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ÚLTIMO PISO
Gwenn-Aëlle Folange Téry*
Lunes 7 de diciembre de 2020
«Si escuchas una voz dentro de ti que dice ‘no puedes pintar’,
entonces pinta caiga quien caiga, y la voz será silenciada».[1]
– Vincent Van Gogh.
Creo haberte platicado que además de escribir, cocinar y despapallar, pinto.
Llevo un tiempo sintiéndome, además, pintora. Mira que no es fácil hacerlo y luego decirlo en público: soy pintora.
Y te platico de dónde vienen mis trazos, mis colores, cómo intento materializar mis ideas.
Se conciben -mis obras- en mi cerebro antes de pasar a mis manos. Acabo de saber que en el cerebro nacen ideas tanto intelectuales como emocionales, así que tal vez durante un tiempo deje de incluir a mis tripas, mi vientre y mi torso como lugar de la concepción de lo que “veo” antes de realizar lo que sea que realizo. Tal vez hasta decida darme un vuelo romántico-intelectualoide visualizando el coito entre diferentes partes de mi cuerpo antes de ayudar al parto, sintiendo el amor entre ellas o el odio, pensando en fecundaciones dedicadas a la luz o a la negrura, no sé.
El caso es que de repente siento deseo por algún color, alguna técnica, tema, formato, uno de ellos a la vez. Luego le doy a ese deseo chance de crecer, le doy tiempo, es necesario que madure en mí, hasta el momento en que necesito, es una necesidad, sí, sacar de mí el ansia por crear justo Eso y no otra cosa.
Luego, muy seguido, lucho. Porque no es fácil pasar del deseo a la realidad, porque el pincel que busco no está aunque luego aparezca, porque el color que quiero no logra emanar de mis mezclas dudosas, pero sobre todo porque hay a veces miradas de otros sobre mi trabajo sin terminar, y esa incomprensión ante lo que estoy construyendo, claro, los poseedores de la mirada no están dentro de mí, no pueden imaginar algo que no sienten, que nunca han sentido, esa incomprensión pues me deja sin aliento, como en una playa asolada y desierta, sola con mis dudas..
La lucha a veces pasa por una suerte de aceptación: si no logro lo que quiero, por más que pinto, borro, vuelvo a empezar, elimino el soporte, cambio de papel, cierro los ojos, pido ayuda, terrenal y etérea, entonces, sólo entonces, cambio algún trazo. En general lo que hago es exagerar el defecto, hacerlo mío, y transportarlo luego a otros lugares del plano, repetirlo y volverlo único, mi marca, mi estilo. No es trampa, ojo, es utilización óptima de mis recursos.
Al terminar, escondo mi obra. La cubro, volteo, encierro en un cajón, un tiempo, horas o días.
Busco dentro de mí, así como cuando estás duro y dale con la pielecita de una uña, busco el deseo que me habitó. Es poco frecuente que siga intacto, se amoldó de alguna manera a los contornos de mis esfuerzos. Lo miro, lo acaricio y regreso a la obra. La instalo sobre un caballete, al fondo de mi taller, vuelvo a la entrada del mismo, y de espaldas a ella, la saludo y le hablo: “Hola pequeña, mira que me costó peinarte”; “Vaya, me gustó el olor[2] del rosa que te puse”; “Hola, estoy aquí”.
Y volteo.
Los defectos saltan a mi vista, los que veo porque reencontré mi deseo, no los de técnica o color, esos ya fueron ampliamente discutidos e intervenidos durante la parte física del asunto. En mí, de manera a veces inmediata, surgen respuestas.
Unas veces vuelvo a empezar, una y otra vez, las montañas se suceden sobres mis lienzos, o las acuarelas se terminan, puedo estar años intentando expresar ese deseo, justo ése.
Otras, admito, no, acepto, que así es, que lo que hice es lo que tenía que ser.
Y otras, tan pocas, sonrío, feliz: ahí está lo que soñé, lo que sentí.
La constante es que una vez extirpada de mí el ansia del momento, surge otra. Y otra.
La obra, la que tanta sangre trae por dentro, se guarda. Tengo apilados cuadros sobre bastidor y cajones llenos de acuarelas. No importa, su tiempo y el mío lo compartimos cuando era necesario para los dos. Cada uno sigue con su camino.

Y así la vida.
Somos deseo, producto del amor, del odio, del azar. Fecundaciones sorpresivas que invaden un ser o varios, que deben, deben de salir a la luz, a respirar.
Proyectos y miradas propias y ajenas que nos siguen paso a paso.
Intentos fallidos por lograr algún rasgo de personalidad, por esconder otro.
La aceptación de quienes somos, la puesta a la luz de los demás de lo que somos aunque no sea lo que más nos place, lo que más les place.
Y el final: una felicitación de quien nos creó, una vuelta a empezar sin fin, karma, dharma, infiernos, paraísos, limbos ligeros, apilamiento en morgue o cajones en cementerios.
Somos creadores y creados, simbiosis profunda de todos nuestros seres, de mil niveles de desesperación y de aceptación, alegrías y tristezas, y sobrevivencias a las miradas ajenas. Somos Yo, creados por Mí.
Libertad profundamente deseada, duramente pagada, y tan, tan exquisita en el olvido de los sueños.
Nota, amarga:
No le escribí a Baptiste Lormand, no le escribí a Luis Orozco, asesinados en la CdMx hace unos días, no le escribí tampoco a los miles de muertos de mi felicidad, diría Silvio.
Le escribí a la vida, triste homenaje a los que la dejan antes del tiempo que pensábamos otros ser el suyo, porque algún extraño llegó al taller de creación y todo lo destruyó.
[1] Si escuchas una voz dentro de ti que dice ‘no puedes VIVIR’, entonces VIVE caiga quien caiga, y la voz será silenciada.
[2] Sí los colores evocan olores, no es error de dedo.
* Gwenn-Aëlle Folange Téry es pintora y escritora.
Fotos de portada e interiores: Gwenn-Aëlle Folange Téry.
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