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De repente nos alumbraron y gritaron… ¡la migra!

Somos Audio / Top News / 21/06/2017

SOMOSMASS99

 

La Mojarra* / SomosMass99

Miércoles 21 de junio de 2017

 

 

Mi nombre es Margarita Claro, aunque cuando nací tenía otro nombre… por lo menos otros apellidos.

Nací en Guanajuato, aunque mi familia es de Veracruz y Tamaulipas. Mi padre murió cuando yo tenía 10 años; mi madre y cuatro hermanos nos mudamos a otra ciudad.

Fue difícil para mamá darnos educación a todos y proveer para la casa. Desafortunadamente contrajimos deudas y era muy difícil la situación, a pesar de que mi madre era empleada de Pemex. Ella fue opositora al charrismo sindical de La Quina y sufrió las consecuencias de que le rescindieran su contrato.

A pesar de las carencias, siempre nos inculcó el estudio y el trabajo, así que decidí irme a California a trabajar por un año, ya volvería yo a contarles historias a mis hermanos de cómo eran Los Ángeles y todas esas ciudades que veíamos por la televisión. Era 1990.

Había tratado de llegar a Houston anteriormente, pero tenía una visa de comerciante que no me permitió tomar el avión desde Harlingen, Texas, hasta Houston. Así que aproveché que una caravana de “paisanos” saldría del pueblo rumbo a California.

La caravana estaba compuesta por doce vehículos, pero ya en el estado de Sinaloa perdimos al resto al sufrir un accidente en uno de los vehículos y nos quedamos rezagados. Intentamos atravesar por Nogales, Sonora, pero había muchas garitas; todos llevaban papeles ya que, gracias a la Amnistía de 1986, muchos braceros tenían ya residencia. Pero habíamos dos mujeres, una de ellas esposa de uno de los paisanos y yo, y un joven de 16 que no teníamos papeles. Yo llevaba mi pasaporte con visa de comerciante, pero siendo mi meta California, tal vez me fuera contraproducente llevarlo conmigo.

Decidieron entonces que pasáramos por Tijuana… Nunca había conocido una ciudad que causara tanto miedo, llegamos a la frontera y enseguida se hicieron los preparativos con un coyote, me cobraría $300 por llevarme a Los Ángeles. Sólo se nos permitió llevar lo que traíamos puesto, así que hice trampa y me encimé dos mudas de ropa y contacté a la persona que me iba a ayudar a pagar del otro lado.

La migra tras el muro fronterizo de Tijuana. | Foto: Alejandro Santos Meléndez / Cuartoscuro.

Nos llevaron a una casa en las Colinas, sin agua ni luz, utilizaban baterías de auto para alumbrarse un rato. Ahí estuvimos dos días; además del joven de 16, estaban tres hombres de Guerrero que se dirigían a Rhode Island y yo. Por la madrugada llegó el coyote, un hombre bajo y robusto, pero ver su pelo rizado de cierta forma me reconfortó, no sé por qué. Caminamos por la playa, él me llevaba de la mano y cuando tuvimos que correr ¡parecía que volábamos!

De repente nos alumbraron y gritaron: ¡La Migra!

¡Quedamos petrificados! Pero alguien gritó: “Acá hay un grupo grande”. Vimos cómo los oficiales dirigían la luz al grupo de muchas personas, me dio pena porque había niños en ese grupo. Tras ese descuido, nosotros corrimos y nos escondimos en un canal, estábamos metidos en fango hasta la cintura. Tras unos minutos, salimos y volvimos a correr, esta vez acarreando plastas de lodo. ¡Mis dos mudas de ropa estaban empapadas y sucias!

Nos llevaron a una casa en San Isidro, ya del lado gabacho. Llegamos de madrugada y nos metieron en un cuarto sin muebles, completamente obscuro. Los señores de Guerrero se sentaron a mi lado y tratamos de dormir. Por la mañana vimos que éramos casi 25 personas dentro de la habitación. No nos podíamos parar y no podíamos utilizar el baño sin permiso. Sacaban y metían personas, incluso llegamos a escuchar a chicas centroamericanas ofreciendo sus cuerpos como pago por su cruce.

Ahí también conocimos al “Moyote”, un chico de Hidalgo que me preguntó hacía cuánto estaba casada. Le dije que no lo estaba, así que se rieron y me dijeron que el joven de 16, para protegerme, les había dicho que yo era su esposa.

A los dos días nos permitieron asearnos. En situaciones así, uno crea inmunidad a los malos olores, aprende uno a ignorarlos. Por alguna razón, me permitieron tomar un baño de dos minutos, ha sido uno de los baños más maravillosos de mi vida y hasta alcancé a lavar mi muda de ropa.

Por la noche nos dijeron que nos preparáramos; por la madrugada, metieron a Moyote y al joven en la cajuela, a los de Guerrero en el asiento de atrás, con instrucciones de ir agachados, y yo en el frente, junto al flamante chofer de 17 años, todo marihuano.

Cruzamos las garitas de San Diego a las 5 de la mañana. Los oficiales estaban tan cansados que simplemente nos dieron pase y me tocó saludarlos con la mano, como si los conociera. Llegamos a Los Ángeles a las tres horas y por la noche me fueron a recoger. Como si fuera un paquete, me entregaron tras recibir los $300 acordados. Al poco tiempo y tras muchas dificultades, logramos pagar toda la deuda que se había contraído en México y decidí cambiar de aires.

Margarita y Norge. / Foto: Margarita Claro.

De California viajé a Chicago y confieso que lo frío del verano me asustó, así que seguí hasta Florida. Acá encontré más dificultades que en California, pero terminé adaptándome y preparándome para regresar al final del año.

Pero conocí al hombre que ha sido mi compañero por 27 años y ya no regresé a México. Sólo en dos ocasiones para visitar y para estar con mis hermanos tras el fallecimiento de mi madre.

Viví 18 años indocumentada, a pesar de estar casada con un cubano. Pero ahora soy ciudadana americana y mexicana y dedico mi labor a trabajar para y con la comunidad. Mis hijos nacieron acá; mitad cubanos y mitad mexicanos, yo misma soy una mezcla de razas y culturas.

* Este relato forma parte del proyecto Somos La Mojarra, vivencias y anécdotas de los dos lados. Lo hacen Margarita Claro, desde los Estados Unidos, y Gwenn-Aëlle Folange, en México.

Relatado por Margarita Claro. / Voz: Gwenn-Aëlle Folange Téry.

Fotos de audio y portada: Christian Serna / Cuartoscuro.






Luis López




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