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De números y orgullo

Diálogo País / Top News / 07/01/2019

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ÚLTIMO PISO

Gwenn-Aëlle Folange Téry*

Lunes 7 de enero de 2019

 

Te he dicho ya varias veces que tengo suerte.

¡Pues otra vez me saqué el boleto ganador!

Imagina: Viernes por la mañana, yo, bien tranquila en casa, esperando a que dé la hora de salir a mi cita semanal. Ya desayuné, recogí lo que se podía, y debía, me peiné, pinté mis ojitos y me lavé los dientes. Perfume, aretes, dos anillos que me gustan y lista.

Celular. Uber, la aplicación. Sé a dónde voy y mi cel también, ya me predice mis desplazamientos, da hasta miedito pensarlo, por eso mejor no pienso.

Que a dos minutos hay así como seis coches luchando para venir por mí.

Y el vencedor es Carlos Enrique.

En ese instante empieza mi suerte  a decirme “Hola, aquí estamos las dos juntas otra vez”.

Porque checo qué calificación tiene el conductor y cuántos viajes. Lo de la calificación por ocio, pero lo de los viajes sí me importa. Aprendí un día que los que llevan poquitos viajes tienen siempre buena calificación, no han tenido oportunidad de meter la pata y entonces me guío por ese numerito para subirme al coche con calma o con nervio. Los que llevan más de 2000 viajes me dan seguridad, los otros no. Y no, no se me ocurre nunca cancelar, no me lo sugieras, ya sabes cómo soy de penosilla para esas cosas.

Y voy viendo que el hombre lleva más de 23 000 viajes.

Serio.

Real.

Lo sé porque lo leí varias veces. Los números que pasan de 2552 me cuestan mucho trabajo. No los leo bien, los calculo al revés si es en el súper o los imagino persiguiéndome si es pesadilla nocturna.

No registro qué tanto más de 23 000, pero sí.

Obvio que en cuanto me trepé al coche y saludé, pregunté si había leído bien, si el número era cierto.

Y el señor, Carlos Enrique, detuvo su coche, se orilló a la orilla pues, y me enseñó una foto en su celular: él, en el festejo de los cinco años de Uber, selfie frente a varios carteles con su mismita cara, por todo el salón, en todos los volantes. El Palacio de los Deportes como jamás soñó verlo. Reconocimientos y aplausos. En efecto, no nada más el número era real, pero además él era, es, el operador de Uber con más kilómetros recorridos en su haber, en el mundo.  No en México, ¡en el mundo!

Imagino que también viajes, ganancias y anécdotas.

Me empezó a enumerar los premios que ha ganado. Yo, ojos redondos, boquiabierta, sentada y absorbiendo.

Foto: Carlos Enrique por Carlos Enrique.

Para empezar no sabía que Uber fuera una organización real. Quiero decir que siempre lo vi como un ente que vive en las computadoras y manda coches y gente de acá para allá. Nunca como un “algo-alguien” que organice una comida y que dé premios y reconocimientos…  No te sorprende, ¿verdad?, con eso de que a veces vivo rodeada de hadas y mariposas. O no te sorprende porque igual eres como yo, no imaginas gente detrás de cada servicio que usamos. La luz se prende por magia, no porque un electricista haya conectado los cables correctos, y la tele es un milagro, no el resultado del trabajo de miles de personas.

Entonces el viernes, descubrí que Uber es más que una aplicación, ¡Oh my God!

Se oía orgullo en su voz. Sí, llegó a decir que al principio de su nuevo oficio, no estaba muy a gusto, eso de tener carrera y acabar de chofer no es algo que se espera en la vida. Pero al ver la ganancia económica, se le fue quitando la pena. Y el hecho de ganar reconocimientos lo fortaleció en su decisión. Él es de los que nunca, nunca, se había ganado nada, más que los diplomas de la primaria. Y de repente descubre su rostro en carteles, le dan premios importantes y ve, por fin, su esfuerzo reflejado en algo más que dolor de espalda.

Claro que le pregunté cómo hace. Porque una cosa son los numeritos y otra la vivencia.

Está muy organizado. Me confesó que se lo debe  a su mujer, porque un día ella le dijo, muy tranquila, que sí, qué padre tener  tantita más lana que antes, pero qué lástima tener que buscar con quién gastarla ya que el señor de la casa nunca está. Y entonces acordaron establecer horarios para privilegiar el tiempo compartido con la familia. Horarios flexibles obvio, que el tráfico acá en la CdMx no permite tener horarios rígidos. Me platicó cómo los sábados son de la mujer y del hijo, de cómo el domingo van al mercado y al súper, de lo extraordinario que es hacer la compra cuando se tiene dinero. De la exquisitez que es permitirse salir de casa sin lista de compras, sin calculadora, para ir viendo qué se necesita, no qué se puede. Me dijo de las tardes pasadas de administrador, haciendo cuentas, dirigiendo su negocio, porque así ve él su trabajo como conductor, mientras su mujer hace de comer para la semana. Para la semana porque ella también trabaja. No me dijo del hijo pero imagino que ha de ser igual a los padres, ha de levantarse cantando bien las rancheras.

Me dijo que ese viernes rompía con su hábito de trabajar de madrugada, que porque la ida a Six Flags el día anterior, sonsacado por el mismo hijo de las rancheras, lo dejó como trapito viejo.

De cómo empieza a trabajar a las 3 de la madrugada, -de la noche será, pensé yo-, y de cómo va por su mujer todos los días a la salida del trabajo para pasar tiempo juntos.

De cómo su primer día de trabajo fue el 31 de diciembre de 2014, o sea que acaba de cumplir  años, y de cómo al principio usaba traje. Y de cómo el traje le aguantaba sólo unos tres meses, por aquello del cinturón rozando y desgastando la tela. De cómo el hijo,-sí, él-, le sugirió usar chamarra, más aguantadora para esos rozones. De cómo ya no le abre la portezuela a los clientes, porque en la bajadita del coche, los maleantes aprovechan para llevarse el coche. De cómo todo cambia, y se adapta uno.

De cómo le preocupa su salud, aunque no tanto como a mí que le llevo varios años, porque ha subido de peso, por lo del sedentarismo y tal vez por la cantidad de contaminación que traga.

De cómo ahora se pueden ir de vacaciones. A dónde sea. Cancún, los Cabos. Sólo porque quieren. Escoger uno de esos hoteles a los que van puros gringos, de los que nada más se ven en la tele. Y de cómo lo disfrutan, a fondo, ensanchando pulmones y sonrisas.

De cómo el horario de su vida de oficinista era más tranquilo y la quincena llegaba con regularidad. Y de cómo se sentía encerrado, encarcelado casi, por no tener frente a él jamás la posibilidad de ir ascendiendo. O mejor dicho, la oportunidad de ganar más dinero, el tope llega rápido cuando no es uno dueño del negocio. De cómo a veces gana en una semana lo que antes ganaba en un mes. Sí, aunque tenga que restarle impuestos y la parte de Uber, que es negocio no caridad, aunque algunos no lo entiendan. Y de cómo aquí no hay secreto, para ganar más, hay que trabajar más.

De cómo fue de los primeros en trabajar así. De cómo le tocaron las guerras con los taxistas, con el sector de transporte, de cuando destrozaban los coches con bats o los incendiaban.

Y de cómo no piensa cambiar de empresa. Sí, luego hay ofertas por parte del mismo estilo de plataformas, a veces hasta de los mismos uberianos que le piden manejar para ellos. Pero para él el agradecimiento, la lealtad y la ética vienen primero que todo. Más cuando se le están dando todas las condiciones para  desarrollarse y crecer.

 

Total que llegamos dónde iba yo, -mi cita, recuerdas-, y no me bajé del coche. Saqué mi grabadora, otra aplicación de mi celular, y le pedí permiso escribir sobre él.

Permiso también de sacarle una foto.

Lo grabé, viéndolo a veces a él y luego volteando la mirada a su retrovisor, casi sicodélico el asunto. Sudando, hacía calor en el coche, no me preguntes por qué, si ahorita nos congelamos todos. Habló, y habló, y habló. Escuché, grabé, saboreé.

 

Ya te estoy oyendo.

No, no es una oda a Uber. Es una apreciación consciente del esfuerzo hecho por una persona, admiración por el cuate que sale a trabajar a las 3 de la noche,-insisto, de la noche-, y logra algo. Admiración por su mujer que bien pudiera quedarse en casa viendo tele, y decide no hacerlo.

Es también una comparación con tantos otros que tienen horarios parecidos, que salen de noche, regresan de noche, y no, nunca se van de vacaciones porque no alcanza, porque no acompletan para ir al súper, porque trabajar duro a veces no es suficiente.

 

Al bajar del coche, fue cuando vi que la suerte otra vez me hacía señas.

A mí, por haber sido elegida para leer el número aquel de 23 mil y algo. Y a él.

Porque trabaja. Mucho. Bien. Y obtiene resultados que le llenan de orgullo.

Y creo, sin conocerla que a su mujer también.

Ah, y al hijo caray, espero que se dé cuenta de lo que hace su papá.

 

P.D.: Llegué tarde a mi cita, por andar en la platicada.

P.P.D.: Ya le pregunté, fui el viaje número 23 237.


* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.

[email protected]

Foto de portada: Gwenn-Aëlle Folange Téry.






Luis López




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