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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 20 de julio de 2020
Advierte que es desatino / siendo de vidrio el tejado /
Tomar piedras en la mano / para tirar al vecino
– Miguel de Cervantes
De piedras
Era un dolor traicionero.
Traicionero porque sin causa aparente.
Sin moretones, raspones o magulladuras.
Sin caídas, empujones o golpes.
Era un dolor errante.
Errante porque sin lugar fijo.
En cadera, espalda o nuca.
En párpados, uñas o mejillas.
Era un dolor desconcertante.
Desconcertante porque sin expresión lineal.
Sordo y luego agudo. Punzante y luego lacerante.
Quemante y luego mordiente.
Y a veces sin calificativo posible.

Foto: Euridice García.
Había tomado la costumbre de recostarse en una hamaca. Le parecía que así suspendida en el aire, su cuerpo descansaba de otra manera, inclusive lograba a veces dormir toda la noche.
Alrededor de ella, se cuchicheaba bastante, es más, se chismeaba abiertamente: que si era una floja, una exagerada, una mentirosa y tal. Que si sus padres no podían con la angustia, que si su mal era imaginario, que si se creía mucho y tal.
Una tarde, unas vecinas melosas le trajeron un colchón nuevo, especial para cuerpos lastimados, y se lo ofrecieron, disimulando vergonzosas intenciones detrás de fingidas sonrisas.
Ella, por no quedar mal, aceptó pasar una noche sobre él. A su lado, se tendió su madre y a sus pies se sentó su padre.
A la mañana siguiente, cuál no fue su sorpresa al descubrir que había dormido sin despertar una sola vez, sin necesitar ayuda para voltearse y sin pedir agua para pasarse algún amargo medicamento. Sin embargo su madre se quejó de no haber dormido y de sufrir por un dolor a media espalda y al revisarse en el espejo descubrió un moretón del tamaño de un chícharo. De inmediato, el padre volteó cobijas y sábanas y descubrió, en medio del colchón, una bolsita de tela cosida y por dentro un guijarro verduzco.
Salió el hombre disparado hacia casa de las vecinas, quienes negaron, claro, el haber querido lastimar a la que llamaban princesa. No le quedó más al vengador regresar a casa, sobar a su mujer y hablar con la hija para deshacerse del colchón.
A lo cual la joven se rehusó.
“Padre, dijo, ¿y si la solución está en darle a mi cuerpo dolores que pueda identificar? ¿Dolores con causa visible?”
Esa noche, cubrió el colchón con piedras de río, hermosas, ovaladas unas, redondas otras, y encima se acostó. Esta vez, su madre prefirió usar la hamaca abandonada, mientras el padre retomaba su lugar de guardián.
La mañana la encontró profundamente dormida, sobre fondo de ronquidos paternos y de balanceos maternos.
Las vecinas no regresaron. No por falta de curiosidad, sino por encontrar puertas cerradas, siempre. Siguieron chismeando, que a las malas lenguas nada las detiene, pero de otros temas, menos sabrosos.
El dolor nunca desapareció. Pero ciertas mañanas parecía que menguaba, que encontraba una suerte de cauce en su cuerpo y la dejaba, por fin, respirar.
En honor a una valkiria que sostiene una lucha diaria contra la fibromialgia.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Imagen de portada: Frank Winkler / Pixabay
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