos porque contaminan.
Y claro que no es nada más mi amiga, nada más su familia, si no, no me habría contagiado tan gravemente del ambiente orgánico, reciclador y nacionalista. La estación de radio que me gusta escuchar, dice repetidamente que defiende la canción francesa, mi primo me convidó cidra orgánica y producida en la región, – lo sé porque lo dijo varias veces, era importante-, y los paquetes de lo que sea en el súper traen etiquetas muy grandes de producto francés, Hecho en Francia, Francia, Francia, Francia… Claro que así no voy a comprar un limón extranjero.
Luego aquí traen también una obsesión con los componentes de lo que comen, o usan. Para empezar aquí los refrescos, incluyendo la coca, sí traen ingredientes impresos en su etiqueta, los productos de aseo casero traen hasta etiquetas extra para enlistar todos sus componentes, las frutas, sus banderillas de nacionalidades o regiones personales, y no te cuento de la aplicación que te indica la composición de cuanto producto desees.
Bueno, hasta el papelito del cajero, el que trae impreso tu movimiento banquero, trae detrás unas frasesitas de “No se preocupe este papel no contiene ni venenos para ratas ni Ántrax”. Exagero, pero sí, traen une explicación de que no tienen no sé qué componente, que por lo visto ha de ser letal, si no, no sería tan importante recalcar su ausencia.

Entonces, obvio que se contagia uno, y obvio que le cierra a la llave del agua antes de llenar el vaso y que no tira papelitos por cualquier lado.
Aunque me sorprende la cantidad de caca de perro que hay por las calles. Literal, ves más al piso para evitarlas que al paisaje.
Y eso que no hay así como mucho perro callejero, todos andan bien guapos con su correa de colores y muy apapachados por sus amos. Pero cagan y cagan y nadie recoge. Impactante.
Alégrate, ¡de eso no hay foto!
Entonces, cuando se anunció que habría una tormenta, Gabriel, pensé que andábamos en lo mismo: Exageremos los cuidados.
Y resultó que el viento llegó, la lluvia, se nos cayó el postigo de la puerta, se metió el agua, se trasminó a la cocina y nos asustamos, mi hija y yo. Nos sentimos en película gringa, sólo que ambientada en Bretaña y esperamos parte de la noche a que las ventanas tronaran y nos llevara el agua.
Y luego se calmó el asunto, se hizo el silencio y dormimos.
Y esta mañana, al levantar contraventanas y abrir postigos -los que no se cayeron-, descubrimos nieve.
Nieve ligera, poquita, pero nieve.
Ni mi hija ni yo habíamos visto nieve así, ni visto nevar.
Entendí el silencio.
La nieve no hace ruido, sólo cae.
Es intensamente maravilloso descubrir, a estas alturas de la vida, otro milagro de la naturaleza, dice cursimente mi corazón. Y mi mente científica sólo puede inclinarse ante la evidencia: Es maravilloso.
Ahora, estoy esperando a que lleguen las autoridades a etiquetar la nieve: orgánica, supongo, de proveniencia celeste y libre de sulfatos, venenos y ruido.
Maravillosa.

* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Fotos de portada e interiores: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
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