SOMOSMASS99
ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 15 de julio de 2019
Llevo dos semanas saliendo mucho a carretera.
22 veces para ser exactos. Una bajo una tromba terrible. Pensé que no llegábamos enteros.
Y sí, ya me cachaste, exagero como siempre.
Porque no sé si “salir” sea la palabra correcta.
Tomo un pedacito de la carretera a Toluca, rodeando tráfico y avenidas ruidosas, pero no califica como salida de ningún lado: uno por la multitud de edificios y casas que hay en el camino, y dos, porque desde que el DF se llama CdMx, no vivo ni en una ciudad, ni llego a otra. Nos hemos vuelto limbo, alucinante limbo.
El caso es que podría ser aburrido.
Y no lo es.
Porque casi siempre he estado en el asiento del copiloto y entonces puedo mirar por la ventana.
Y porque cuando miras mucho lo mismo, vas descubriendo detalles.
Cómo los montes han reverdecido, cubriéndose de pasto fuerte y aun así suave a la distancia. Cómo pequeños árboles se erigen, gloriosos y húmedos de lluvia. Y como no hay sólo verde y café, hay amarillo, azul y rojo.
Cómo las paredes de tierra que bordean el asfalto se están derruyendo, transformándose poco a poco en bosque de picos, roídos por el agua. Cómo, detrás de ellos, se han formado grutas, estrechas y profundas. Y como no son nada más picos, también tonos de marrón y pardo, son café con vainilla, leche con concha de chocolate.
Y de cómo de mí emana una mano, larga y vaporosa, de tonos rosas y morados, sale suavemente del coche, se eleva, se estira, se estremece.
Acaricia cada torre de sedimento endurecido, con calma, lentitud. Roza cada punta, deteniéndose con insistencia en cada hueco, en cada curva. Humedece sus dedos en lluvia y moldea de nuevo cada trozo de tierra hinchado, sin que mis ojos los dejen de mirar.

Acaricia cada monte, cual seno maduro, y toquetea cada saliente turgente. Moja sus dedos en restos de savia y de resina, y sigue, sigue, hasta que el monte entero palpita, y pasa a otro y a otro. Entre cada elevación, se abre una zanja, profunda en la que se introduce, toda.
Toda yo en esa mano, toda yo vibrante, entregada a tierra y hierbas, a tentadoras humedades y oscuridades.
Hembra y macho a la vez, entre gemidos silenciados, le hago el amor con ternura y luego con rudeza a la tierra, al monte, al cielo, a la lluvia.
Alcanzo a ver, por el rabillo de ese ojo que nunca se cierra por completo, casas de techo de lámina, construidas sobre barrancos de basura. Terca, las incluyo en mi sueño, el olor de los desechos se vuelve profundo y provocador. Las láminas, ropa incómoda, y las casas, lunares amados.
Y llegamos.
Termina el viaje.
Bajo del coche, mojada.
Porque llueve, claro.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Fotos de portada e interiores: Hendrik Lentz F.
Comparte en Facebook
Twittéalo








